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Los habitantes de Ciudad Arce, (mal) acostumbrados a la violencia

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Normal.  Una niña juega con una bicicleta frente a una de las casas de la lotificación La Campiña, Ciudad Arce, donde ayer masacraron a dos mujeres.

Normal. Una niña juega con una bicicleta frente a una de las casas de la lotificación La Campiña, Ciudad Arce, donde ayer masacraron a dos mujeres.

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Una mujer barre el patio delantero de la casa y concentra la basura en una esquina. Arrastra plástico, latas, hojas secas, zacate y hasta un vestido reciclado que una adolescente de la familia confeccionó hace algún tiempo con celofán y papel periódico. Son las 9 de la mañana y la limpieza es parte de los preparativos para la vela de Adriana, la dueña de la casa, quien fue asesinada unas siete horas antes, a la 1:30 de la madrugada de este jueves 5 de julio de 2018.

La única mancha que sobresale en el pequeño patio de tierra es la cal que cubre la sangre de Adriana de Jesús Garay, de 42 años. Dos cuadras más allá, otra familia hace lo propio para arreglar la entrada de otra casa en la lotificación La Campiña, del cantón San Antonio Los Indios, de Ciudad Arce (La Libertad). Ahí también hay otra mancha de cal sobre el piso. La víctima: María Silveria Díaz Guevara, de 65 años, madre de Adriana.Tras la limpieza, la familia de Adriana coloca sillas plásticas en lo que hace las veces de sala en esta pequeña casa rodeada de arbustos y zacate. Vista desde el cielo, la vivienda está a las orillas de la lotificación que colinda con parcelas que parecen un tapiz de cuadros cafés y verdes. Son los sembradíos de maíz, frijol, verduras y legumbres de cooperativas y terratenientes. Sin embargo, en La Campiña solo unas cuantas casas: fabricadas con lámina, madera y plástico, tienen matas de maíz que los residentes siembran en los patios como agricultura de subsistencia.

“Acá no hay trabajo, nos toca salir a rebuscarnos en lo que caiga hasta la capital”, dice uno de los hombres que esta mañana se pregunta por qué un comando armado vestido con ropas similares a las que usan los policías y los militares masacró a las mujeres, a sus vecinas.

Mientras repara en la pobreza del lugar, aparece en el fondo de la calle un grupo de alumnos vestidos de blanco y beige. Son los compañeros de bachillerato de una de las hijas de Adriana que llegan para dar el pésame. Al entrar a la casa, una veintena de jóvenes rodea a la doliente y rezan un Padre Nuestro. La adolescente solloza mientras se seca las lágrimas.

Las dos mujeres fueron asesinadas por hombres que llegaron a bordo de dos vehículos, según relatan los testigos. Primero entraron a la casa de Adriana, la sacaron al patio y le dispararon en la espalda. Minutos más tarde, llegaron a donde dormía María, tumbaron un pequeño cerrojo de madera que detenía la puerta, la tomaron del cabello y también la lanzaron al patio para dispararle en la cabeza.

Testigos dicen que todo ocurrió rápido y que, tras los disparos, escucharon el ruido de los motores de los carros en su huida. Uno de los investigadores que procesaron la escena confirmó que los atacantes utilizaron fusiles M-16 y pistolas calibre 9 milímetros para cometer el doble crimen. Sin embargo, aún desconoce la razón.

Crimen. Casa de la lotificación La Campiña, en Ciudad Arce, La Libertad, donde ayer por la madrugada mataron a Adriana. A pocos metros de ahí, también mataron a su madre, María.

Bajo un amate hay dos mujeres que murmuran sobre el ataque. Una de ellas cuenta, en voz baja, que las víctimas eran muy activas en la comunidad y que trabajaban con la directiva.

Esa es una de las hipótesis que otro vecino valora como una posible causa del doble asesinato: “Quizá los muchachos creyeron que ellas estaban trabajando con la Policía Comunitaria, pero eso es falso. Los agentes vienen a patrullar y hablan con la gente; pero acá no nos metemos en problemas. Solo nos queda tiempo para pensar en cómo le hacemos para conseguir los frijolitos”.

Uno de los familiares de María también tiene las mismas preguntas. Dice, parado en el cerco y a pocos pasos de donde mataron a la mujer, que hace un año también fueron asesinados un sobrino y un hijo de la víctima: “Ahora ya no importa la edad que uno tenga, ya no solo los jóvenes corren peligro; por eso hay que trabajar con los niños”, reflexiona mientras ve a un grupo de menores que juega con canicas bajo la sombra de un árbol de mango.

Otro niño hace malabares con lo que quedó de una llanta de bicicleta. “Es por ellos que debemos trabajar, porque los más grandes parece que ya no tenemos arreglo”, dice el hombre mientras abanica su pecho con una vieja camisa para mitigar el intenso calor.

Infografía LPG

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