Gran manifestación de duelo en tumba de expresidente Araujo

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Marginemos esta fecha, inolvidable para los salvadoreños por lo trágica y abominada. Ella marca un suceso que ha merecido la reprobación de las conciencias honradas.

Engrandecida por la lucha, con la gloria de sus prestigios, perdurará en las páginas de la historia la ilustre figura del doctor Manuel Enrique Araujo. Y en este día su tumba se ha visto rodeada de los que lo recuerdan con cariño. Coronas de ciprés fueron colocadas sobre su tumba y la consternación estremeció los corazones. Él fue todo para su pueblo. La esperanza que alentaban sus intenciones se confirmó con beneficiosas realidades. El progreso fue su preocupación constante y su esfuerzo se encaminó hacia él con perseverancia y decisión. Una racha de vida joven refrescó nuestro ambiente, en el período en que presidió los destinos del pueblo salvadoreño. Su nombre vive grabado con indelebles signos en el corazón de su conciudadanos. Supo ser bueno. Supo ser recto. Supo ser fuerte. Como sacerdote de la ciencia, oró en sus aras con fe de creyente fanático y puso al servicio de la humanidad su contingente de sabiduría y beneficencia.

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