Los cinco años de Roberto

Roberto Cruz, de 85 años, desde 2009 perdió la noción del tiempo, pues sus días son iguales: ver pasar personas con un caminado apresurado y escuchar el sonido de los vehículos que transitan a los costados de la Plaza Libertad, en el centro de San Salvador.
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A pesar de perder las cuentas sobre los días de la semana, el anciano lleva la cuenta que desde hace cinco años duerme en el Portal La Dalia, ubicado frente a la plaza capitalina donde está el monumento a los próceres centroamericanos. Roberto relata que se enteró de que el calendario marcaba diciembre, porque en ese mes varias personas se acercan a la zona para regalarles comida.La última noche de 2014, la rutina de la zona donde se concentran personas que no tienen una vivienda, un trabajo, un familiar que los apoye o tienen una adicción a las drogas fue interrumpida por altruistas que les llevaron alimentos.En esa fría noche, la ración de arroz, una pieza de pollo, dos tortillas y un café marcaron la diferencia de los inquilinos de ese sector quienes se arropan con cartones y periódicos. “Bien sabroso, gracias, Señor. Le pido al Señor siga así con nosotros”, dijo.Las enfermedades han comenzado a complicar la comodidad del anciano y han provocado que la mayoría de tiempo pase recostado sobre una pared amarilla de un local comercial del portal. El intenso dolor de la columna vertebral le impide caminar con precisión y las várices le han hecho llagas en la pierna derecha.Cuando era joven, Roberto Cruz trabajó como maestro de obra en albañilería y como carpintero, pero siempre lo hizo informalmente, por eso nunca ha recibido una pensión que le permita obtener una cantidad de dinero mensual para su alimentación.Por la falta de cotización durante su edad productiva, el señor tampoco puede pasar consulta en el Instituto Salvadoreño del Seguro Social (ISSS), entidad de salud que tiene asignado dar asistencia médica a los pensionados. El anciano interpreta la falta de beneficios como un robo por parte de sus exjefes. “Los ingenieros todos me robaron el sueldo porque no me han dado pensión”, dijo. A pesar de las enfermedades, la necesidad de alimentarse lleva a Roberto a caminar lentamente a diario por varios kilómetros desde la Plaza Libertad hasta el comedor Mamá Margarita, ubicado en el barrio de San Miguelito. Ese comedor proporciona alimentación diariamente a más de 100 ancianos; los gastos son cubiertos por los feligreses de la parroquia María Auxiliadora, conocida como Don Rúa, y con donaciones de varias empresas.La última vivienda que tuvo Roberto está ubicada en el populoso municipio de Soyapango. Esa casa es propiedad sus hijos a los que solo identifica como Carlos y Marina, quienes según los datos del anciano residen en Estados Unidos, pero se “desentendieron” de él.Roberto tiene un tercer hijo que tampoco le ayuda económicamente. “Cinco años de estar aquí porque como todos los hijos están allá y no tengo decisión para ellos”, concluyó. Al sentirse abandonado y amenazado por sus vecinos, el anciano emigró a la calle donde desde entonces se reinventa a diario para matar el hambre.

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