La masacre que a nadie sorprendió en el centro

Ayer por la mañana, el centro de la capital se despertó como si nada nuevo hubiese ocurrido.
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Ventas. Vendedores consideraron un caso “normal” las escenas de homicidio del pasado miércoles.

Ventas. Vendedores consideraron un caso “normal” las escenas de homicidio del pasado miércoles.

La masacre que a nadie sorprendió en el centro

La masacre que a nadie sorprendió en el centro

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Los seis homicidios que hicieron tambalear a un gabinete de seguridad y hasta motivaron una escaramuza política son para los vendedores un momento más de la dinámica de violencia y miedo permanente a la que con basta resignación se han acostumbrado.

“Lolo”, el loro, gritó “a dos coras, a dos coras” mientras intercalaba una canción de Alci Acosta. Tres religiosos retuvieron hincado y con imposición de manos a un alcohólico que escurría sangre de su frente mientras vociferaron mensajes religiosos al ritmo de una cumbia evangélica. Después de un día de seis homicidios en un radio de 300 metros, los trabajadores del centro capitalino volvieron a sus labores con completa normalidad.La sangre de algunas de las cinco escenas de homicidio todavía era visible, cuando un sinfín de carretas llenas de verduras, frutas, medicinas y hasta animales vivos salían a gran velocidad de los puestos de ventas de minoristas en el Centro Histórico.“No, si aquí ya estuvo todo. Ya está tranquilo”, aseguró una señora mayor que se encontraba tirada en el suelo pelando fruta.

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Según narraron los comerciantes, la “normalidad” a la que se refieren es estar pendientes de su puesto, salir con todos los compromisos (legales e ilegales) para poder vender y estar siempre dispuestos a ofrecer su mercadería sin temor a los eventos de su entorno. En caso de que ocurra algún problema con un vecino, la rutina es guardar la venta, salir de la zona y fingir no haber visto nada.

Este sentimiento de resignación cotidiana contrastó ayer por la mañana con el evidente nerviosismo de algunos vigilantes privados que custodiaban algunos puestos en el centro. Según la versión oficial, un grupo de guardias a sueldo fueron los protagonistas de al menos cinco de las seis muertes violentas que ocurrieron el miércoles por la mañana en la zona. Agentes policiales afirmaron que el gran ejército de vigilantes privados se hartaron de “agacharle” la frente a los “bichos” que día a día ofrecen una muestra más de su mandato en el centro de la capital.

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“Así como está la cosa hoy, viene cualquier cristiano, se nos pone a la par y nos tira dos balazos y ya estuvo. Por eso es que hay que andar con cuidado”, aseguró un guardia privado que nunca separó el dedo del gatillo de su escopeta mientras hablaba e intentaba escuchar un leve sonido de su radio.

Al empleado de seguridad privada se le había acercado un compañero, a quien escuchaba con especial atención a un costado de la plaza Libertad mientras mantenían la vista en el horizonte. Por fin uno de ellos decidió hablar en voz alta y hacer pública su manera de entender la violencia en el centro.

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“Es que, mire, es de más. Esto nunca va a estar seguro. Jamás. Si ahorita está igual que siempre. Nosotros seguimos... Lo que vamos a hacer es seguirle haciendo frente y encomendarnos a Dios, porque sí tenemos miedo, pero es más la necesidad que uno tiene de trabajar, porque si uno no viene, no come”, dijo el guardia, quien rápidamente se despidió de su compañero para transmitir la “novedad” a otro agente privado que se encontraba en la esquina opuesta.

A las 10:30 de la mañana corrió el rumor entre los vendedores y vigilantes del centro que ya había salido una moto de los “bichos”, como le llaman los vigilantes a los supuestos pandilleros que operan en la zona, para ir a “pegarle” a un par de personas.

“Dicen los vigilantes que les han informado a ellos que los chamacos tienen una moto en la que van a salir ahorita a pegar contra ellos”, alertó un miembro de una institución de socorro del centro de San Salvador.

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Los equipos de seguridad privada aseguraron estar conscientes de que se encontraban expuestos a un grado de peligro especial, un poco más grave que el del día a día, pero nada que no hayan vivido con anterioridad.

“Si nos toca, nos toca, pero nos vamos a defender”, dijo uno de ellos mientras acariciaba su arma.

Miembros de los pelotones de fuerzas especiales desplegados ayer en el centro de San Salvador confirmaron el hecho: dos jóvenes identificados como pandilleros fueron detenidos mientras se conducían en una moto en uno de los interminables túneles que forman las ventas en el centro de la capital.

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Soldados encapuchados y policías armados hasta los dientes habían recibido la orden desde las más altas autoridades de seguridad de llevar paz al Centro Histórico a como diera lugar, una especie de paz a la fuerza, e impedir cualquier tipo de “vuelto” o represalia por los homicidios del miércoles.

Los vendedores parecían que no reparaban en el trabajo de los oficiales. La Policía y la Fuerza Armada no existía en ese momento. Sus actos los delataban a cada instante como ignorantes del ciclo de violencia al que se enfrentaban.

Los cuerpos de seguridad corrían de un lado a otro haciendo intervenciones preventivas en cada esquina, pero eso no era novedad para los locales, acostumbrados a ese tipo de operativos luego de un percance de violencia.

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“Pero vaya a ver allá por el (mercado) Sagrado Corazón a ver si ve un policía o un militar. Ahí no van porque saben que ahí es donde está más caliente ahorita. Ahí deberían de estar, ahí nos toca”, dijo un guardia a sueldo.

Ayer la vida del centro de San Salvador se podía ver en dos dimensiones: el mundo de la resignación de los trabajadores de la zona, y el desasosiego y la ansiedad que se transmitían entre los cuerpos de seguridad pública y los vigilantes privados.

“Siempre se pone así de vacío cuando hay matazón, pero después a la gente le pasa. Tempranito estuvo más solo. Ya se va a ir arreglando”, dijo una vendedora del mercado Central de San Salvador mientras se enderezaba el delantal. “La cosa es que nosotros siempre madrugamos y siempre vamos a seguir madrugando”, concluyó.

Ella es una de las muchas vendedoras que ya se acostumbraron al ciclo de violencia en esta parte de la capital. La conmoción provocada en las autoridades por las cinco escenas de homicidios que se dieron el miércoles en tres horas parece un discurso artificial frente a la firmeza de los vendedores de seguir adelante.
 

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