La oportunidad de aprender sobre sismos en Japón

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Becados. Yuuki Hosaka, Juan Diego Valencia y Alejandra Membreño estudian en el Instituto Internacional de Sismología e Ingeniería de Movimiento Sísmico de Japón, becados por la Agencia de Cooperación Internacional del Japón (JICA).

Becados. Yuuki Hosaka, Juan Diego Valencia y Alejandra Membreño estudian en el Instituto Internacional de Sismología e Ingeniería de Movimiento Sísmico de Japón, becados por la Agencia de Cooperación Internacional del Japón (JICA).

Vigilancia. Expertos vigilan el comportamiento sismológico de Japón, una nación en la que ocurren hasta 350 temblores diarios.

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Adiestramiento. Tecnología de punta para prevenir desastres causados por terremotos es parte del conocimiento que los salvadoreños reciben de los docentes japoneses.

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La oportunidad de aprender sobre sismos en Japón

La oportunidad de aprender sobre sismos en Japón

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Es mediodía en Tsukuba, Japón. Alejandra, Juan Diego y Yuuki recién han salido de una clase sobre terremotos en el Instituto Internacional de Sismología e Ingeniería de Movimiento Sísmico de ese país asiático. Es la hora del almuerzo y estos tres salvadoreños tienen

una hora para comer y hablar sobre su experiencia de estudiar una maestría en ingeniería sísmica en Japón.“Venimos a aprender más sobre el tema porque sabemos las dificultades que tenemos como país para encarar toda la actividad sísmica que nos caracteriza. Deberíamos estar preparados, pero no lo estamos. Por eso, cada vez que algo pasa, siempre nos cobra un montón”, dice Alejandra Membreño, de 26 años, en la esquina de un impecable cuarto amueblado con mesas y sillas verdes. Ella trabaja en el país en la Fundación Salvadoreña de Desarrollo y Vivienda Mínima (FUNDASAL).Juan Diego Valencia, de 25 años, también dice que se motivó a viajar “al otro lado del mundo” porque “es importante tomar las herramientas de acá, de Japón, que nos permitan entender cómo funciona nuestro sistema constructivo, porque ellos han tenido una larga historia de desastres y han llegado a ser el país tan impresionante que es ahora porque han podido aprender de todo lo que les ha pasado”.

Dentro de ese “todo lo que les ha pasado” a lo que se refiere Valencia es al terremoto de 9 grados en la escala de Richter y a un devastador posterior tsunami que ocurrió el 11 de marzo de 2011 en la costa pacífica de Tohoku, al nordeste de ese país asiático. La Agencia Meteorológica de Japón lo consideró como uno de los cinco mayores terremotos de la historia moderna.

La magnitud del sismo y la posterior gran ola que llegó a la costa, que en algunos puntos alcanzó hasta los 10 metros, arrasó a cientos de viviendas y provocó la muerte de 11,417 personas, según cifras oficiales. Otras 16,273 fueron declaradas desaparecidas. Así, el número total de muertos y damnificados sumó casi 28,000 personas.

El agua también afectó el suministro eléctrico de los seis reactores de la central nuclear de Fukushima, la más próxima al epicentro. Eso provocó la falla de los sistemas de refrigeración de las plantas, aumentó la presión y se produjeron varias explosiones de hidrógeno, con la posterior liberación de partículas radiactivas y la activación de un plan de emergencia. El accidente nuclear mantuvo en vilo al mundo entero y a Japón le reafirmó la necesidad de prepararse mejor ante el inevitable golpe de los terremotos, pues su territorio está sentado sobre el choque de las placas tectónicas del Pacífico y la Norteamericana.

Esa experiencia llevó a Japón a hacer cambios y a ejercer más control en las edificaciones para que sean capaces de soportar un movimiento de tierra similar al ocurrido en 2011.

Un desarrollo que a Yuuki Hosaka, de 25 años, un salvadoreño de padre japonés, le impresiona porque dice que el tipo de estudio al que se atiene acceso en un país como Japón es avanzado: “Uno sabe la diferencia que tenemos entre El Salvador y los países desarrollados, pero venir y ver los laboratorios que ellos tienen es muy impresionante”, señala mientras acomoda entre las manos dos palillos para comer, muy a estilo japonés.

Los tres son parte de un grupo de 21 personas procedentes de distintos países que están en la isla asiática becados por la Agencia de Cooperación Internacional del Japón (JICA). Reciben clases durante un año, de octubre a septiembre, sobre sismos, ingeniería sísmica y tsunamis. Se trata de un curso que inició en 1960 y que hasta enero de este año ya ha visto pasar a 1,751 estudiantes de 100 países que viven con un riesgo potencial de sufrir un terremoto, tal como es el caso de El Salvador.

En resumen, Alejandra, Juan Diego y Yuuki, estos últimos dos estudiantes de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA), aprenden sobre ingeniería estructural y geotécnica, estructuras sismo-resistentes de concreto armado, de acero, mampostería y sobre las tecnologías más nuevas sobre la resistencia a los temblores: aislamiento sísmico y control de vibraciones. Se trata de tecnologías de vanguardia que el Instituto Internacional de Sismología e Ingeniería de Movimiento Sísmico ofrece a estudiantes de todo el mundo para mejorar la construcción de edificaciones capaces de soportar sismos en la región latinoamericana.

La importancia que Japón da a los terremotos es tal que este instituto fue construido en Tsukuba, una ciudad planificada en 1960 para albergar el desarrollo científico y tecnológico de la nación nipona. Es más, dentro y fuera de Japón este lugar es conocido como la Ciudad de las Ciencias.

Ese avance es el que Alejandra piensa aprovechar porque “es un área que necesitamos mejorar, aprender más y estas oportunidades que se dan, sobre todo el Japón, que saben un montón sobre desastres. Debemos agarrar lo que podamos”.

Una de esas experiencias que impresionan a Alejandra, dice, son los tiempos de recuperación que manejan los japones cuando sufren algún tipo de desastre. “Actúan rápido y con flujos de organización tan limpios; quisiéramos llevarnos esa experiencia. Su respuesta es utópica para nosotros y esperamos poder implementar algo de eso en El Salvador”.

Juan Diego estima que el reto al terminar el curso es “tomar todo el conocimiento y saber aplicarlo allá (acá, en El Salvador). Es importante la investigación que hagamos en el país, pero con herramientas de Japón”, explica.

Además de la capacitación en sismología, Alejandra dice que JICA les brinda transporte desde donde residen hasta la institución: “Vivimos como a una media hora de acá. Ellos nos dan el transporte”, asegura. Asimismo, resalta que reciben un trato de respeto porque “las personas acá son gentiles, amables. Están pendientes de nosotros y lo mejor es su disponibilidad de enseñar para que las personas mejoren”.

Hosaka se dispone a comer. Pone frente a él un tazón con algo que parecen ser fideos japoneses, al tiempo que reconoce que cuando llegó les costó un poco adaptarse a las costumbres, cultura, alimento y clima de un país muy diferente a El Salvador: “Al principio es más difícil acostumbrarse a estar lejos del país, pero siento que nos hemos adaptado porque hemos agarrado rutina”.

“Antes sentía mucho frío, pero ahora a los 10 grados centígrados que hay afuera de los salones ya me siento tranquilo”, dice Hosaka.

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