La planta de compostaje de Santa Rosa G. funciona mejor gracias a Munemura

Al llegar a El Salvador, ver la capital y luego los paisajes rumbo al interior del país, la especialista ambiental japonesa Natsu Munemura, voluntaria de la Agencia de Cooperación Internacional del Japón (JICA), supo que llegaba a un territorio con características especiales.
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No sabía mayor cosa sobre su destino cuando le dijeron que sería enviada como voluntaria al país centroamericano, pero ahora asegura sentirse “como en casa”, debido al trato que recibe de la gente del municipio de Santa Rosa Guachipilín, en Santa Ana, donde ha permanecido desde hace dos años, trabajando en programas de medio ambiente y en la planta de compostaje municipal.

“Podía decidir (entre) tres país adonde quería ir, el tercero era El Salvador. Yo no sabía dónde quedaba, no sabía nada, pero me decidí a venir y busqué información de El Salvador en internet, no podía imaginar cómo era. San Salvador es una gran ciudad, es muy bonito, aunque hay edificios, también hay mucha naturaleza en el interior del país”, cuenta Natsu.

En Santa Rosa Guachipilín vio el contraste entre la capital y el campo. Ahí comenzó a trabajar con estudiantes y familias de las comunidades santarroseñas en la mejora del manejo de la planta de compostaje que posee la comuna, la que permite obtener abono orgánico, luego de darle tratamiento a los desechos.

Desde un principio descubrió que la planta no estaba funcionando de manera adecuada, por lo que se puso a trabajar con los empleados municipales para enseñarles el proceso adecuado para tener un mejor rendimiento. “Estamos tratando de mejorar la manera de trabajo de ellos; antes estaba todo desordenado, muchos insectos, estaba muy sucio, no hacían los procesos adecuados. Hay que separar la basura, hay que compactar, poner la basura por capas”, explica.

Sobre el país le gusta la campiña, los parajes que brinda y la amabilidad de la gente, con la que se lleva muy bien. “Los salvadoreños son muy amables, cuando pregunto dónde está algo siempre me enseñan y a veces hasta me llevan, la familia con la que vivo son muy amables, siempre piensan y se preocupan en mí”, señala la voluntaria japonesa.

Para señalar su comida preferida le ha costado decidir, porque toda ha sido de su agrado, pero se queda con las pupusas de queso con loroco como su preferida. “Me gusta toda la comida de acá, pero las pupusas de queso con loroco son mis preferidas, me engordé mucho por la comida de El Salvador, cuando llegue a Japón tendré que hacer dieta”, manifiesta mientras ríe a carcajadas.

De entre las frutas gusta mucho del mango maduro, que en su natal Japón alcanza un precio elevado y en Santa Rosa Guachipilín lo tiene al alcance, solo hay que cortarlo del árbol o esperar a que caigan: “En Santa Rosa Guachipilín hay muchos árboles y hasta se caen, son gratis, me encanta mucho el mango maduro”.

Después de dos años trabajando con las escuelas, comunidades y la planta de compostaje, dice que dejar en la consciencia de la población, y principalmente en los niños, sobre la importancia de cuidar el medio ambiente, es un gran logro.

Sobre el país que se dispone a dejar, asegura que después de no conocer nada ahora puede dar fe de la riqueza natural que posee, al que recomendará para que vengan a visitarlo: “Quiero regresar, siento lástima que ya me voy a Japón, todavía quiero seguir aquí”.

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