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La pandemia y las lluvias se llevaron todo

Las agricultoras de Sonsonate se han enfrentado a retos que reducen la posibilidad de negocio, desde la falta de créditos hasta el cambio climático. En 2020, sin embargo, las lluvias y la cuarentena domiciliaria obligatoria terminaron por destruir los cultivos que ya solo servían para su propia subsistencia.

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Sin alternativa.  La pérdida de la cosecha se traduce, para las agricultoras y sus familias, en días en los que escasea la comida en sus viviendas. Un día sin trabajar en la parcela puede significar el daño a la calidad del cultivo, por ello, durante la cuarentena obligatoria, se arriesgaron a salir para cultivar su tierra.

Sin alternativa. La pérdida de la cosecha se traduce, para las agricultoras y sus familias, en días en los que escasea la comida en sus viviendas. Un día sin trabajar en la parcela puede significar el daño a la calidad del cultivo, por ello, durante la cuarentena obligatoria, se arriesgaron a salir para cultivar su tierra.

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La parcela de Brenda Villalobos se encuentra en la cima de un monte, en los parajes dedicados al cultivo en el cantón Pushtan, en Nahuizalco, Sonsonate. Aquí cultiva cebollín, güisquil, jícama, cilantro, chile dulce y alcapate. Brenda empezó a trabajar semanas antes de que se decretara cuarentena domiciliar obligatoria por el covid-19 en El Salvador. "Veníamos de escondidas, aunque sea a regar, porque no podíamos trabajar en el día", cuenta, entre risas.

"Yo tengo mi familia. Lo único es que soy madre soltera", dice Brenda. Y así define también la situación de su hermana: "Tenemos nuestros hijos, pero vivimos con mi mamá y mi papá", cuenta, mientras sube la cuesta rocosa que lleva directamente a la plantación de chile dulce. El terreno donde cosecha ni siquiera es de su familia, al menos por el momento. En 10 años, luego de pagar religiosamente $125 al mes, dice que el dueño de la parcela ha prometido que se las cederá como propiedad. Si llegan a ese momento, habrán cancelado $15 mil.

La Encuesta de Hogares y Propósitos Múltiples (EHPM) de 2019 muestra una brecha de género bien marcada en la tenencia de terrenos para cultivo. Para ese año, 84,506 agricultores a escala nacional declararon ser propietarios de parcelas para cultivo. De este total, únicamente 10,691 eran mujeres.

La misma encuesta también señala otra brecha de género en los salarios promedio mensuales de los agricultores y trabajadores agropecuarios y pesqueros. Los datos señalan que los hombres agricultores ganan, en promedio, $255.05, mientras que las mujeres reúnen $188.95 al mes.

De la parcela de Brenda dependen nueve personas, cuatro adultos y cinco niños. Ella le pidió a su madre que solicitara un préstamo "para luego irlo pagando con lo que sacáramos de la cosecha", cuenta. Sembraron, sí. Pero vino un temporal y luego otro. "Todo lo que trabajamos se lo llevó la lluvia", dice.

Las tormentas tropicales Amanda y Cristóbal, que afectaron a El Salvador entre el 30 de mayo y el 6 de junio de 2020, acabaron con la plantación de Brenda y de su familia. "Teníamos cilantro, cebollín y güisquil, pero tanta agua lo arruinó todo", recuerda. Solo entre esas dos tormentas cayeron 1,087 milímetros de agua.

Brenda está parada sobre algunos restos de raíz de jícama. Son las 10 de la mañana y el sol ya está a todo dar. A pesar de ello, su carácter no deja de ser risueño: "Nos afligimos bastante porque habíamos hecho una gran inversión. Y para sacar eso otra vez".

Cuenta que, junto a su familia, invirtieron un aproximado de $500 para sembrar en la parcela. "Al final, solo recuperamos como unos $200", dice.

Según estimaciones del Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG), hasta junio de 2020, se perdió $22.1 millones en los sectores de granos básicos, hortalizas y frutas.

A la casa de esta familia, según Brenda, han llegado cinco paquetes alimenticios desde que empezó la emergencia por covid-19 a escala nacional. "Aunque a veces no nos daban, solo nos revisaban el DUI y se iban de largo. Decían que había muchas casas y que ya nos habían dado a nosotras", cuenta.

El Gobierno asegura, según sus cifras oficiales, que hasta finales de febrero se entregaban 70 mil paquetes al día.

20 minutos. Este es el tiempo que le toma a Rosalina movilizarse, a pie, desde su casa a la parcela donde cultiva con toda su familia.

Dos libras de frijoles, dos libras de arroz, una libra de sal, una botella de aceite y una bolsa de café era el contenido de la bolsa de víveres de la alcaldía de Nahuizalco, según enumera Brenda. "Venía más nutrida la del Gobierno, pero como a veces no nos la daban", lamenta. Tampoco, nadie en su casa fu beneficiado con los $300 de ayuda del Gobierno.

Uno de los principales clientes de Brenda revende los cebollines que le compra a una cadena de tiendas. "La docena la paga a $5. Y, a veces, que se lleva 20 o 25 docenas, saco hasta $125", dice y agrega, sin embargo, que su cliente revende el cebollín hasta en $8 o $10 la docena.

Mientras revisa la plantación de mora, Brenda cuenta que "allá tiene familia". "Allá" es Estados Unidos. "He oído de gente que se van así en caravana, como dicen. Lo pensé una vez, pero, en realidad, me da miedo", razona y cuando se le pregunta por lo que le da miedo, mira con timidez las raíces secas de jícama en el suelo y sonríe: "Pienso en mis hijos y en mis papás. No los puedo dejar solos".

Ni el miedo pudo con el hambre

Rosalina estaba preocupada. Se puso mal. El 19 de marzo, el presidente de la República, Nayib Bukele, convocó a una cadena nacional con la intención de comunicar que se había confirmado el primer caso de coronavirus en El Salvador. A la familia de Rosalina se le acababa la comida, pero nadie salió. "El miedo nos invadió. Pensamos que de solo ir a la tienda, ahí por la casa, uno iba a venir con ese virus", cuenta desde la parcela que ella, su esposo y sus tres hijos cosechan en el cantón Pushtan. "Estábamos traumados", dice.

La familia de Rosalina estuvo paralizada por cerca de 20 días. Cuando iban solo cinco días de cuarentena, la comida ya escaseaba. No vieron otra solución más que retar a la autoridad y sortearse a escondidas los caminos hasta su parcela. "Decidimos venir a trabajar, aunque los policías andaban en todas partes", afirma. Por suerte, ni ella ni su esposo fueron detenidos.

Los vientos y la lluvia torrencial llegan, en la actualidad, sin previo aviso, según las agricultoras. Con el paso de los años, han visto de primera mano los efectos del cambio climático.

Sin certezas climáticas

María Elena Gutiérrez cultivó por primera vez a los 18 años en el cantón Las Mesas, en Nahuizalco. Ahora, con 45 años, una hija y una nieta, tiene una parcela de una manzana en la que cultiva frijol y maíz. "Antes, las cosechas eran normales... Ahora, ya no se sabe", cuenta.

Las demás agricultoras que la acompañan se han quitado la mascarilla. Ella no. "Ahora he quedado miedosa de casi todo", justifica. Y el miedo del que habla la ha llevado, incluso, a replantearse el seguir cultivando frijol.

En 2018, María Elena y su familia perdieron una plantación completa de maíz a causa de un temporal. No recuerda si fue temporal, tormenta tropical o huracán. "Al final, todo ventarrón que acabe con la milpa es huracán", cuenta entre risas. Y, ya más seria, dice que, en los últimos años, los vientos y la lluvia han echado a perder buenas cosechas.

"A la hora de cosechar, uno se atiene a que viene el verano y el frijol no se va a arruinar", confiesa María Elena, que conocía los cambios de estación en El Salvador. Y por eso, en 2018, decidió cosechar el frijol para ponerlo a secar a finales de octubre. "Todo lo perdimos, el agua vino, a saber de dónde, y nos pudrió toda la cosecha", cuenta. Ahora, dice, ya no conoce a ciencia cierta el ciclo climático.

Y es ahí en donde está la pérdida, de acuerdo con María Elena y su conocimiento en agricultura. Cuenta que aquí, en el cantón Las Mesas, todos los agricultores saben que en octubre ya no llueve, pero, a veces, se alarga la época de lluvia, dice. Así como en 2018 y como en 2020.

De acuerdo con CAMPO, el ciclo agrícola 2019-2020 dejó 145,390 quintales de frijol perdidos a escala nacional. María Elena relata que durante el período en que las tormentas Amanda y Cristóbal tocaron tierra en El Salvador, en 2020, ella y su familia perdieron una manzana de cosecha de frijol. "Buscando entre los frijoles nacidos logramos sacar un quintal de esa cosecha", cuenta. De una manzana de terreno pueden salir hasta 10 sacos de frijoles.

"Aunque se pierda o se gane, el agricultor nunca deja de sembrar", dice María Elena. Ella no tiene otra alternativa. Ha considerado dejar Las Mesas, el cantón que conoce desde siempre, para irse a vivir al centro de Nahuizalco. "A veces a uno le agarra que quiere irse a experimentar la vida en el pueblo, aunque sea más dura", explica.

María Elena nunca ha solicitado un préstamo y no quiere tener nada que ver con los bancos, según cuenta. "Yo no entiendo eso, y veo que solo sirve para que la gente se llene de deudas", dice. María Elena depende únicamente de la cosecha, toda su esperanza está en que los sacos de frijoles no salgan nacidos. "¿Cómo pagaría yo uno de esos préstamos, sobre todo hoy, que no se sabe con estas cosechas?", se pregunta.

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