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La carga que soportó Rosa

Rosa Álvarez de Pineda pasó 17 de los 51 años que tenía en un matrimonio abusivo. Escapó viva.
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Casos.  Según la PNC, han recibido menos casos de feminicidio en lo que va de 2013.

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Crimen.  En Soyapango, Meriney Montes de Pleités fue asesinada por su esposo.

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Violencia.  Un niño juega en los condominios Lourdes, en San Salvador, donde fue asesinada Rosa Álvarez por su pareja.

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La carga que soportó Rosa

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En febrero de este año empezó una relación con Alfonso Gutiérrez, un supuesto pastor de 66 años con problemas de alcoholismo, “pero este salió peor, porque sí la mató”, lamenta Ana, una de las hermanas de Rosa.

Ana no quiere que su verdadero nombre se publique en esta historia. Ahora habla con voz queda, pero hace una semana sus gritos resonaron en el condominio habitacional Lourdes de la colonia El Paraíso, en San Salvador. Cerca de las 2:30 de la tarde salió de su residencia, un pequeño departamento enrejado a dos casas de donde vivía su hermana. Iba alertada por los gritos despavoridos de Rosa. Intentó abrir la puerta del apartamento A-23, pero estaba cerrada con llave, así que quebró los vidrios para ver lo que sucedía en el interior: su hermana estaba desangrándose en el piso, mientras Gutiérrez la veía, con un cuchillo en la mano. Se levantó y corrió en dirección de su vivienda con un grito propio: —¡Marvin, el viejo puyó a la Rosa!Marvin Marroquín, su esposo, descansaba en una hamaca colgada en medio de la pequeña sala del condominio. Puso atención a la llamada de auxilio de su esposa, agarró un tubo de su cocina y salió en busca del asesino. Abrió a patadas la puerta del A-23 y vio a Gutiérrez de pie, pero ya sin el cuchillo en la mano. Junto a él entró Manuel Pineda, el exesposo de Rosa, quien según el relato del propio Marroquín “le pegó un trompón” a la nueva pareja de su exesposa. Rosa yacía ensangrentada en el piso, inmóvil, pero Pineda le revisó el pulso y todavía estaba viva. Mientras tanto, Marroquín forcejeaba con Gutiérrez. Cuando finalmente lo sometió, “él decía que ella le había arruinado la vida, que lo matáramos a él también, que le pegáramos dos balazos”, dice Marroquín. “Pero yo no tengo pistola, por eso entré con el tubo”, agrega. Cuando la Policía Nacional Civil (PNC) llegó, Rosa ya estaba muerta. Su departamento de Estadísticas informó que 2,262 mujeres denunciaron sufrir algún tipo de violencia entre enero y octubre de 2013. De esos casos, 2,197 son de violencia intrafamiliar y el 30 % sucede en San Salvador. Ninguna de esas denuncias provino de Rosa, según su hermana, “por miedo y porque decía que no quería andar dando esas vueltas”. Un día antes de la muerte de Rosa, el director y el subdirector de la PNC, Rigoberto Pleités y Mauricio Ramírez Landaverde, respectivamente, instaron a las mujeres que sufren violencia a acercarse “a las sedes policiales, a las cinco unidades de atención especializada (UNIMUJER) o incluso a las instalaciones de Ciudad Mujer” a interponer su denuncia. Ese día, durante una entrevista en radio Sonora, las autoridades policiales anunciaron una reducción “bien importante” en casos de asesinatos contra mujeres –100 víctimas menos que la cifra registrada en la misma fecha de 2012–, un incremento de las denuncias por problemas de violencia intrafamiliar y, según dijeron, un “salto de calidad” en la atención a las mujeres que sufren violencia.Ese día era 25 de noviembre, fecha en que se celebra el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Ese día Héctor David Pleités Alvarado mató a su esposa, Santos Meriney Montes de Pleités.Lo primero que escuchó ese día el mayor de los hermanos Pleités Montes, un menor de edad de 17 años, fue un disparo. Su papá le acababa de disparar a su mamá con una escopeta hechiza, según le contó el joven a uno de sus familiares. Eran las 6:15 de la mañana. Pleités ya había amenazado a Meriney con matarla. Ella lo denunció en el Juzgado de Familia de Soyapango el 31 de octubre. A Pleités le notificaron, el 11 de noviembre, que debía abandonar la casa que compartía con su esposa, y que no podía visitar la residencia número 21 del polígono 36 y pasaje 28 de la colonia Brisas del Sur II, en Soyapango. Además, tenía que abstenerse de “molestar, hostigar, perseguir, intimidar o realizar actos similares en contra de la señora y demás miembros de su familia”. Todo fue letra muerta cuando le disparó a la que fue su esposa por 17 años.

Patricia Elizabeth Molina Nuila, la jueza de Familia de Soyapango encargada del caso, piensa que “se necesitaría poner a un agente policial en cada casa para evitar estos crímenes”. Misma opinión comparte Claudia Chinchilla, una forense del Instituto de Medicina Legal (IML) de San Salvador. Parte del trabajo de ambas mujeres es ayudar a otras mujeres víctimas de violencia. La experiencia de Chinchilla la hace hablar con firmeza: “Hay casos que han puesto la denuncia e ido a Medicina Legal con golpes, fracturas y contusiones. El juzgado pone medidas para que el agresor no se acerque y aun así la mujer, por temor o por necesidad, lo perdona. Él vuelve al hogar y la violencia continúa y va aumentando. Después las queman, las amarran y terminan asesinándolas”.Ana fue testigo de esta situación con su hermana, quien dos semanas antes de ser asesinada había dado por terminada su relación con Gutiérrez. “Él la tenía amenazada, pero nunca nos dijo nada. Solo nos contaba que ya la tenía harta. Pero mire, cuando uno no quiere nada con alguien, uno busca qué hacer. Ella iba detrás de él cada vez que venía”, dice Ana con la tristeza fresca y la esperanza de encontrar una explicación. “No entiendo, supuestamente lo dejó (al esposo) para tener otra vida”, agrega. Y su voz sigue queda.Chinchilla se ha cuestionado lo mismo que Ana. Muchas veces. “Como profesional que atiendo víctimas de violencia, yo pregunto por qué no lo deja, por qué no se va donde otra familia si ya (el agresor) la golpeó 10 veces. No pueden, entonces uno no lo entiende, pero es una cuestión psicológica donde ya su autoestima está muy baja”, expresa. La forense cree que Rosa Álvarez sufría del “síndrome de indefensión aprendida”, una mentalidad causada por un maltrato prolongado, parecida al síndrome de Estocolmo, en el que una mujer secuestrada desarrolla un sentimiento hacia el secuestrador. “Al principio, cuando inicia esa relación, puede que ella se defienda y le grite o se oponga (al agresor). Pero ya después no puede hacer nada porque perdió el control. Esta mujer ya es indefensa”, agrega la doctora. El informe psicológico en el caso de violencia intrafamiliar denunciado por Meriney Montes también dio indicios de un síndrome de indefensión. “La señora Montes se percibe a sí misma incapaz de salir adelante por cuenta propia, invisibilizando la labor y el esfuerzo que ha hecho hasta este momento, pese a que ella ha sido el principal motor económico del sostenimiento del grupo familiar buscando alternativas para aumentar los ingresos”, se lee en el documento.Todas las relaciones abusivas se basan en un elemento: el poder. La forense advierte que un novio o esposo controlador es una señal de alerta. Rosa y Alfonso tenían una relación así. Él le dijo que ya no trabajara y le aseguró que él la iba a mantener. Rosa aceptó, pero al 26 de noviembre ya debía $160 por cuatro meses de arrendamiento de la pieza en la que vivía. Luego él ya no la dejaba salir. Le enojaba que fuera a visitar a sus padres o a sus amigas. La quería tener solo encerrada y, según su hermana, ella lo hallaba “normal”. La sujetaba de la mano para que la vieran salir con él. Sentía celos de que otros hombres se le quedaran viendo. La cegaba.Un novio o esposo controlador es una señal de alerta, advierte Chinchilla. “Nos está orientando de que algo pasa en la mente de esta persona”, afirma. La cura para este síndrome, según Chinchilla, es la concienciación, a través de la ayuda psicológica. Toda mujer debe saber “que nadie puede golpearla, que su cuerpo es importante, que no debe permitir que nadie la agreda ni psicológica ni físicamente”, recomienda la forense.Rosa Álvarez nunca recibió ayuda. Tampoco nunca la pidió. Rosa creció viendo cómo el papá de Ana (solo son hermanas por parte materna) le pegaba a su madre, una anciana que el pasado 26 de noviembre lloraba como... bueno, como una madre que acaba de perder a su hija. Por eso, a pesar de haber escapado de un matrimonio abusivo, no pudo escapar de su propia mentalidad. “Cuando conocen a un hombre que les dice ‘no sé, lo que tú digas, está bien’, no les gusta. Buscan esas características porque ellas están mal”, según Chinchilla.Había cinco arreglos florales, cuatro velas y 44 sillas bajo un canopi azul el día en que iban a velar a Rosa Álvarez. Ella era una persona amigable, según sus vecinas. “No hay quejas de ella, todos la conocen y me han ayudado”, dice Bryan, un muchacho moreno, de camisa azul, que se encarga de recibir a los invitados que siguen llegando. Me contó que empezó a trabajar para ayudarle a su mamá y estaba ahorrando para comprarle un módulo y “los estrenos en diciembre”. En ocasiones, él pagaba los $40 de alquiler en la casa que compartían. Bryan, quien estudió hasta séptimo grado, está herido. “Esto no se va a quedar así”, asegura. Su tía Ana tiene miedo de que el joven trabajador se “le vaya a arruinar”.

Los hijos, como el menor de 17 años que presenció la ejecución de su madre en Soyapango, son las víctimas silenciosas de la violencia intrafamiliar. El Estado debe tratar el problema de manera integral, de acuerdo con las diferentes especialistas. Chinchilla asegura que el ciclo de la violencia es repetitivo en las historias de los sobrevivientes: “En las hijas se replica en que ellas buscan esa figura paterna del papá o del padrastro, se casan o se acompañan con un hombre violento porque es lo que viven. En los varones pasa lo otro: ellos golpean. Cuando ellos crecen y forman su familia, son agresores”.

Kevin, uno de los sobrinos de Rosa Álvarez, espera en el patio a que empiece la vela. Él piensa que “hay que darle un par de catos” a Alfonso Gutiérrez, el hombre que asesinó a su tía. Kevin tiene 11 años.

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