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La impunidad se esconde en el cerro de Guazapa

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24 de octubre de 2017 Vilma Pérez Fue asesinada y después enterrada en San Pedro Puxtla, Ahuachapán, de donde salió hace 10 años para trabajar en San Salvador. Se acompañó con José Adán Menjívar Miranda, quien la asesinó frente a sus dos hijos, cuando iba a denunciarlo por violencia intrafamiliar.

24 de octubre de 2017 Vilma Pérez Fue asesinada y después enterrada en San Pedro Puxtla, Ahuachapán, de donde salió hace 10 años para trabajar en San Salvador. Se acompañó con José Adán Menjívar Miranda, quien la asesinó frente a sus dos hijos, cuando iba a denunciarlo por violencia intrafamiliar.

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Vilma Pérez conquistó el valor que durante 10 años se le escabulló para denunciar a su pareja José Adán Menjívar Miranda, el 24 de octubre pasado. Estaba harta, según recuerdan algunas de sus pocas amigas, de sufrir la violencia intrafamiliar que, después de cada vuelta, era más intensa. Primero fueron gritos: “Sos una perra”, “No servís para nada”. Luego golpes y moretones. Después amenazas de muerte. Y cada round terminaba con un trillado “Vilma, perdóname. Voy a cambiar”. Hasta que finalmente, esa mañana del 24 de octubre, José Adán la mató de un disparo en la cabeza frente a sus dos hijos, cuando ella iba a denunciarlo a una subdelegación de la Policía de Apopa.

  “Los hombres que se reúnen en las esquinas para fumar o beber les gritan a las mujeres: ‘Ya viste lo que le pasó a Vilma, así que mejor pórtese bien’”.
Habitante de Santa Bárbara, amiga de Vilma Pérez

Esa mañana, según cuentan sus amigas, Vilma por fin se había cansado de los gritos y golpes que a media noche le propinaba Menjívar Miranda, cuando estaba con ella y no estaba trabajando como vigilante de una empresa de seguridad privada en Apopa. Algunas de esas noches, Vilma prefería escaparse de casa y refugiarse, con su hija de 10 años y su hijo de cinco, en la casa de su suegra. Sobre esas escenas, Vilma no decía nada a casi nadie. Las vecinas se enteraban porque la comunidad es pequeña y ahí todo se sabe, de una u otra forma.

Ella no salía de su vivienda, a menos que buscara algo para comer con los niños o a menos que fuera a comprar guineos para vender chocobananos. No salía, sospechan las amigas, porque Menjívar Miranda se enojaba al imaginar que ella buscaba otra pareja. “En realidad quien andaba de mujeriego era él. El que las hace se las imagina”, dice una de las amigas de la víctima, quien recuerda las tres veces en que Vilma se separó de Menjívar Miranda.

   “Lo más grave es que las niñas de la comunidad pueden llegar a pensar que no deben defenderse, porque vieron que una mujer mayor fue asesinada”.
 Silvia Juárez, de ORMUSA

“En esos días en que estaba lejos, separada, Vilma se mantenía fiel. Nos dimos cuenta de que la iba a buscar para convencerla de que volviera a la casa, prometiendo mil cosas. La iba a traer, pensamos, hasta la casa de la mamá de Vilma. Pero este hombre siempre volvía a lo mismo. Este hombre no es muy normal, mire, pues, terminó matándola. Eso no es de una persona normal. ¿Va a creer que alguien normal va a matar a su mujer y luego va a regresar con hambre a comer una torta?”, dice una de las vecinas, mientras hace una mueca para hacer notar que lo que acaba de decir la hace sentir asco.

Además de los hijos de Vilma, también un fotoperiodista, comerciantes y personas que caminaban entre la avenida Quirino Chávez y el kilómetro 11 de la carretera Troncal del Norte fueron testigos del feminicidio. Después de disparar, Menjívar Miranda abordó un autobús de regreso a la comunidad Santa Bárbara, ubicada en las faldas del cerro de Guazapa, para huir de la escena. Algunos habitantes lo vieron bajar en la entrada de la comunidad y lo vieron comerse una torta mexicana, en un comedor instalado en las cercanías de la parada de autobuses. Después caminó hacia las entrañas del cerro para esconderse de la Policía Nacional Civil (PNC), que llegó a buscarlo esa tarde a su vivienda.

“Al hombre ese lo han visto unas tres veces en el cerro. Si ese hombre ahí anda escondiéndose, no se ha ido. Y no ha sido una persona la que lo ha visto, sino varias”, dijo una habitante de Santa Bárbara.

Otra residente del lugar agregó que una vez fue visto en el río Chamulapa, que pasa por el cerro; otra vez fue visto caminando por las veredas que suben a la zona boscosa del cerro; y otra, en una vivienda abandonada en compañía de su padre.

Las mujeres que accedieron a hablar del caso con LA PRENSA GRÁFICA aseguraron que la impunidad con la que Menjívar Miranda se pasea por el cerro, escondiéndose de las veces en que la Policía lo llega a buscar, ha provocado que los hombres de la comunidad intimiden a las mujeres exigiéndoles que se porten bien, porque si no les tocará lo mismo que a Vilma. “Los hombres que se reúnen en las esquinas para fumar, beber o platicar, cuando ven a una mujer pasar le gritan: ‘Ya viste lo que le pasó a Vilma, así que mejor pórtese bien’. Nosotras tenemos un poco de miedo”, dice una de las mujeres, mientras mira por encima de su hombro para asegurarse de que ningún hombre del lugar esté cerca para escuchar lo que está contando.

La representante de la Organización de Mujeres Salvadoreñas por la Paz (ORMUSA), Silvia Juárez, dice que el hecho de que Menjívar Miranda todavía ande prófugo, ha provocado en la comunidad Santa Bárbara un ambiente de impunidad. También ha hecho sentir a los hombres que pueden matar a una mujer sin enfrentar la justicia.

“Ese hecho ha empoderado al resto de hombres de la comunidad. (...) Lo más grave es que las niñas de la comunidad pueden llegar a pensar que no deben defenderse, porque vieron que una mujer mayor fue asesinada por no apegarse a lo que un hombre quería”, dice Juárez.

De acuerdo con Juárez, hay dos cosas que pueden ayudar a superar lo que ha generado en la comunidad el feminicidio de Vilma. La primera es que las mujeres se organicen y la segunda es que se supere la impunidad capturando y procesando judicialmente a Menjívar Miranda.

En la subdelegación policial de Apopa, un agente que hace guardia, una tarde de noviembre, resume la búsqueda de Menjívar Miranda diciendo: “Este caso nos está dando dolores de cabeza, porque al no encontrarlo se puede creer que no estamos haciendo nada. Se puede pensar que eso quedará impune y que nada les pasa a los que matan a sus mujeres”.

A unos metros de la guardia, en el departamento de investigaciones de la Policía de Apopa, un investigador dice casi lo mismo: “El caso es un dolor de cabeza por lo mediático que ha sido. También porque aún no ha sido capturado. Pero hay un equipo que constantemente lo está buscando en el cerro, porque la información es que ahí anda”.

El investigador detalla que los policías que lo buscan están conscientes de que el día en que lo encuentren, probablemente, se resistirá al arresto con el arma de fuego que usaba como vigilante.

“El hombre sabe de armas, ya que para ser vigilante de una empresa de seguridad tuvo que pasar por la Academia Nacional de Seguridad Pública. Sabemos que está armado y que quizá dispare. Entonces nosotros lo vamos encontrar, pero es probable que no termine vivo si se resiste con el arma”, adelanta el investigador y agrega que un día casi lo encuentran en una vivienda abandonada. En ese lugar encontraron unas botas de su propiedad y unos platos y tazas, en los que supuestamente había estado comiendo.

Una de las amigas de Vilma, antes de despedirse para evitar que hombres vean que está platicando con un periodista sobre lo que sucede, dice que uno de sus mayores temores es encontrarse a Menjívar Miranda: “Yo no sé qué voy a hacer si lo veo aquí en el cerro, sobre todo porque anda armado”.

24 de octubre de 2017 Vilma Pérez Fue asesinada y después enterrada en San Pedro Puxtla, Ahuachapán, de donde salió hace 10 años para trabajar en San Salvador. Se acompañó con José Adán Menjívar Miranda, quien la asesinó frente a sus dos hijos, cuando iba a denunciarlo por violencia intrafamiliar.

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