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“Había matado a su compañera de vida… pero no mostraba empatía”: ¿Qué implica la ausencia de este rasgo en una persona y cuán peligrosa la hace?

“Cuando usted mira a este sujeto, el sujeto en su rostro no expresa nada”, advierte psicólogo, sobre feminicida de Saira Ayala. ¿Qué sucede con otros como Mario Huezo y qué elementos de alerta pueden identificarse en un potencial agresor? Los trastornos pueden variar y manifestarse también en hombres “altamente pasivos” y con “exceso de cariño”, advierte.

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Carlos Gilberto Tobías Colindres, de 24 años, se entregó a las autoridades después de matar a su pareja Saira Ayala en Ciudad Delgado. Foto de LA PRENSA/Jonatan Funes

Carlos Gilberto Tobías Colindres, de 24 años, se entregó a las autoridades después de matar a su pareja Saira Ayala en Ciudad Delgado. Foto de LA PRENSA/Jonatan Funes

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La empatía es un rasgo de la personalidad que permite ponerse en el lugar de otra persona para comprender lo que siente o piensa.

“La empatía una persona la desarrolla como una característica más de todas las características que puede tener la personalidad, a partir de los cuatro o cinco años”, explica Bartolo Atilio Castellanos Arias, un experimentado psicólogo que ejerce desde hace 17 años en un consultorio donde -entre otros- atiende a pacientes víctimas de violencia y es, desde este mes, el jefe del departamento de Psicología de la Facultad de Humanidades de la Universidad de El Salvador (UES).

Hace poco más de una semana, el fiscal a cargo del caso contra Carlos Gilberto Tobías Colindres, de 24 años -quien es acusado de ser el autor del reciente asesinato de su pareja Saira Ayala- reveló un detalle relevante sobre la confesión del feminicida:

“Aceptó los hechos, que había matado a su compañera de vida… pero no demostraba empatía hacia su compañera de vida”.
 

Las palabras del fiscal iban dirigidas a las preguntas de los medios de comunicación previo a la audiencia inicial en la que Colindres fue enviado a prisión provisional mientras el caso avanza a la siguiente etapa.

Saira Ayala fue asesinada en su vivienda en Ciudad Delgado el 22 de enero de este año. Foto de LA PRENSA/Jonatan Funes

¿Qué implica la falta de empatía?

Castellanos recalca que “la empatía es una característica que nos permite ubicarnos en el espacio, necesidad y en el tiempo de otra persona” y es un rasgo que se desarrolla a lo largo de la vida.

"Yo puedo ser empático si veo alguien que sufre y me pongo triste o le ayudo. Yo puedo ser empático si alguien está contento y feliz me río con esa persona, soy alegre con esa persona. Yo puedo  tener empatía si alguien necesita algo yo le apoyo, yo le ayudo, soy empático", ejemplifica. 
Por el contrario, alguien sin este rasgo permanecerá ajeno al sufrimiento de otra persona.

“No es común que alguien carezca de empatía. ¿Quiénes carecen de empatía? Son las personas que tienen un trastorno de personalidad”, aclara Castellanos, quien imparte clases de psicología en la UES desde hace 13 años y entre las materias que enseña se encuentra Psicología Jurídica y Forense así como Psicología de la Personalidad.

“Estos tienen poca empatía o nula empatía, y no solo tienen poca empatía, tienen carencia afectiva”, continúa.

El tercero (de los que se conocen)

Colindres no es el primer feminicida del que se conoce este año. En enero fueron informados los feminicidios de tres mujeres en El Salvador en el que los principales sospechosos son sus parejas. 

La primera víctima, Vilma Yesenia Jacobo Vásquez, de 38 años, fue encontrada el día 3 de enero, enterrada en la misma casa en Tacuba (Ahuachapán) donde vivía con su pareja José, seis días después de haber sido reportada por sus familiares como desaparecida. Él se fue de la casa el mismo día que desapareció y desde entonces no ha sido ubicado.

El día 20, Víctor Manuel Escobar Vega, de 28 años, disparó contra Cecilia Carolina López Contreras, de 26 años, luego que ella terminara la relación. Lo hizo sin importar que ella tuviera en los brazos al hijo de ambos, de 4 años de edad, y que estuviera presente la hermana de Cecilia. Luego se mató.

Cecilia Carolina López Contreras, de 26 años, buscó refugio en la casa de su hermana pero fue asesinada ahí por su expareja, el 20 de enero de este año. Foto de LA PRENSA/Juan Carlos Barahona

Dos días después, el 22 de enero, Saira fue estrangulada por Colindres mientras el hijo de los dos, de seis años, se encontraba en la vivienda. Horas después, se entregó y confesó el crimen, sin inmutarse. Su fotografía, impasible, se difundió rápidamente en los principales periódicos y redes sociales.

Carlos Gilberto Tobías Colindres, de 24 años. Foto: cortesía

“Cuando usted mira a este sujeto, el sujeto en su rostro no expresa nada. Los psicólogos, cuando observamos a alguien como a este sujeto, es inexpresivo. Y cuando le preguntan por qué la mata dice que tenían problemas… pero el rostro no expresa ninguna emoción, ni de arrepentimiento, ni de sufrimiento, ni porque él va a ir a parar más de treinta años a la cárcel. Eso le indica a usted que ese sujeto está trastornado”, dice Castellanos.

Pese a que solamente en el caso de Colindres se ha mencionado públicamente la falta de empatía en su persona, Castellanos explica que el resto de feminicidas, violadores, abusadores, asesinos, ladrones y delincuentes carecen de esta condición. “Al mismo tiempo tienen sentimientos aplanados”, señala.

“Todos carecen de empatía. Por eso hacen daño, porque no les importa el sufrimiento de la otra persona. Porque no les interesa el dolor que van a causar en la otra persona. Porque no sienten el sufrimiento de la otra persona, que usted, o yo, u otra persona ´normal´ pensaríamos dos veces en hacerle daño a alguien”, recalca.

 Por otra parte, Castellanos agrega que la diferencia es que en algunos el trastorno se presenta “bien alterado” mientras en otros lo hace “medio alterado” o “crónicamente alterado”.

“Alguien que roba, hurta, tiene un trastorno, porque está violando la ley, porque está dañando a un tercero, pero también está cubriendo una necesidad. Probablemente robe para llevar comida a su casa. Entonces ese está trastornado en términos considerables iniciando en el trastorno. Pero aquel feminicida, aquel que mata, tiene un trastorno crónico de la personalidad”, ejemplifica.

“Altamente inteligentes”

El viernes 31 de enero, Mario Huezo fue sentenciado con la pena máxima, de 50 años de prisión, por el delito de femicidio agravado contra su pareja, la periodista del Grupo LPG Karla Turcios. Hasta el último día de juicio, el feminicida insistió en su inocencia, pese a las abundantes pruebas que la Fiscalía presentó que demostraron su culpabilidad.

Foto de LA PRENSA/Franklin Zelaya

A diferencia de Colindres, el feminicida de Saira, que se muestra apacible después del crimen, Huezo fue fotografiado llorando sobre el ataúd de Karla, cuando aún no había sido detenido como sospechoso.  ¿Por qué? Castellanos lo califica como “un teatro de su misma patología”, por lo que “él todavía en el velorio lloraba y se tiraba en la caja, sabiendo que él la había asesinado”.

Mario Huezo llora junto al ataúd donde reposan los restos de su pareja, la periodista Karla Turcios, a quien asesinó. Foto de LA PRENSA/Archivo

“Cuando la patología está guardada, está reservada, está encadenada, puede demostrar emociones que no son reales. Puedo fingir sufrimiento, que lloro, que me hace falta, y no solo en el velorio. Él lo dijo antes: que la había dejado dormida y que él había salido con su hijo a pasear al parque. Luego regresó y publicó en el Facebook que a su esposa no la encontraba, que no sabía dónde estaba. Una de las características de estas personas es que son altamente inteligentes. Pero no pueden planificarlo todo. En algo fallan”, expone Castellanos.

2018 fue un año cruento. “El caso de la doctora, que es el primero de ese año, de ahí se desencadenaron los demás. Y cada uno hizo cosas mucho ´mejores´ que el primero”, recuerda.

En efecto, Turcios fue la séptima víctima de una racha de sonados casos de feminicidios que en 2018 destacaron y sacudieron a El Salvador por las circunstancias en que fueron cometidos.

La lista de feminicidios conocidos públicamente inició con el de la doctora del Ministerio de Salud Rosa María Bonilla Vega, de 45 años, en Santa Ana. Otros crímenes que le siguieron fueron el de Graciela, asesinada por su prometido en Mejicanos; Katherine Cárcamo, asfixiada por su pareja en su cama; Jocelyn Abarca, desmembrada y tirada en el río Acelhuate por su pareja, entre otros.

383 mujeres fueron asesinadas en El Salvador en 2018, varias de ellas a manos de sus parejas.

En opinión de Castellanos, un feminicidio puede influenciar en el cometimiento de otros. “Por supuesto. Se desatan. Es así como cuando usted ve cinco personas riéndose. ¿qué hace usted? Se ríe, sin saber porqué los otros se están riendo, porque es contagioso, porque es una emoción que nos transmite. Igual las personas patologizadas: el trastorno se desencadena”, dice.

La celotipia

Además de la falta de empatía, los hombres que han matado a sus parejas tienen como característica común la celotipia.

“Tienden a ser celosos, dominantes en todos los sentidos, pero los celos no son normales… (la celotipia) es cuando traspasa la normalidad: ´¿con quién estás hablando? ¿por qué te estás riendo? ¿Por qué te vestís así?´. Eso ya no es normal”, explica el psicólogo.

Señales de alerta

Generalmente hay señales de alerta, incluso sutiles, que identifican a un agresor. Foto de LA PRENSA/Archivo

Además de carentes de empatía y con celotipia, los agresores son dominantes, posesivos, controladores, fríos, carentes de afecto y de sentimientos (sentimientos aplanados), con poco control de sus impulsos e “ideas cerradas hacia la mujer”.

Otra de las características que pueden identificarse es que “no muestran afecto” o “el afecto es condicionado”. “Te doy cariño, abrazos y besos si me das tal cosa. Lo condicionan. El afecto debe ser desinteresado, como el afecto de nuestras madres. Ellos no muestran afecto sincero. Tienden a ser celosos”, reitera.

¿Qué sucede con los “no violentos”?

Castellanos explica que también pueden encontrarse agresores “altamente pasivos”. “Las personas pasivas son altamente melosas. Esas personas que son muy cariñosas y que la aturde de cariño… son altamente sumisas: ´sí, mi amor, ¿qué quiere? ¿a dónde quiere que vayamos?´, pero al ratito lo está controlando, con la melosidad lo está convenciendo, pero está haciendo lo mismo que el otro, pero el otro lo hace con fuerza, con la violencia".

“Estos se dejan dominar, en apariencias. Se dejan (ver) que no son problemáticos, que no son celosos, pareciera que no lo son”.
La clave para identificarlos es cuando muestran “extremos en su conducta”.

“Si es demasiado cariñoso, algo tiene. Y si es demasiado o poco o nulo cariñoso, algo tiene. Los extremos son los que generan problema”, advierte.

Según el experto, las manifestaciones pueden variar según el grado de trastorno. “El que lo tiene crónico, lo puede presentar (disimular) bien hábilmente y el que no lo tiene lo va a presentar más descaradamente”.

¿La empatía se pierde?

Para Castellanos, la empatía se desarrolla y se vuelven parte de la personalidad, por lo que no se pierde. Sin embargo,  puede verse disminuida o minimizada.

Por otra parte, hay quienes “nunca la desarrollaron” o “la desarrollaron alteradamente”. “Por ejemplo, fueron víctimas de abandono de sus madres, probablemente. Y si tuvieron mamá, fueron madres sobreprotectoras o violentos contra ellos”.

Falta de investigaciones y corrupción judicial

Castellanos considera que en El Salvador existe un “problema institucional” para facilitar la investigación con delincuentes.

“Nosotros podríamos investigar a estos sujetos para prevenir delitos como esos. Pero no. Nosotros quisiéramos hacer una investigación ahí y hay una burocracia y una llenazón de papelería, tramitología… no podemos estudiar(los), estamos desvinculados, la universidad que podría investigar y el Ministerio de Seguridad que tiene a los victimarios.

Hacer investigaciones con los agresores podría ayudar a crear programas de intervención para este tipo de personas y prevenir qué más mujeres sean víctimas, expone.

Una facilitación de investigaciones con criminales encarcelados permitiría crear mejores planes de prevención, considera Castellanos. Foto de LA PRENSA/Archivo

A la vez, Castellanos critica la corrupción judicial a la que deben enfrentarse las víctimas de violencia. Cita, sin ahondar en detalles, el caso de una paciente suya que denunció al hombre que la violó pero que debido a que este tiene facilidades económicas, consiguió su libertad después de pagarle al abogado de la víctima y al juez; pese a que se presentaron pruebas de las laceraciones en los genitales y moretones en el cuerpo de la víctima que confirmaban la agresión.

También destaca que durante la investigación para un trabajo de grado realizado en 2019 por estudiantes de Psicología de la UES guiados por él, se encontraron con policías que manifestaban que después de que una víctima denunciaba hasta cinco veces al agresor, debido a que luego retiraban los cargos, dejaban de “hacerles caso” porque, según ellos, las víctimas “juegan”.

Dicha investigación identificó que la dependencia emocional de la víctima es un factor que perpetúa el ciclo de violencia. 

Foto de LA PRENSA/Archivo

Además, la “culpabilidad, necesidad de una pareja y estereotipos sociales sobre la familia” hacen que la víctima continúe soportando al agresor, en “búsqueda de satisfacción y cumplimiento de normas sociales”.

“Aquellas mujeres que tienen más apego afectivo a su pareja son las que soportan más violencia, y de todo tipo: abuso sexual, violencia de palabras (verbal), violencia doméstica, empujones, violencia física, moretones”, resalta Castellanos.

¿Cuándo buscar ayuda?

Castellanos indica que un trastorno es una patología que es difícil controlar por un sujeto: “Por eso necesita ayuda psicológica o psiquiátrica. Necesita ayuda de intervención terapéutica o intervención farmacológica”.

Por otra parte, alguien trastornado difícilmente buscará ayuda. “El trastorno me imposibilita saber que lo tengo. Es decir, si nosotros le preguntamos a todos los pandilleros si ellos son el problema, nos van a decir que no, que el problema somos los que no somos pandilleros”, expuso.

Según él, todas las personas deberían visitar un psicólogo por lo menos dos veces al año y “quitarse el estigma de que los psicólogos son para locos”.

Recomienda que “aquellos padres que vean a niños agresivos, que les hacen daño a animales, que son agresivos… deben llevarlos a atención psicológica”. Lo mismo debe hacerse cuando se ve a “adolescentes alcoholizándose, drogándose, que tienen cinco novias, que no quieren trabajar, no quieren estudiar”.

Además, pide a las mujeres adultas que si ven a sus parejas ser dominantes, posesivos, celosos, controladores, muy melosos o poco afectivos los dejen porque “esos hombres una situación esconden”.

En otro ámbito, considera que es necesario mejorar la educación en El Salvador para que las instituciones formen personas con ética y profesionalismo. “No estamos formando ni ciudadanos ni personas humanas. Estamos formando monstruos de salud mental”, criticó.

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