La pareja que prefiere enfurecerse en silencio

Mi cipota, para qué les voy a mentir, era una cipota de arranque, era bien trabajadora. Tenía 19 años, estaba en primer año de bachillerato y le gustaba el negocio. Salía a vender tamales por las tardes porque le gustaba tener sus propios centavitos. Yo a mi cipota nunca la conocí por marera. Lo que no les sabría decir era si tenía novio. No lo sé porque nunca me lo dijo. Los que venían a comer a la casa eran sus compañeros. Mi cipota no se merecía la muerte de criminal que le dieron.
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El día que la vi por última vez le preparé el almuerzo y me fui a trabajar: yo plancho y lavo donde una señora del pueblo. Dicen que a veces uno siente el corazón bien feo cuando algo malo va a pasar, pero ese día de 2012 yo no sentí nada. Regresé como a las 7 de la noche y me recosté en la hamaca del corredor a esperarla. Mi hija nunca había faltado a dormir a la casa. La esperé despierta casi toda la noche, pero como estaba bien oscuro, y bien solo, descolgué la hamaca y me metí para la casa.

Cuando amaneció le dije a él: ‘Viejo, la Keni no vino a dormir. Esto ya no me está gustando’. Mi hija nunca se había desaparecido. Agarré mi bolsón y me fui al centro a preguntar por ella. A mí no se me quita de la cabeza que una amiga la entregó. Esa amiga que nos llamó para decirnos que le diéramos permiso de salir y que la iba a venir a dejar temprano. ‘Vos quizás te pusiste a riata y por eso no sabés dónde dejaste a la Keni’, le dije. Pero ella me juró que me la había venido a dejar a la esquina de la casa.

Después nos fuimos a poner la denuncia a la policía. Nos preguntaron si habíamos recibido amenazas. Ella nunca nos dijo que la hubieran amenazado. Una mañana de la semana siguiente cayó una llamada, justo cuando yo estaba haciendo un papel para mandarlo a 4 Visión. Era un investigador. Quería que nos fuéramos para un cantón donde habían encontrado el cadáver de una muchacha. Recuerdo que cuando me llevaron para ese barranco, yo no la conocí. Estaba desnudita. La cabeza cortada y el pelo... el pelo se lo habían arrancado por completo. A saber qué odio tenían contra ella.

Fui yo sola porque mi esposo andaba trabajando. Él tardó en llegar porque tiene azúcar en la sangre y se desmayó cuando le avisaron. Ya estando en Medicina Legal, el doctor me preguntó que si yo padecía del corazón. Le dije que no, pero que soy hipertensa. ‘Lo que va a ver le va a impactar’, me dijo. Una pierna y una mano no aparecieron. Pero le vi de lejos una manita y le vi sus dedos. Vi que tenía pachito el dedo pulgar y empecé a llorar. Ella desde chiquita se chupaba ese dedo y ya grande también lo hacía. Por eso lo tenía aplastado. Era Keni.

Llegó a verla otra señora que también andaba buscando a su hija. ‘Llévesela que es suya’, me dijo. Yo en el fondo deseaba que no fuera ella, pero de todos modos nos fuimos a hacer el trato del ataúd. El forense nos dijo que no nos la podíamos llevar. ‘Porque ha habido casos que no son y les va a costar el doble. Van a hacer un gasto por gusto. Mejor esperen el resultado del ADN’, nos dijo. Después nos dieron la respuesta: el ADN salió positivo. Hoy en septiembre ella hubiera cumplido los 20.

La trajimos a la casa como a las 12 de la tarde. La trajimos en un ataúd sellado, de esos que llevan una lámina adentro. Yo no quería velarla. Quería enterrarla en la misma tarde, pero nos dijeron que venía preparada y que nos iba a aguantar. La velamos en el cuarto. Encima de la caja pusimos la última foto que tengo de ella, esa que le tomamos para matricularla para segundo año de bachillerato en el instituto.

Talvez ustedes no me comprenderán del todo cómo me siento. Pero les cuento que desde ese día me ha caído un dolor en la mitad de la cara, creo que de nervios. Eso que le hicieron a mi hija no es cosa buena. A mi hija la dejaron como que era una criminal, como que era una asesina.

Los investigadores han venido, pero yo tengo a mis otros hijos por quienes quiero seguir viviendo. Ya ‘mija’ está fuera de este mundo, no la voy a ver nunca. Los investigadores dicen que ya interrogaron a la amiga, pero lo que yo tengo es miedo, miedo a que puedan venir a fregarnos cualquier noche. Yo, se los repito, siento temor. A nosotros nos contaron un caso casi igual al de mi hija: mataron a la cipota y después, por andar preguntando, llegaron a amenazar a la familia.

¿Y cuál es la tregua que está? ¡Mentira! Aquí no hay tregua, aquí se está matando gente. El Gobierno debería poner una pena de muerte o llevar a los asesinos al parque y cortarles los miembros.

Pero en realidad lo único que me queda es rezar, pedirle fortaleza a Dios. Eso es lo único que le toca a uno: enfurecerse en silencio. Uno no puede hacer justicia por sus propias manos. Yo, como le digo a él: hay que dejar las cosa en manos de Dios porque él es el único que está aquí con uno. Decíselos vos, viejo.

-Es que mirá, vieja, hay cosas que quizás vos no podés comprender. La política es grande y las situaciones del Gobierno también. Sea como sea, estamos en una situación en la que el Gobierno ha sido muy flojo, se ha dejado manipular.

Ha sido bien impactante la muerte de mi hija. Se los digo yo que soy hombre. Le he pedido fortaleza a mi Señor porque si yo no disimulo, se derrumba mi familia. Uno, con este dolor, quisiera una venganza contra estos tipos, pero después me pregunto ¿para qué? No los conozco, no sé quiénes son. A mí me gustaría saber quiénes han sido, que les caiga todo el peso de la ley porque sí que se lo merecen, pero estos tipos agarran represalias. ¿Y ustedes creen que el Gobierno me va a proteger? ¿El Gobierno me va a proteger al saber todo eso?

Gracias a Dios que la encontramos y le dimos cristiana sepultura. Aunque, como dice mi esposa, no estamos de acuerdo con la muerte que le dieron. Nos la entregaron hecha un rompecabezas.

Pónganse en mi lugar por un momento y no le va a pesar decir: pónganle la silla eléctrica o quémenlo vivo. A mi hija le arrebataron la vida peor que a un perro y eso me hace agarrar remordimiento y cólera. A veces quisiera tener una varita mágica y por lo menos decir: ya están muertos estos tipos y ya vengué la muerte de ‘mija’. Pero después recuerdo que eso solo Dios lo puede hacer. Yo le ando pidiendo a cada rato: ‘Diosito, sacame esto de la cabeza’.

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