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Las escopetas fantasmas de Los Ranchos

Marvin está aburrido este martes de julio. Intenta disimular un ataque de bostezos mientras se acomoda detrás de un escritorio a medio ordenar en el puesto policial de San Antonio Los Ranchos. La pereza –dice– se debe a la usual tranquilidad de este municipio de Chalatenango.
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Lo más grave que Marvin (nombre cambiado) ha visto en los dos años que tiene destacado como agente policial en Los Ranchos, como le dicen los lugareños al municipio, es una pelea entre vecinos por desacuerdos partidarios.

Nota relacionada: Comunidad se arma contra pandilla

El reporte de las autoridades da cuenta de cinco homicidios en Los Ranchos desde 2001 a la fecha. El caso más reciente ocurrió en 2015, cuando un hombre fue asesinado en un río limítrofe entre este municipio y la cabecera departamental. Una cifra que contrasta con el promedio de 10 homicidios diarios durante julio pasado en El Salvador.

Esa tranquilidad en el lugar también contrasta con un reporte del Ministerio de la Defensa que consigna 216 armas de fuego registradas en Los Ranchos entre enero de 2014 y abril pasado. Un total de 166 de estas son escopetas. Según el informe, en 2014 fueron registradas 45 escopetas en Los Ranchos, 70 en 2015 y 51 el año pasado.

“Acá nunca he visto una escopeta, mucho menos más de 100”, dice Marvin al enterarse del informe oficial de Defensa.

A unos pasos del puesto de la Policía Nacional Civil (PNC) está la sede de la alcaldía. Se trata de una casa con un par de cuartos donde esta mañana está reunido el concejo municipal. Al centro de la mesa está el alcalde Miguel Serrano, quien intenta armar un cubo Rubik y dar con una explicación al informe del Ministerio de la Defensa.

“Ni a guerrilleros ni a militantes les dijeron llévense las armas. Por supuesto que hay algunos que tendrán sus armas registradas; pero tampoco es que la gente ande armada porque vino de la guerrilla o algo así”, dice Serrano bajo un toldo instalado en el patio trasero de la comuna.

El alcalde ha dejado por unos minutos la sesión del concejo para charlar sobre la tranquilidad del pueblo, donde habitan unas 1,060 personas que tienen como fuente de ingresos la agricultura y la elaboración de artesanías.

Con esa población, al promediar el reporte de Defensa sobre Los Ranchos, da una relación de un arma de fuego por cada cinco habitantes. Una cifra altísima que lo ubica en la lista oficial como el municipio más armado en el país.

Sin embargo, el director de Logística del Ministerio de la Defensa, José Mario Blanco Hernández, le dijo a LA PRENSA GRÁFICA que no ve alarmante que Los Ranchos sea uno de los municipios con más armas registradas desde 2014 hasta este año, según su tasa de población. Él sugiere que para analizar la situación de ese municipio se tiene que recurrir a la comparación de habitantes con otros municipios con una población similar.

Pero al analizar Potonico, un municipio vecino de Los Ranchos, también en Chalatenango, donde habitan 1,300 personas, aparece con solo siete armas registradas en esos tres años y medio; y Cancasque, el otro municipio vecino de Los Ranchos, con 1,500 habitantes, reporta nueve armas de fuego en el informe de Defensa.

“La razón por la que no tenemos una estimación de cuántas armas ilegales circulan es porque aquí no hacemos estimaciones, es muy aventurado. Lo mismo pasa en los demás temas (como definir la tasa de registro de armas por municipio)”, explicó el director de Logística de Defensa.

Los Ranchos fue repoblado hace 29 años por los refugiados que huyeron durante el conflicto armado a Mesa Grande (Honduras); pero regresaron en 1988 cuando notaron que las conversaciones entre la exguerrilla y el Gobierno estaban avanzadas.

La mayoría de los habitantes son refugiados, pero también hay excombatientes desmovilizados del frente de batalla tras el conflicto, que llegaron al municipio porque ahí estaban sus familiares. Uno de ellos es Julio, un hombre canoso, delgado y con unos lentes oscuros que esconden un par de ojos azules. Está sentado frente a la iglesia central del municipio y dice que todos los “compas” llegaron sin armas de fuego; por lo que ahora es un lugar tranquilo para vivir. Aunque lamenta “la pobreza y el poco desarrollo de esa parte del país”.

El alcalde afirma que desde la repoblación hubo un control de las personas que llegan a vivir a Los Ranchos: “La comunidad organizada era casi como la máxima autoridad en el municipio. Cuando venimos la organización tenía más autoridad que la misma alcaldía. Si alguien quería venir a vivir acá, tenía que pasar por la aprobación de la asamblea de ciudadanos, ellos daban el aval”.

El alcalde reconoce que ya no se hace un control tan riguroso de quienes buscan asentarse en el municipio “porque según la Constitución somos libres de vivir donde queremos”. Pero considera que “un desconocido se adapta cuando un lugar es tranquilo. Sabe que si anda fuera del huacal la cosa se puede complicar”.

Sin embargo, Serrano señala que “como es normal en cualquier pueblito, habrá jóvenes aficionados a las pandillas, que consumen alcohol o marihuana; pero presencia de pandilleros que estén ‘renteando’ o controlando quién entra o quién sale, no”.

Por eso, dice, no le cabe la idea de esa gran cantidad de escopetas en este municipio enclavado entre cerros. “Está raro ese reporte porque acá no hay ninguna empresa que se dedique a seguridad. Ni la misma alcaldía tiene un cuerpo de agentes metropolitanos. No es habitual que la gente ande armada”, reitera Serrano. Julio, al igual que Serrano, dice que tampoco ha visto las escopetas. “Acá eso no creo que exista. Somos excombatientes; pero ahora lo que hacemos es darle a la cuma”, sostiene al tiempo que suelta una carcajada.

Marvin asegura que “hace un par de años” el Ministerio de Defensa le notificó a la Policía sobre las personas que tenían permiso para portar armas de fuego y que ya no los renovaron. Eso ocurrió cuando este agente estaba destacado en una subdelegación del Área Metropolitana de San Salvador.

“En esa ocasión encontramos a un señor que tenía registradas 33 armas de fuego porque era representante de una empresa de seguridad. Pero acá en Los Ranchos no sabemos de alguien que se dedique a eso o que esté registrando armas”, dice el agente policial que ya le ha confesado a su familia que espera jubilarse como policía en Los Ranchos, en Chalatenango.

Otro que espera una vida mejor en Los Ranchos es Julio. Dice que casi es la hora de almorzar y debe ir a recolectar unas hojas de mora para hacer una sopa, una especie de hierba silvestre que se acostumbra comer con verduras. Se levanta de las gradas del pequeño parque y camina sobre una pendiente desde donde resalta un rótulo que recibe a visitantes y residentes: “Bienvenidos a San Antonio Los Ranchos. No a la venta de licor. No a la venta de drogas. No a las pandillas. No a la violencia intrafamiliar. No a la deforestación. No a la portación de armas”.
     
  
  
 

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