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Fray Cosme Spessotto y su legado tras 27 años en El Salvador

A más de 40 años de su martirio, feligreses y lugareños de San Juan Nonualco perfilan al franciscano italiano como un padre para la niñez en orfandad, un precursor de la educación femenina, un incansable defensor de los derechos humanos.

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Placita.San Juan Nonualco le ha dedicado a franciscano italiano una plaza que lleva su nombre.

Placita.San Juan Nonualco le ha dedicado a franciscano italiano una plaza que lleva su nombre.

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Cuando Yanira Barahona era una niña, acudía de la mano de su mamá a misa. Le gustaba sentarse a la orilla de las bancas, junto al pasillo que conduce al altar, porque fray Cosme Spessotto solía recorrerlo de adelante hacia atrás y viceversa cuando rezaban el rosario. Lo rezaba todos los días, a las 7:00 de la noche. "Nos invitaba a rezar el rosario con él. Se colocaba la camándula en sus manos y los brazos cruzados y a mí me gustaba sentarme a la orilla de la banca, como niña, para poder verlo. Era muy alto, yo lo veía como un gigante, porque medía casi dos metros, y ver sus manos grandes y sus sandalias grandes me causaba impresión", recuerda Yanira, quien fue bautizada por el franciscano.

A medida que fue creciendo, fue también apropiándose de la asiduidad de su madre en la iglesia católica. Se involucró cada vez más en las actividades de la parroquia San Juan Bautista, en San Juan Nonualco, donde fray Cosme había llegado en 1953, desde Italia. Crecer junto al guía espiritual le permite estos días perfilarlo, a más de 40 años de haber sido asesinado en ese templo.

“A quienes eran hijos de madres solteras, el padre les dedicaba más tiempo. Él asumía esa figura paternal, aconsejándolos y guiándolos”.

Yanira Barahona, feligresa.

Lo recuerda siempre sonriendo a los niños, siempre aconsejando a los adolescentes, siempre preocupándose por los jóvenes. A los niños, por ejemplo, les preparaba sorbete artesanal, les regalaba dulces que traía en grandes cajones desde su tierra natal, a la que su congregación le permitía viajar cada cinco años. "Él buscaba la manera de darnos alegría. Se le veía en la cara la felicidad de saber que te estaba dando algo que a ti te hacía feliz", recuerda Yanira.

A través del catequismo, el sacerdote consolidó la iglesia: la niñez se convirtió años más tarde en una juventud organizada para misionar y catequizar los cantones más lejanos. Caminaban bastante y aprovechaban ese tiempo para conversar con él y reírse de sus chistes en un italiano que solo él entendía.

"Nos dedicaba muchísimo tiempo. Si él veía a un joven que no andaba bien, le preguntaba: ‘¿Qué te pasa?’. Y uno le decía: ‘Nada, padre, todo bien’. Pero él tenía un don para detectar y contestaba: ‘Venite, vamos a tomar café’. Y ya uno decía: ‘Ya me cachó’", dice Yanira. Ese paternalismo era su manera de suplir la ausencia de la figura paterna en muchos niños y jóvenes.

Aposentos. Esta es la habitación que solía ocupar fray Cosme Spesotto Zamuner.

También cultivaba un viñedo. "Comenzó con una plantita y cuando vio que dio fruto me dijo: ‘Angelito, aquí se pega la uva’. A veces, traía de Italia", recuerda Ángel de la Cruz, feligrés igual que Yanira.

El viñedo producía dos cosechas al año. Cada una de 20 quintales (casi 9,000 libras en total). Fray Cosme regalaba una parte y vendía la otra. Con el dinero, incentivaba a quienes trabajan en la parroquia y hacía obras, como la escuela parroquial. Fray Cosme fue el primero en abrirle a las niñas las puertas a la educación.

"Cuando comenzó a levantar la escuela parroquial, lo hizo de la nada. Le pedía dinero a otros países; eso sí: un cinco, un centavo que sacara de la alcancía, lo anotaba en su agenda. Tanto he gastado, tanto hay, esto sobra. Nunca lo vi tomar dinero así por así. Fue una persona muy honesta", afirma Ángel, para quien el sacerdote fue como un papá desde que murieron sus abuelos, quienes lo criaron hasta los 5 años. "Si él estuviera vivo, esa escuela ya fuera hasta universidad", agrega.

Ángel, que estuvo en el convento de las hermanas franciscanas junto a fray Cosme hasta los 18 años, también lo recordó jugando fútbol hasta con 40 niños al mismo tiempo. "Fue una persona muy jovial, alegre, espontánea, y cuando se le metía de hacer alguna cosa nos decía: ‘Hagámoslo’, porque si la gente lo apoyaba, él se sentía con fuerza. Él nunca decía: ‘Hagan’. Decía: ‘Hagamos’. Así construyó esta iglesia", recuerda Ángel.

Homenajes. Los lugareños han estado rindiéndole homenajes por varias semanas.

Fray Cosme se levantaba todos los días a las 4:30 de la mañana a rezar el rosario. En ayunas, daba misa, luego se iba a ver el viñedo. Llegaba a la escuelita parroquial a hacer oración antes de empezar clases. Si lo llamaban para alguna actividad, iba.

Hacía visitas domiciliares a las familias. Atendía a los grupos juveniles. Y no solo atendía a San Juan Nonualco, sino también a San Rafael Obrajuelo y San Luis La Herradura. "Un día de estos hablaba con un padre y le decía yo: ‘¿Cómo hacía este hombre para que le alcanzara el tiempo?’. Y él me decía: ‘Es que eso solo los santos lo pueden hacer’", recuerda Yanira.

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