Estela seguirá tras las fosas clandestinas

Soy investigadora, fiscal y detective. Lo soy aún sin tener esos títulos. En todo eso me he convertido desde el jueves 28 de junio de 2012, el día que desapareció mi hija Karla.
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He visitado al menos 10 cementerios clandestinos, he intentado identificar 20 cadáveres, voy dos veces por semana a Medicina Legal. Ya fui a cárcel de mujeres, al penal de Sensuntepeque, a las bartolinas de Montserrat. También la busqué en el Hospital Rosales, en el Zacamill y fui al de Soyapango, ese donde están los enfermitos. Pensé que talvez me le había pegado un carro y había quedado loca.

Karla tenía 19 años y dos hijos: una niña de cinco años y un niño de uno. Ese 28 de junio andaba feliz porque le habían llamado de una empresa para decirle que el lunes empezaba a trabajar como display, que se presentara a las 8 de la mañana. Ya solo tenía pendiente conseguir lo de los pasajes del bus. Todavía me dijo: “Mami, usted va a ayudar con la causa noble de los pasajes”. No sabíamos a qué sucursal la iban a mandar. Ese jueves salió de la casa como a la 1:30 de la tarde para el Pericentro Apopa con la hermana menor de ella, la de 18 años. Luego recibió una llamada de un amigo que la citó en San Jacinto. Se supone que él le iba a prestar el dinero para los pasajes.

“Ya vengo, solo voy a traer ese dinero, adelantate con los niños”, le dijo a su hermana. Dejó todo: su DUI, su NIT, sus papeles. Se dieron las 3, las 4, las 5 y nunca apareció. No sabemos si realmente se fue para San Jacinto o si se fue para Apopa, donde tenía una amiga que visitaba. Fui a la Policía en Ciudad Delgado y me dijeron que tenía que esperar 24 horas para hacer la denuncia formal porque podía ser que ella se hubiera ido con un novio. Solo eso le dicen a uno los investigadores. Para no cansarlos, desde allí empezó la pesadilla. Al día siguiente pusimos la denuncia en la Fiscalía de Mejicanos. Un mes después me mandaron un mensaje de texto donde me ponían que me la habían matado y que me la habían enterrado en Apopa. Ese mensaje se lo entregué al fiscal y vieron el número, pero dicen que solo apagado les salía.

Como yo les voy a ser honesta: en la Fiscalía, como tienen tantas cosas que hacer, le dicen a uno cualquier cosa por tenerlo quieto. No es que ellos verdaderamente anden buscando a la gente. No miran que yo cada mes iba y me decía el fiscal: “¿Y que no ha aparecido todavía?”. Con ese cinismo. Una vez yo le dije: “¿Óigame, y usted cree que si mi hija hubiera aparecido, usted me viera aquí?”. No deberían hacerse cargo, recuerdo que le dije. Es que mejor deberían sincerarse y decirle a uno: “Mire, señora, búsquela o pídale a Dios, porque aquí es mentira que se la vamos a buscar”. Ahora le llamo y le llamo y nunca contesta. Voy a buscarlo y nunca lo encuentro. Aquí, en esta libretita, ando apuntado el número del licenciado y también el del último detective que llevó el caso. Yo le dije al fiscal: “Mire, pida la bitácora del celular de Karlita, porque ahí va a ver usted los últimos números que mi hija marcó o le marcaron”.

El teléfono de ella estuvo encendido hasta las 3:30 de la tarde. Desde esa hora lo apagaron y no lo volvieron a encender. Yo todavía marco. Le marco cada vez que puedo. Le vivo marcando: en la mañana, al mediodía, en la tarde, en la noche, en la madrugada. La tengo registrada como Karlita. No nos vayamos lejos: aquí está el registro de llamadas, pueden ver que le marqué hoy a las 9 de la mañana.

Yo he andado para arriba y para abajo. Si aparece un cadáver, allá voy yo. Si encuentran otro cementerio, allá voy yo. Solo a este último que apareció en Apopa no he ido porque el doctor de Medicina Legal dice que es como una selva. Fui a un cementerio carretera a Santa Ana, a otro en Lourdes, a San Cristóbal, a uno que hallaron en un llanito antes de llegar a San Martín ¿Qué como me entero? En 4Visión me doy cuenta. Nomás dicen que encuentran una fosa, yo empiezo a ver la ubicación. Aunque el investigador ya me sugirió que tenga cuidado. Cuando dieron la noticia que habían encontrado a las enfermeras, al día siguiente estaba yo tempranito en Medicina Legal. Es que uno tiene que estar sabedor de todo.

Mi compañero de vida me dice: “Vos la hacés más muerta que viva”, pero ¿cómo quieren que yo la haga viva si son ocho meses? Yo digo que viva no está. Si estuviera viva, alguna llamada me hubiera hecho. Más con ese mensaje que me llegó. Me pusieron: “Señora, le informamos que a su hija Karla la matamos. Y se encuentra enterrada en un cementerio en un cantón de Apopa. No denuncie”. Así.

Imagínense: me estaba contando el doctor de todos esos cadáveres que han hallado hechos pedazos: sin cabezas, sin brazos. Digo yo: “¿Qué voy a hacer si aparece así mi Karlita? Y el doctor me dice: “¿Usted está preparada?”. Sí, doctor, le digo. Yo lo que quiero es encontrar a mi hija. No quiero que esté en un hoyo allí tirada, aunque sea los huesitos quiero encontrar para decirle a mis nietos: “Miren, aquí está dormidita su mami mientras se vuelven a ver algún día”. Ella solo vivía para sus hijos.

La Karlita era un milagro de vida porque a los cinco años me le dio leucemia. La tuve cuatro años y medio con quimioterapia. Quedó peloncita, peloncita. Y yo pensé que esa iba a ser mi mayor lucha, pero no. Al menos si se me hubiera muerto aquella vez yo la hubiera visto. Imagínense ahora, ¿ en dónde puede estar, en qué hoyo puede estar? Lo he tratado de asimilar, pero todos los días veo sus fotos, su ropa. Cuando uno los tiene le da lo mismo la ropa que los zapatos. Pero cuando ya no están todo se hace tan importante. Mi otra hija me dijo que iba a botar las cosas de su hermana, porque ya no quería que yo las estuviera viendo. Pero no, no la dejé. Lo que hice fue que las guardé en una cajita. Tengo guardado hasta lo más chiquito: el peine con que se peinó, el pestañol que usó ese día. Todo. Yo la sueño y ella me dice: “Mami, búsqueme. A mí me mataron, me hicieron pedazos, mami”. Nunca la he soñado viva. Eso sí, solo escucho la voz, nunca la veo. Es horrible. Por eso me indignaron tanto esos detectives que dijeron que las hermanas deben saber más, que hasta pueden ser tapaderas de la Karla. Uno de ellos le decía a mi otra hija: “Si su hermana se ha ido con un hombre, dígalo, dígalo”. Hasta me peleé con él y ya no volvimos ir allí.

El martes 26 de febrero me mostraron uno de los cadáveres encontrados en Apopa, pero a esa muchacha le faltan dos muelas, y, que yo recuerde, la Karlita tenía los dientes completos. Los doctores me enseñaron un cachetero beige que tiene un conejito y dice Texas, pero ella no tenía calzoncitos así. Ese mismo día me enseñaron el cadáver de otra muchacha: ese tiene una cadena de oro, pero la Karlita solo usaba cositas de fantasía. Son bien cabales los doctores de Medicina Legal, porque tamaña cadenota de oro y allí está. Vieran cómo me han tenido paciencia. Como les contaba al principio, no son los primeros huesitos que veo. He visto y examinado con ellos como 20 cadáveres. No sé si voy a quedar normal después de todo esto pero, como me decía mi exjefe, uno por los hijos aprende a ser como gallina sin pico.

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