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La plaza, el papa y Rosa Chávez

Ayer llegó a Roma monseñor Gregorio Rosa Chávez, un viaje muy cansado para el sacerdote que fue directo a descansar. “Tengo que estar listo para el miércoles”, dijo.
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Sonaron las campanas del mediodía y las miradas se dirigieron al tradicional balcón donde el papa Francisco aparece cada domingo. La multitud explota en júbilo cuando sale para dirigirse a los presentes en la plaza de San Pedro. Los celulares arriba, las cámaras también. Está lejísimos el balcón, es una pequeña imagen que se hace más visible por el manto rojo que cuelga en la ventana. Parece más un acto de fe, de curiosidad o simplemente turismo el llegar hasta él lugar.

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Y su mensaje suena para todos los que han llegado hasta allí: “Ir de misiones no es hacer turismo, es ser testigo del Señor”. Las palabras en latín y luego en italiano de Francisco son claras para quien las entiende, pero contrastan con las de cientos de voces que hacen cola antes de ingresar a la plaza. Parece una torre de Babel. Mucho rumor de tantos idiomas ¿Qué se escucha? A lo mejor solo se puede entender en el lenguaje nativo de cada uno de los que caminan.La plaza está rodeada de varios edificios, el de la Congregación de los Santos, el de la fe, el Vaticano mismo y, al centro, el obelisco; las estructuras parecen simular brazos para albergar a los peregrinos y en ese cúmulo de arte hecho concreto, monseñor Gregorio Rosa Chávez será nombrado cardenal, en el consistorio del miércoles por la tarde.

Tantos acentos hacen ruido en los oídos, al menos hay que escucharlos por una media hora o más, que es lo que se tarda la fila hasta llegar a la entrada de la plaza. Ver a Francisco o recorrer el Vaticano no resulta tan fácil. El sol hace arder la piel, el calor (34° centígrados marca una valla publicitaria) hace sudar y la fila va lenta.

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Rosa Chávez llegó anoche, también de manera lenta a Roma, tras el largo viaje desde El Salvador, fiel a su estilo parco dijo: “Cansado, pero tengo que estar listo para el miércoles”, no dijo más. Como él cientos de peregrinos también han hecho miles de kilómetros y varias escalas en diferentes aeropuertos para poner un pie en el Vaticano. Llegar a la entrada es todavía más lento porque las personas quieren indagar precios para los recuerdos. Una mujer se detiene y sus dos compañeras la apresuran, “solo quiero saber el costo”. Es colombiana, pero reside en Barcelona, la acompaña una chilena y otra argentina, ellas si viven en el cono sur, a las dos les significó poco más de $3,000 el poder llegar hasta Roma, que incluye pasaje, hotel y alimentación; los recuerdos no están en el presupuesto.

Llaveros, camisetas, rosarios, velas, estampas, pinturas de todo y para todos en el tramo de la cola. Varios minutos después y ya frente a la entrada, en la plaza pareciera que se pasa la aduana. Cinturones, monedas, laptops, cámaras para una canasta que pasa por rayos X, y las personas a caminar entre detectores de metales.

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“En el evangelio de hoy, el Señor Jesús, después de haber llamado y enviado a la misión a sus discípulos, los instruye y los prepara para afrontar las pruebas y las persecuciones que deberán afrontar”, se dirige Francisco a la multitud. Los problemas en la plaza son menores, hay aglomeración pero no sofoca, calor pero muchos llevan ropa cómoda o se colocan al rededor de una fuente para refrescarse, mucho sol pero cargan cachuchas o sombrillas, los que no tomaron muchas precauciones, sobre todo con el agua para beber, si la están pasando mal.

Rosa Chávez ya visitó el Vaticano varias veces, ya sabe lo que es la plaza y su alboroto, ha caminado en sus alrededores, ahora regresa para su ascenso, para ganar altura, ese ascenso que muchos turistas hacen para llegar hasta la cúpula y ver desde lo alto la plaza de San Pedro e incluso parte de Roma. Y la dificultad para llegar hasta la cima significa caminar 500 escalones (y de remate hay que pagar 26 euros) por un pasillo angosto y sofocante, donde el aire falta, las piernas tiemblan y muchos deben tomar un descanso para continuar, mientras otros abandonan el trayecto y regresan.

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Ese ha sido el caminar del obispo auxiliar de San Salvador, cansado pero constante, lento pero seguro, ha subido cada escalón hasta llegar a una de las cimas de la Iglesia. Es como respirar en la cúpula del Vaticano después de subir la última grada y ver la inmensidad.

“Esto es Milano”, pregunta una niña a su padre al ver la plaza –toda una hazaña para la pequeña para llegar hasta allí–. “No” –responde el padre–, “esta es Roma la tierra del gran Francisco”. Son guatemaltecos, saben del consistorio y esperan estar en el nombramiento de cardenal del sacerdote salvadoreño.

El discurso del papa se ha agotado y todo mundo sabe que viene la bendición; muchos de los visitantes no se persignan, obviamente son turistas no católicos o simplemente no tuvieron a bien hacerlo. Tras un amén al unísono, otro estruendo hecho aplausos rompió en la plaza, poco a poco menguaron, entonces, otro grito sonó: “¡Que viva el papa Francisco!”, dejó el balcón y entró... el miércoles verá a Rosa Chávez.
 

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