La muerte de “Anicetillo”, otro asesinato sin un porqué

“Anicetillo” empezaba todas sus partidas de ajedrez de la misma manera: con el peón que custodia al rey hacia la posición E-6 y el peón de frente a la reina a la casilla D-5. Defensa francesa. “Le encantaba su francesa”, recuerdan seis de sus compañeros, sentados en un salón de la Federación Salvadoreña de Ajedrez (FSA). “Anicetillo” es un sobrenombre del que Carlos David Álvarez Rivera se sentía orgulloso.
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Petición. Sus allegados le demandan respuestas e investigación al gobierno.

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Sospecha. Familiares y amigos desconfían de la versión de la PNC sobre crimen.

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Multifacético.Álvarez fue ajedrecista, artista, voluntario de la Cruz Roja, ingeniero mecánico, actor y hasta prestidigitador.

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La muerte de “Anicetillo”, otro asesinato sin un porqué

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Lo heredó de su padre, el cómico Aniceto Porsisoca, que en realidad se llamaba Carlos Álvarez Pineda. Hubo un minuto de silencio antes del inicio de la jornada de ajedrez de los juegos estudiantiles, que están en curso. El Campeonato Senior para mayores de 45 años también le dedicó 60 segundos a la memoria de Álvarez, asesinado el lunes 13 de abril, durante un asalto en un bus. El torneo de categorías de Santa Ana también hizo lo mismo.Álvarez era capaz de jugar sin tablero, recuerdan sus compañeros. Es decir, que podía abstraerse durante unos 20 minutos para dictar sus movimientos, junto con otra persona: peón a F-6, mientras se imaginaba la cuadrícula y tenía en mente los movimientos anteriores. “No es fácil mantener una partida de unos 80 movimientos sin tablero”, relatan sus colegas.

Un grupo de niños interrumpe la plática en la que participan Erick Hernández, un árbitro acreditado por la Federación Internacional de Ajedrez (FIDE); Carlos Burgos, actual campeón nacional; Sonia y Lorena Zepeda, dos referentes del ajedrez nacional; Lemnys Arias, un entrenador internacional; y David Blanco y Marlon Vásquez, ajedrecistas de la misma generación de Álvarez.

Los niños que rodean al grupo compiten en los juegos estudiantiles, el torneo en el que Álvarez participó entre 1991 y 1995, en este último se graduó del Colegio Cristóbal Colón. Ahí llegó a ser entrenador, una ocupación que emuló después, como estudiante de la Universidad de El Salvador (UES).

Héctor Guillermo Gardella, el entrenador de ajedrez de la UES, atestigua de los años de Álvarez como jugador en la universidad. Álvarez empezó como instructor en 1998 y, 10 años después, fue parte del equipo que le ganó a Costa Rica en la primera edición de los Juegos Deportivos Universitarios de Centroamérica (JUDUCA), en los que además la UES también ganó en el medallero general. “Hay personas que contribuyen. Álvarez es uno de esos, bien activo. Renunció, lamentablemente, cuando se graduó. Fue dirigente (de la FSA) y formador de talento. Le gustaba enseñar. Se siente más la pérdida”, dice Gardella, con rastros de un acento chileno que conserva pese a la cantidad de años que lleva viviendo en el país.

Hay cuatro categorías en el ajedrez nacional: tercera, segunda, primera y superior. Álvarez perteneció a esta última durante unos 15 años. “Subió rápido”, según Hernández, el árbitro de ajedrez. Solo hay unas 50 personas en todo el país en la categoría superior. Gardella asegura que Álvarez formó ajedrecistas que ahora engrosan esa lista selecta. “Creo que la familia no dimensiona la trayectoria que él tuvo”, opina Hernández. Llegó a integrar el top 8 de El Salvador. Estuvo a punto de clasificar a la Olimpiadas Mundiales de Ajedrez en los años 2000 y 2006. Participó en siete de las nueve ediciones que lleva el Open de Granada (Nicaragua). Se ubicó en la posición 2,134 en el ranking de la FIDE, en el momento tope de su carrera.

Había unas 200 personas en la funeraria Las Flores el pasado martes por la noche. La multitud, que sobrepasaba la capacidad de la sala, impedía llegar cerca del ataúd, donde la familia había puesto un racimo de medallas que “Anicetillo” ganó. No todas las medallas eran por ajedrez. Gardella y otros ajedrecistas también lo recuerdan como buen nadador. De hecho, hizo el Paso del Hombre -una prueba de natación de 21 kilómetros en aguas abiertas- unas cinco veces. Álvarez también colaboraba como rescatista voluntario de la Cruz Roja.

Sus amigos, no obstante, no hablan tanto de sus proezas deportivas como de las maneras en que “Anicetillo” los hacía reír, a veces, involuntariamente. Por ejemplo, en el Open de San Salvador de diciembre pasado, Álvarez había llegado puntual a competir en el Polideportivo de Ciudad Merliot. Todo bien, excepto que la competencia era en el edificio administrativo del Instituto Nacional de los Deportes, en San Salvador, a 12.8 kilómetros de distancia.

Dos hombres abordaron el autobús de la ruta 101-D en que viajaba Álvarez en una de las paradas frente a un centro comercial, en el bulevar de los Héroes. Eran asaltantes. La versión policial afirma que Álvarez Rivera supuestamente se negó a entregarles su teléfono celular, un modelo de la marca Nokia, cuando el bus circulaba sobre la Alameda Juan Pablo II, cerca de la 75.ª avenida norte. A Álvarez lo mataron de un disparo en el pecho.

Burgos, el campeón nacional de ajedrez, duda de la versión de que Álvarez se haya resistido al asalto. “Por lo que hacemos, solemos calcular a la gente. No creo que se haya opuesto. Escuché como que (al asaltante) se le había ido el disparo. Carlos no es quién se va a poner a forcejear. No era dado a la confrontación, era raro que se enojara”, explicó. Uno de los familiares de Álvarez atribuyó el disparo a los “nervios, (la) ansiedad de querer las cosas rápido. Nunca tuvo un carácter agresivo o que se va a oponer. Él aconsejaba que uno no se opusiera”, agregó el pariente.

Quizá el único momento donde cambiaba era frente a un tablero de ajedrez. Para jugar era fuerte y táctico. Le gustaba el riesgo y el sacrificio de posición, relatan sus compañeros. Era agresivo. Iba al ataque. “Si sus jugadas de ajedrez son una manifestación externa de quién es usted en un momento dado, puede que haya una relación útil entre tipos de personalidad y tipos de errores ajedrecísticos”, escribe Jonathan Rowson, un campeón británico en su libro “Los siete pecados capitales del ajedrez”. De acuerdo con las ideas de Rowson, el estilo de Álvarez no era materialista, es decir, no le importaba perder piezas valiosas para ganar posiciones de ventaja.

De acuerdo con Víctor Mencía, exjefe de Álvarez, el ingeniero mecánico tampoco era materialista en su vida. “Creo que no le interesaba el dinero. Era bien etéreo. Se lo tomó de su papá”, dice Mencía, presidente de la Sociedad Cooperativa de Caficultores, adonde Álvarez era un consultor de llamada. Ese desapego podría explicar porqué manejaba un BMW de la década de los ochenta. “Lo vamos a reparar bien bonito”, me decía. “Anicetillo” era de bajo perfil. A veces viajaba a Santa Ana y dejaba el carro en un taller, no le gustaba manejar. Lo último que íbamos a hacer era la reestructura del piso”, cuenta un mecánico automotriz amigo de Álvarez. “Andaba en bus porque a cada rato se le arruinaba el carro”, dicen los ajedrecistas. “Yo lo regañé cuando lo compró”, añade Mencía.

El empresario cafetalero acepta que no es un jefe fácil. “Yo soy yuquísima. ‘Mire, hijo de p..., conmigo va a aprender’, le dije. Lo mandé al beneficio de café y llamé al capataz: ‘hacémelo sufrir’. Un día llegué al beneficio y le dije que me ayudara a cargar las pilas. Se subió al camión a cargar sacos. Y se cayó”, recuerda Mencía. Y se ríe.

El trabajo de Álvarez consistía en llevar la programación y seguimiento de los indicadores de proyecto. “Era un nerd que estaba aprendiendo. Hacía verificaciones de las fincas y beneficios en certificaciones. Pensé que Carlos podía llegar a ser interesante. Me acompañó a Nicaragua a consultorías. Un ingeniero de allá le agarró mucho cariño. ‘¿Y de dónde te han sacado, hijuep...?’, le preguntaba. No era agricultor. ‘Yo hacía ballet’, le contestó Carlos”. Con naturalidad.

Era cierto. Trucos de magia. Mímica. Contar chistes. Ventriloquia. El repertorio de Álvarez era extenso. Perteneció al Teatro Universitario de la UES, compañía que estaba en Honduras cuando mataron a “Anicetillo” presentando una obra en la que Álvarez actuó: “De la calle”. Las subsecuentes presentaciones de esa gira fueron dedicadas a él.

Álvarez, además, quiso ser alcalde de Panchimalco. Y para eso también recurrió a Mencía. “Hoy que ganamos la alcaldía (Mencía es concejal electo de Santa Tecla) le ofrecí irse a la alcaldía con nosotros. Este país ha perdido un gran profesional, una persona ejemplo de universitario”, dice el empresario. Repasa estas historias mientras ve los correos de Álvarez en su computadora. Le escribía desde esta dirección: [email protected] Y firmaba así: “Carlos Álvarez, consultor en proyectos de Ingeniería y Diseño Industrial. Pon en manos del Señor todas tus obras y tus proyectos se cumplirán. Proverbios 16:3”.

El día que enterraron a Carlos, el presidente de la República, Salvador Sánchez Cerén, acusó a los medios de “inducir en una guerra psicológica, generar el pánico y miedo” con su cobertura de violencia. Ese mismo día explicó que el 30 % de los homicidios del mes pasado -es decir 140 de las 481 personas asesinadas en el mes más violento de la década- eran pandilleros que, según la Policía, iniciaron un tiroteo contra sus agentes. El campeón nacional de ajedrez dice que esas declaraciones fueron como una bofetada para él. “No es percepción, es real, estoy muy decepcionado. No hay guerra psicológica. Yo le pido, no solo al gobierno, sino a todos los políticos que paren esto”.

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