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La muerte que drena de a poco a Potosí

Sentado en un rincón de una de las siete viviendas abandonadas del caserío Potosí, en Coatepeque, José susurra, como quien cuenta un secreto que no puede guardar más, que le sobran ganas de ir a matar a los que asesinaron al policía y su familia hace un mes. Pero, dice, ha preferido dejar su casa y sumarse a los que ya se fueron.

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Fotos de LA PRENSA/áNGEL gÓMEZ Abandono.  Siete viviendas fueron abandonadas en el caserío Potosí, Coatepeque, desde que pandilleros asesinaron a un policía y su familia.

Fotos de LA PRENSA/áNGEL gÓMEZ Abandono. Siete viviendas fueron abandonadas en el caserío Potosí, Coatepeque, desde que pandilleros asesinaron a un policía y su familia.

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“Lo que pasa es que yo no quiero meter en problemas a mis hijos. Es que si voy y me mato con estos diablos que hicieron esta crueldad con el policía y su familia, van a querer venganza y entonces van a venir a buscar a mis hijos. Por eso mejor me voy”, dice José, quien en realidad tiene otro nombre que ha sido omitido por seguridad.

Todavía sentado en el rincón de la vivienda abandonada, donde solo ha quedado ropa sucia, José explica que desde el 1.º de noviembre pasado, cuando pandilleros asesinaron al policía Wálter Antonio Guardado Alfaro; a su esposa, Maritza Ivón Varela de Guardado; a su hija de cuatro años Gisel Guardado Varela; y al sobrino David Esaú Joya Ruiz, siete familias decidieron desalojar sus casas de bahareque, láminas y tejas, llevarse la ropa que tenían puesta, lo que podían cargar entre sus manos y buscar algún lugar para reinstalarse y empezar de nuevo.

“El policía era una gran persona, tenía una tienda y su esposa era una gran mujer. Se amaban. El joven que mataron era sano. Si ya los mataron a ellos, ya no se puede vivir aquí”, dice José.

Dos casas arriba de donde José está sentado, una mujer dice que también abandonaría su vivienda si tuviera un empleo fijo y la oportunidad de encontrar una casa en una zona más segura, para vivir con sus hijas y esposo. “Aquí la gente que se ha ido, yo no sé, pero quizá es porque tienen a dónde llegar. Nos hemos quedado los que no tenemos más que esta casa en la que vivimos. La cosa cambió tanto, desde que asesinaron al policía, que después de las 6 de la tarde ya estamos encerrados todos los que nos hemos quedado”, dice.

Otro de los habitantes, que camina por la calle polvosa y empinada de Potosí, confirma que los que se han quedado prefieren encerrarse cuando comienza a oscurecer. “Yo no dejo que mis hijos anden afuera después de las 6 de la tarde.

Es que está peligroso. Aunque a veces yo salgo a la iglesia después de esa hora, pero uno no deja de tener temor si anda afuera en horas de la noche”, dice el hombre.

Andar en la calle en horas de la noche, según los habitantes que se han quedado, es un riesgo porque Potosí no es un caserío de 25 viviendas que queda en el paso hacia algún lugar. Está escondido entre los cerros de Coatepeque. Si alguien quiere llegar, tiene que hacerlo consciente de que son al menos 25 minutos de camino por calles polvosas y con barrancos a ambos lados, desde el centro de Coatepeque. Si algo le pasa a una persona, es probable que nadie se entere hasta el amanecer.

José se levanta del lugar en que está sentado y se queda de pie, al lado de una pila de agua de la misma vivienda abandonada, para explicar que en horas de la noche y madrugada se escuchan pasos en la calle principal del caserío.

“Son pandilleros armados que andan en horas de la madrugada. Andan armas largas. Mire, yo desde que mataron al policía y su familia, no duermo, por estar atento a que si entran a mi casa, yo me voy a defender. Bueno, al menos hasta que no me vaya de aquí”, dice.

Tres policías motorizados que llegaron al caserío a patrullar, mientras José habla de lo que ocurre, confirman que están enterados de que pandilleros armados se pasean por el lugar en las noches, pero advierten que se esconden cuando los agentes los buscan para capturarlos.

“Creo que no se está atacando el problema como debe ser. Nosotros necesitamos más recursos y más personal para controlar la situación en este lugar. Pero aun así hacemos patrullajes permanentemente para garantizar la seguridad de las familias que se han quedado en el caserío”, dice uno de los tres policías.

Antes de regresar a su vivienda, José explica que a algunos de sus hijos ya los sacó del caserío y que solamente está esperando que la cosecha de café y maíz termine para marcharse del caserío y reunirse de nuevo con toda su familia.

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familias abandonaron sus casas en Potosí, por temor a las pandillas.

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