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Las rejas de Carolina

Carolina toma una bocanada de aire y suspira diciendo que en este lugar, donde ya lleva bien contados y repasados los días que han acumulado tres años y dos meses exactos, no solo se siente encerrada entre barrotes de hierro que rodean su pequeña celda, compartida con otras 60 mujeres. También se siente encerrada entre otros tipos de rejas.
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Carolina llegó al Centro Preventivo y de Cumplimiento de Penas de Ilopango, mejor conocido como Cárcel de Mujeres, después de un proceso judicial en su contra por el delito de extorsión agravada. Desde que fue detenida y pisó por primera vez las bartolinas policiales de Apopa, a donde llegó antes de ser trasladada hacia Cárcel de Mujeres, comenzó a sentirse atrapada en más de un sentido. Por un lado, estaba encerrada entre las rejas de las bartolinas y, por otro, estaba atrapada en una depresión provocada, según dice, por el trato policial y por las cosas que dejó inconclusas al ser capturada, como no poder seguir ayudando a su hija a terminar de estudiar la carrera universitaria de medicina.

“Yo era comerciante allá afuera. Ahora me siento atrapada entre las rejas económicas, porque ya no puedo ayudar a mi hija. Tuvo que salirse de la universidad y comenzar a trabajar. Ella seguramente no sabe, pero en las bartolinas me pasó casi de todo. Los policías solamente le dejan pasar la comida a quien les caen bien y si uno les cae mal, hasta se la tiran en la cara o la tiran al suelo y la patean. Aquí, en Cárcel de Mujeres, hay casos de maltrato por parte de los custodios, pero si uno no se mete con ellos, ellos no se meten con uno. Aquí también estoy atrapada entre las rejas de la mala comida; si uno no se come los frijoles en menos de 5 minutos, se vuelven duros, por eso me gusta más solo tortilla con sal”, explica.

Luego de haber sido encontrada culpable de extorsión agravada, un juez la envió a Cárcel de Mujeres con una condena de 16 años de prisión. Una vez en la cárcel, Carolina dice que el hacinamiento la ha sofocado estos años, ya que la aglomeración de reclusas la obliga a dormir de lado, espalda con espalda con otras privadas de libertad y apiladas en catres diseñados para una persona.

Esa situación no es ajena para Rodil Hernández, director general de los Centros Penales, quien confirmó a este periódico que el penal fue construido inicialmente por monjas que custodiaban a 400 adolescentes en conflicto con la ley, pero actualmente hay 2,300 mujeres cumpliendo sus condenas. “Este es el penal más hacinado que tenemos con un 600 % de sobrepoblación. Esto va a cambiar cuando habilitemos 1,000 espacios en Izalco solo para mujeres”, dijo.

Carolina vuelve a tomar otra bocanada de aire, baja la mirada hacia sus piernas, en donde tiene el octavo diploma que esta mañana del 26 de enero recibió por haber participado en diferentes programas de la Procuraduría General de la República (PGR) y del programa penitenciario Yo Cambio. Resopla y dice que tener solamente ocho diplomas representa otra de sus rejas. “Tengo pocos de estos diplomas, este es el octavo. Hay compañeras que en el mismo período han conseguido hasta 29 diplomas. Aquí es necesario tener diplomas, porque si quiero salir pronto, tengo que conseguir más”.

Carolina considera que tener solamente ocho diplomas es una de sus rejas, pero no porque así lo haya querido, sino porque algunos empleados de Centros Penales le han impedido inscribirse en más.

“Ya he estado en cursos y llega gente de acá, del centro penal, a decirme que me salga, que solo llevo tres años y que le dé oportunidad a otras mujeres. Eso le duele a uno, porque es como que te impidan tu deseo de salir de aquí y ser una mejor persona allá afuera. Yo no quiero regresar aquí a encerrarme entre distintas rejas”, dice.

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