La frontera rodeada por los narcos

En Peñas Blancas convergen cientos de turistas, kilómetros de furgones, transportistas tentados por el narcotráfico y autoridades policiales locales que reconocen la dificultad de impedir el trasiego de drogas.
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Turismo.  La zona de Guanacaste es de fluido turístico. La Policía de Seguridad Pública costarricense, la Fuerza Pública, también desarrolla labores contra del narcotráfico en la frontera.

Turismo. La zona de Guanacaste es de fluido turístico. La Policía de Seguridad Pública costarricense, la Fuerza Pública, también desarrolla labores contra del narcotráfico en la frontera.

Salvadoreño.  Un furgón con placas salvadoreñas permanece en Costa Rica. Le fue incautado con droga a Reynerio Flores.

Salvadoreño. Un furgón con placas salvadoreñas permanece en Costa Rica. Le fue incautado con droga a Reynerio Flores.

La frontera rodeada por los narcos

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La frontera de Peñas Blancas es una garganta que traga diariamente 600 furgones; 300 que ingresan y 300 que salen, según los promedios. En días de temporada alta, como los feriados, incluso pueden llegar a ser 1,000, de acuerdo con datos de fuentes de la aduana de Costa Rica en la frontera. La garganta se extiende, normalmente, siete kilómetros hacia adentro del territorio costarricense. Más de 230 camiones alineados uno tras otro de diversas nacionalidades. Las autoridades lo admiten: es imposible revisarlos a todos.

La mayor parte de las 2.8 toneladas de cocaína decomisadas en 2012, en la única frontera entre Costa Rica y Nicaragua, ha estado a cargo de la Policía de Control de Drogas (PCD); sin embargo, otras unidades locales, como la Policía de Fronteras de la Fuerza Pública (FP), también realiza controles antinarcóticos.

Juan Carlos Ceciliano es subjefe de la Policía de Fronteras de la FP en el cantón La Cruz, en la zona norte de Guanacaste. Él, junto con el jefe de operaciones, Wilford Roblero, aseguran que se intenta mantener un estricto control en la zona fronteriza y que, si bien existen puntos ciegos, se patrulla constantemente. Al final del día admitirán que en el cordón fronterizo pasa de todo. Y mucho. Lo que estos y otros policías relataron sobre la presencia del narcotráfico en Guanacaste es una constante en boca de los motoristas de los furgones y de los lugareños.

En un lapso de seis horas, Ceciliano recibió dos alertas de PCD. Eso implica que existe una advertencia específica del paso de un furgón con droga. Una de las alertas adelantaba que la cocaína podría venir en las llantas.

—¿Y eso pasa mucho?

—Pss... a cada rato.

El pasado 20 de diciembre, Jack se movía inquieto entre los turistas. Al olisquear una maleta se sentó y ni la seducción de una pelota de plástico blandida frente a su hocico lo hizo moverse. Los policías de la FP, que llevaban el control de carretera, revisaron el “positivo” que el pastor belga había dado. No encontraron nada y su hipótesis es que el residente de San José, que regresaba de la playa, había consumido alguna droga, presumiblemente marihuana.

El agente de la FP a cargo de Jack comenta que el golpe más fuerte de este perro de cuatro años fue la incautación de 110 kilos de cocaína en la frontera de Peñas Blancas.

Los motoristas de los furgones, sin embargo, tienen otro criterio sobre las incautaciones: los golpes que da la PCD se deben a que siempre hay una denuncia previa.

“Le puede preguntar a cualquiera y todos le van a decir lo mismo”, dice un motorista costarricense. Un nicaragüense lo resume de esta forma: “Eso no es ninguna investigación, es un bombazo (delación).”

Es otro motorista nicaragüense que pareciera resumir parte de las críticas. “Si (los policías) quisieran realmente agarrar algo, deberían soltar al perro en toda esta fila de furgones, pero ¿a dónde lo hacen?”, dice. Él mismo agrega: “Si nosotros quisiéramos meter algo (droga), lo haríamos fácilmente. Estos no revisan nada, no me convencen”. Otro motorista bromea, con razón: “Si lo único es que los reales (dinero) no los detecta el perro”. Y ríe.

El viceministro de Seguridad de Costa Rica, Celso Gamboa; el fiscal adjunto contra la Delincuencia Organizada, Walter Espinoza; y el subintendente Ceciliano insisten que la nacionalidad no es un punto que les interese. Dicen que el origen de un furgonero no tiene, necesariamente, incidencia para considerarlo objetivo en una revisión antinarcóticos.

La opinión es diametralmente opuesta si se pregunta a los furgoneros. No solo ellos: también un tramitador aduanero del lado fronterizo nicaragüense lo dice claramente: “salvadoreños, guatemaltecos y hondureños siempre los revisan”. El 18 de diciembre, un mexicano con placas de San Luis Potosí, que se dirigía hacia Costa Rica, terminó fastidiado después de más de una hora de revisión. Los policías antinarcóticos de Nicaragua le desordenaron todo lo que llevaba, y él lo volvió a colocar de mala manera. El mexicano gritó para quien quisiera escucharlo: “¿Y qué piensa? ¿Que llevo droga? ¡Si la droga de aquí la llevan!”

Lo mismo manifiestan, uno tras otro, diversos motoristas entrevistados. Y coinciden también en que la mayor parte del tiempo la revisión es de carácter puramente ocular. Ni perro ni nada.

No son solo 600 furgones diarios los que desbordan a las autoridades; de 1,000 a 1,500 migrantes, en promedio, atraviesan la frontera de Peñas Blancas cada día, según el jefe de Migración Édgar Aguirre. Los números pueden elevarse hasta los 8,500 en temporada alta.

Víctor es salvadoreño y con más de 10 años de ser motorista de transporte de carga pesada. Su relato sirve para entender no solo que los originarios del llamado triángulo norte (Guatemala, El Salvador y Honduras) están bajo la mira. También para hacerse una idea de la fragilidad de la región norte costarricense ante el narcotráfico.

“Hoy no creo que me revisen”, dice mostrando su carga sobre la rastra: material de construcción a la vista, particularmente hierro, apenas medio cubierto por una lona. No hay mucho lugar donde esconder paquetes con droga. No tanto como un contenedor o un furgón refrigerado.

Los motoristas aseguran que están conscientes de que el tiempo mínimo de espera en Peñas Blancas, del lado costarricense, es de 24 horas. A veces, la fila de furgones avanza tan cansina que tardan hasta tres días en cruzar. Y no pueden dejar el furgón solo, a siete kilómetros de la frontera, para buscar un comedor, un sanitario o un lugar más cómodo. Si dejan el tráiler, dicen, les roban. No hay hoteles cerca. Ni nada que se le parezca a una venta de comida.

Los siete kilómetros permanentes de furgones aparcados para llegar a la frontera son siete kilómetros permanentes decorados con botellas de refrescos vacías, bolsas, papel higiénico usado y heces.

Los motoristas explican que lo que ganan por viaje no compensa la serie de incomodidades. “Yo estoy ganando $90 por cuatro días. Pero tengo que pagar todas las comidas de ahí y si me retraso, no me pagan extras”, dice uno de los motoristas que dijo llevar tres días de espera.

Y el narco, que está en la epidermis de toda la zona norte costarricense, aprovecha para tentar fácilmente a los que trabajan mucho y ganan poco. Esto lo cuenta Víctor.

—Deben haber bastantes tentaciones...

—Mire, le cuento un caso. Una vez se me arruinó una llanta cerca de la frontera. Pasé a la primera llantería que vi. El chamaco me dijo que andaba malas varias llantas. ‘Te pongo las 10 y te llevas dos’. Así me dijo.

En términos más claros: 10 llantas gratis a cambio de trasladar dos kilos de cocaína en su furgón. “Y me fui rapidito. Prefiero evitar”, dice el salvadoreño.

El viceministro Gamboa explica que han detectado que el pago a los motoristas por cada traslado de un alijo de cocaína ronda entre los $5,000 y $6,000.

Cerca del río San Juan, del lado costarricense, está el cantón Los Chiles. Un policía de la Fuerza Pública comenta lo que es un secreto a voces en la zona: Alejandro Jiménez, costarricense, mejor conocido como “el Palidejo”, supuesto responsable del asesinato de Facundo Cabral y señalado como nexo entre el cartel de Sinaloa y el colombiano Los Rastrojos, vivía en ese cantón. Jiménez espera actualmente juicio en Guatemala. Su objetivo, cuando el trovador fue asesinado, era supuestamente asesinar al nicaragüense Henry Fariñas, empresario que había contratado a Cabral para un par de conciertos en Guatemala.

El lado nicaragüense de la frontera de Peñas Blancas está plagado de furgones engullidos por el polvo y el abandono. No menos de una veintena permanecen inamovibles en esa ala de un predio donde se hacen las revisiones antinarcóticas: todos son tráilers a los que se les ha encontrado droga. Todos de distintas nacionalidades. También hay salvadoreños. Algunos motoristas de furgones dicen que para los nicaragüenses lo de la revisión es “un negocio”, que les cobran 300 córdobas cuando se las hacen, el equivalente a unos $10, aproximadamente.

En Costa Rica, en cambio, la zona donde son trasladados los vehículos incautados es el puesto policial de La Cruz. El subintendente Ceciliano dice que poco a poco se los van llevando. “Cuando se llena, se los llevan para San José”, explica. En ese predio yace, desde hace algún tiempo, un furgón que tiene una pipa en vez de una rastra, con un letrero con el nombre del aceite vegetal que vendía Reynerio de Jesús Flores Lazo, condenado por narcotráfico en El Salvador. Sus placas, obviamente, salvadoreñas. En ese vehículo la PCD encontró un alijo de cocaína.

En 2012, la Policía de Control de Drogas informó de la captura de cinco furgones con placas salvadoreñas que transportaban cocaína. El decomiso más grande ocurrió el 7 de abril, en camión manejado por Luis Alberto Parada, condenado a siete años de cárcel por un juzgado de Liberia en septiembre del año pasado. En El Salvador, las autoridades locales vinculan a un empresario llamado Francisco Alfredo Calidonio con ese alijo. La Fiscalía General de la República ha confirmado que lo investiga.

En muy raras ocasiones, dice Ceciliano, ocurre una devolución de ese tipo de furgones. El juez coordinador del Tribunal Penal de Liberia, Rodrigo Campos Esquivel, confirma que es muy raro que alguien se presente a solicitar un vehículo donde se incautó droga. “La mercadería sí, esa siempre se devuelve”, dice el juez. Tan raro, como cuando un motorista extranjero es defendido por un abogado particular. “En estos casos, uno simplemente se queda pensando quién lo está pagando. Sobre todo cuando son abogados defensores que uno los ubica que defienden en ese tipo de casos (narcotráfico)”, agrega el juez.

El narcomenudeo se mueve mucho, según Ceciliano, en las zonas turísticas de Guanacaste. Muchas playas. Una sobresale especialmente. La menciona el policía, pero también los lugareños: la playa El Coco.

Esta porción de la costa pacífica costarricense, ubicada a unos 45 minutos en vehículo desde Liberia, y con el Aeropuerto Internacional Daniel Oduber a medio camino, es destino y residencia de extranjeros. “Vive mucho colombiano por allá”, explica Ceciliano.

La calle principal, que finaliza a la orilla del mar, agolpa varias decenas de negocios en sus laterales. “Solo tienen que venir, en la noche, sentarse tranquilos y echarse una cervecita. Ahí van a empezar a ver el movimiento”, ilustra un tour operador de El Coco sobre cómo se mueve la venta de drogas en la playa.

El Coco es solo un punto. Un informe de la situación de la frontera costarricense da cuenta de 12 puntos ciegos identificados únicamente por la FP del cantón La Cruz. En uno de estos, en Santa Cecilia, el jefe de Operaciones Roblero comenta, mientras enseña fotografías, que se detectó un pick up trasladando cocaína: bultos enormes como fardos de ropa en la cama, trasladados sin pudor o cuidado alguno. Media tonelada de cocaína incautada el 5 de noviembre de 2012. Y eso, como ya ha dicho el jefe, es de lo que se dan cuenta.

Un policía de la FP atisba un futuro difícil: “Costa Rica hizo una carretera al lado del río San Juan (Nicaragua). Y ya va a empezar a funcionar. Y el problema es que el país no se preparó en seguridad, no montó oficinas, puestos. Ahora esa carretera hace que los narcos usen esa vía. Porque antes (pasar) era como abrir una montaña”.

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