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Gabo, la voz contra el cáncer infantil en Naciones Unidas

Tenía 12 años cuando le dieron apenas el 10 % de probabilidades de vida. Para entonces, era un alumno excelente de sexto grado cuando el diagnóstico le llegó de golpe: leucemia. A dos años de haber finalizado su tratamiento, y a uno de graduarse de bachiller, Gabriel pide el mismo trato que él recibió para toda la niñez y adolescencia de escasos recursos que padece de cáncer.

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Ejemplar. Gabriel Alessandro Mayorga, de 16 años y superviviente de la leucemia, abogó por la niñez y la adolescencia en su lucha contra el cáncer, ante Naciones Unidas.

Ejemplar. Gabriel Alessandro Mayorga, de 16 años y superviviente de la leucemia, abogó por la niñez y la adolescencia en su lucha contra el cáncer, ante Naciones Unidas.

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Gabriel Alessandro Mayorga tenía 12 años cuando le diagnosticaron cáncer. Recuerda que todo comenzó  un día que estaba jugando un partido de fútbol, el deporte que más le apasiona, cuando sintió  que le estaba costando respirar.  Pero siguió jugando. En ese mismo partido, lo golpearon de forma accidental, recibió una patada que le ocasionó un moretón que duró varios días sin que se le quitara.

Su familia, preocupada, lo llevó a pasar consulta con su doctora pediatra, no por el cansancio, sino por el morete, pero los exámenes que le practicaron revelaron casi de inmediato un cuadro que jamás en la vida se hubieran imaginado: además de tener la cantidad de plaquetas blancas elevada, llevaba ya tres meses viviendo con un solo pulmón, a causa de un tumor que prácticamente le había hecho desaparecer el otro.

No fue mucho después que los médicos confirmaron una de las más agresivas leucemias.

Para Jocelin, su madre, la noticia fue dura, pero no la recibió derrotada, porque cuando Gabriel tenía cuatro años de edad, ella dio a luz a una niña de ocho meses, quien estuvo 50 días en una incubadora y que 17 de esos días vivió con respiración artificial, como un vegetal, a quien no le dieron ninguna esperanza de vida.

“Cuando me dieron el diagnóstico y el doctor me dijo que Ale solo tenía 10 % de probabilidades de vida, mi respuesta fue: ‘Es bastante’. Mi esposo empezó a llorar. Y el doctor me miró como diciendo: ‘¿Y a esta mujer qué le pasa?’ ‘A mi hija, Andrea, no le habían dado pero ni el 0 % de probabilidades de vida, así que para mí, ese 10 % es mucho y me voy para adelante y voy a salir de esta, doctor’, le dije”, expresó. Andrea para ese entonces ya tenía ocho años de edad. 

Según recuerda Gabo, como cariñosamente lo conocen en la Fundación Ayúdame a Vivir, donde recibió tratamiento, lo hospitalizaron de urgencia en el Hospital Nacional de Niños Benjamín Bloom, donde estuvo incluso en la unidad de cuidados intensivos.  Y poco tiempo después de estar recibiendo quimioterapia, su pulmón se había restaurado, pero aún faltaba un largo camino por recorrer porque, por lo general, los tratamientos con quimioterapia duran dos años, y después de terminado debe estar en control de vigilancia durante cinco años para descartar que el cáncer haya regresado.

“Como portador de este regalo que es la vida,  mi misión es crear conciencia de que el cáncer afecta a la niñez y que todo niño con cáncer tiene derecho a un tratamiento”. 
Gabriel Alessandro, superviviente de cáncer

Gabo, cuentan su madre y uno de sus médicos oncólogos, siempre fue fuerte, tanto que su resistencia a las quimioterapias le ayudaron a no retrasar en ningún momento el tratamiento y lo terminó en solo un año.

Si hay una vez en la que lloró fue cuando le prohibieron el fútbol. 

“Él no era llorón, era muy valiente. Hacía todo lo que le decíamos. Aquí hacemos procedimientos muy dolorosos, pero él sabía que muchas cosas que le hacíamos no eran para hacerlo estar mal, sino porque era necesario. Pero hubo una vez que tuvo tres fracturas en el brazo. La primera me pareció normal, porque todos los niños se caen, les pasa; la segunda no me gustó para nada, pero a la tercera le dije que debía dejar el fútbol por un rato, porque la quimioterapia provoca fragilidad en los huesos”, explicó el oncólogo Roberto Franklin Vásquez, y agregó: “Eso lo ablandó. Lo hizo llorar. Y allí comprendí que a veces les quitamos muchas cosas importantes en sus vidas, pero la promesa es que es temporal”.

 “Todas las enfermeras y las secretarias salieron corriendo detrás de él, porque él nunca había llorado ni se había portado mal. Pero eso le dolió tanto que salió del consultorio y dejó allí al doctor hablando solo”, contó Jocelin de Mayorga, su madre.

 Además de fortaleza, también es amigo de la excelencia. Otra de las anécdotas que memoró su madre fue cuando lloró porque el galeno no quería dejarlo asistir a una exposición evaluada. Su entrega académica era tal que le suplicaba a las enfermeras que lo canalizaran en la mano derecha, porque es zurdo y de lo contrario no iba a poder realizar sus tareas escolares.

 Ale, como lo llama de cariño su madre, tiene ahora 16 años. No perdió un solo año de estudios y solo le  resta uno más para graduarse  del bachillerato. No está seguro de que lo hará, pero le gustaría estudiar medicina.

Su integridad como ser humano lo llevaron en septiembre pasado hasta Nueva York, donde se hizo de los micrófonos de la sede de Naciones Unidas durante una asamblea general. Gabo fue escogido entre pacientes con cáncer pediátrico de muchos países debido a la actitud que siempre mostró con otros niños en condiciones similares.

Gabriel Alessandro era de los que les daban ánimos a los demás niños que estaban llorando, aun cuando él mismo estuviera en ese momento siendo canalizado con la quimioterapia.

La familia Mayorga es catecúmena, se congrega en la parroquia de La Sagrada Familia, y una de sus anécdotas más significativas, afirmó, fue cuando sintió el abrazo de Dios.

“Yo siempre he sido agradecido. A Él siempre le decía que me diera fuerza, que yo iba a salir adelante. Con las intratecales (medicamentos que se inyectan en la parte intratecal, en la espalda, para obtener el líquido cefalorraquídeo), que no todas, pero algunas sí me dolía, hubo una vez que sentí que me abrazaron y me dijeron que siempre iban a estar conmigo”, narró.

“Él contó que Dios lo había abrazado y le había dicho: ‘Ya va a pasar’”, agregó la mamá.

Parte fundamental en su recuperación también han sido, sin duda, su padre, Manuel Mayorga, su hermana, Andrea María, y su abuela materna, Mercedes. “Lloré cuando le hablé”, recordó la niña, a quien no le permitían visitar a su hermano por normas hospitalarias.
La voz de Gabo es la voz de la lucha contra el cáncer infantil. Durante su discurso ante los representantes de Naciones Unidas, dijo con toda propiedad que las palabras “cáncer”, “leucemia” y “quimioterapia” resultan extrañas para la niñez, que piensa que es una enfermedad que solo afecta a los adultos.

“Yo entendí esas palabras cuando a los 12 años me dijeron que tenía leucemia. Sentí miedo, dolor y angustia en esos días. No puedo decir que fue fácil. Y una de las cosas que me fortalecieron fue saber que muchos otros niños estaban viviendo mi misma situación”, le dijo a la ONU. “Mi confianza en Dios y en la oración fueron mi mayor arma para soportarlo todo”, reiteró.

“Ahora me doy cuenta de que todo lo que pasé fue para tener la bendición de la vida y que como portador de este regalo, mi misión es crear conciencia de que el cáncer afecta a la niñez, que todo niño con cáncer tiene derecho a un tratamiento y que hay niños de escasos recursos que carecen de las oportunidades para poder curarse. Es por eso que abogo ante los líderes del mundo para que otros niños tengan la oportunidad que yo tuve de recibir un tratamiento integral, de poder curarse, de seguir viviendo y llegar a ser hombres de bien”, culminó ante una ONU que lo ovacionó aplaudiéndole de pie.

Según la directora ejecutiva de la Fundación Ayúdame a Vivir, María Andrea García, por lo general, en los países de bajos y medianos ingresos, solo el 20 % de los pacientes con cáncer infantil logra tener un tratamiento formal. La fundación atiende a un 95 % de los pacientes menores de 12 años y su tasa de supervivencia es del 70 %.

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