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Los olvidados de Panchimalco: Don Maximiliano deseó morir

Un equipo de no menos de 10 soldados y policías se prepararon para un nuevo enfrentamiento. “Teníamos información que en esta zona bajaban varios bichos armados”, comenta uno de los agentes mientras apunta al valle de Panchimalco desde una pequeña loma. Según relata, nunca se imaginaron que lo que encontrarían iba a cambiar la manera de verse ellos mismos.
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Cinco militares realizaron hace un par de días un patrullaje con la intención de toparse con un grupo armado que supuestamente maneja las comunidades de Panchimalco. En los márgenes de caseríos completamente abandonados, al fondo de una empinada vereda que colinda con una pedrera, lograron ver lo que parecía un campamento de pandilleros. Una construcción maltrecha, rodeada de bolsas y palos desordenados, con uno que otro trapo tirado en el suelo y un par de animales encerrados. Como mandan los cánones de batalla, vigentes hoy en día, rodearon el ranchito y lanzaron el comando de voz: “Somos el ejército, salgan”. Inmediatamente un par de piedras tiradas al azar salieron de la casa. Lentamente los comandos armados se fueron acercando al lugar. Al ver la puerta, un anciano intentaba asestar un golpe de muerte a unas ardillas que merodeaban los árboles circundantes.

La existencia de Don Maximiliano trascendió hace dos días, cuando a través de las redes sociales se publicó que un grupo de policías y soldados que patrullan las zonas rurales de Panchimalco y Rosario de Mora decidieron regalarle parte de su ración de comida de la conocida como ración seca, es decir, aquellos alimentos que no son perecederos de forma inmediata. El tuit no fue publicado en una cuenta institucional, si no en una cuenta particular. En las fotografías se ve a un agente cargando latas y a un anciano en un solar.

Don Maximiliano dijo que un papel le acredita 88 años de vida. Sin embargo, aseguró que alguien le tendría que revisar su “carnet de vialidad” para validar lo dicho. Según cuenta, tiene más de 50 años de vivir en el mismo lugar con su esposa, María Luisa Pascual, de 72 años de vida. A don Maximiliano, como a su compañera de vida, da la impresión que el tiempo solo le ha causado arrugas en la piel, con un poco de ceguera y sordera típica de la edad. Él no conoce la historia que todos conocen, y por eso tiene mucho que contar.

Así como no se percató de que los militares estuvieron a punto de dispararle, Don Maximiliano no se ha percatado de que la mayoría de comunidades aledañas han abandonado los caseríos por temor a las pandillas. Ni que las balaceras que ahora escucha son producto de una guerra social en las comunidades. Es más, mientras hablaba siempre pensó que estaba rodeado únicamente de militares y policías. Su única preocupación durante toda la vida ha sido qué habrá de comer él y su compañera de vida cuando el hambre les vuelva a apretar. Según él, ahora ya no le permite mucho a su esposa que baje al mercado porque pierde el equilibrio. Además, no puede arreglar su casa porque ya no mira.

“Esto quizás nunca se va a quitar verdad señor agente. Desde el 86 quizás que empezó todo”, dijo mientras se tomaba con una mano de la bolsa que tapa un enorme agujero en la entrada de su casa.

Don Maximiliano, en una plática de 45 minutos, compartió los tres dolores más grandes que ha sentido en la vida: el primero, cuando el Ejército llegó a reclutar a la fuerza a uno de sus hijos durante el conflicto armado en los ochenta. En ese momento, según cuenta, se dio cuenta que había guerra y que por lo tanto debía estar atento de algo más que del trabajo agrícola por el que su patrón le pagaba un sueldo de hambre.

“Mire si esa vez durante 20 días no comí nadita. Nada. Es que no, eso que se fueran a llevarlo vivo y lo trajeran muerto, no, no sabe como duele”, dijo el anciano con los ojos perdidos.

Don Maximiliano se enteró que la guerra había terminado porque su hijo volvió del cuartel de El Paraíso.

El segundo dolor de Maximiliano, como lo llama, lo vivió por su hijo menor, Carlos, quien trabajó en las propiedades del exfiscal general Belisario Artiga. Maximiliano recordó que un martes soñó que la Policía llegaba a “levantar” a su hijo. A los dos días se cumplió su profecía.

“Lo que pasó fue que él trabajó cuidando animales y limpiando afuera de la casa del señor Artiga. Adentro trabajaba una mujer, usted sabe que a veces el varón es proporcionado del lugar de la hembra. Ya cuando está en el hecho dicen que es a la fuerza. Ellos estaban trabajando juntos, ella aseaba adentro y él afuera, dicen que lo denunció porque la trató a la fuerza”, afirmó el anciano.

Don Maximiliano y su esposa recuerdan que a Carlos se lo llevaron “en tiempos del presidente Funes”, y que desde ese entonces no lo han vuelto a ver. Ni siquiera saben en que centro penal está. O si alguna vez llegó a uno.

Pero solo hay un dolor, que según don Maximiliano, ha superado a todos los sentimientos que ha vivido. Este lo sufrió por culpa de sus vecinos.

Recuerda que un mediodía, pocos años atrás, había gente trabajando afuera en cultivos a la par de su rancho. Cuatro hombres armados irrumpieron repentinamente el trabajo de todos y los juntaron en el centro del lugar. Con el tiempo don Maximiliano se percató que a esos jóvenes con navarone les llamaban pandilleros.

“Venían diciendo que nosotros teníamos guardada ahí una caja de armas”, dice don Maximiliano, con una risa corta.

El anciano volvió a vivir en la plática el detalle con el que cada uno de los cuatro jóvenes destruían los bienes más queridos de su familia.

“Todo un chirajero dejaron ahí. Mis pantalones viejos por un lado, todo tirado... yo les decía, porque no entendía, que no sean así, muchachos nunca anden amenazando, recuérdense que hay un Dios que los está viendo” prosiguió el octogenario, mientras los ojos se le encendían con algunas lágrimas.

Según Maximiliano, aquellos fueron momentos de locura, tiempos agrios, no recuerda haber estado tan aturdido jamás en su vida, ¿Por qué cuatro jóvenes de la zona, en las mismas condiciones de ellos, le estaban haciendo esto?

El anciano recuerda como las preguntas le rebotaban en la cabeza. “Uno se pone bien feo en ese momento señor agente. Mire jefe, si siente que lo jalan de las orejas y lo vuelven a bajar a uno, feo, feo”, afirmó el anciano.

“Mi hijo que estaba acá era económico. No le gustaba andar en tomas de nada, cargaba sus cuatro centavitos que le daba la señora donde trabajaba. Ese día se lo quitaron todo enfrente mío, bien veía yo el poquito, y le metieron dos patadas para tirarlo. A un nietecito, lo agarraron de la manga de su camisita y lo retorcieron todo... Duele el corazón en esos momentos, no sabe usted cómo”, siguió el anciano.

Don Maximiliano llegó así al que parecía el momento más difícil de su recuerdo. Ese instante en que por vez primera en su vida quiso darse por vencido.

Según él, un joven “gordote” con dos pistolas les apuntaba mientras él intentaba cubrir de cualquier disparo a uno de sus hijos, sentados en la tierra. En ese momento, luego de haberse tragado una hora de abusos, don Maximiliano asegura que conoció una parte de sí de la que nunca se había dado cuenta que estaba ahí, en ese instante deseó la muerte.

“A pues un gordote, ahí estaba sentado con mi muchacho, y se para, y dice, miren con un tiro de estos ahí quedan. Ya con fin de que quería morir yo, ‘dele pues hombre’, le dije, ‘no amenace, jálele y ya, nos mata acá, y haga de caso como que un perro ha matado, se van al carajo y ya’”, gritó el agricultor bajo la sorpresa de todos.

Según recuerda Maximiliano, después de eso los jóvenes se fueron. Recordó que ese día nadie de su familia comió, nadie se preocupó por eso como era costumbre. Un nuevo tipo de angustia, que nunca habían reconocido en su hogar, había llegado.

Don Maximiliano afirmó que desde aquel momento “la cosa no podía empeorar”. Versión que confirmaron los agentes de la zona, quienes recordaron que desde que las Fuerzas Especiales ingresaron al territorio y mataron a seis pandilleros, la violencia ha bajado.

“Sí porque ahora, la última balacera la oímos ya hace bastante, como dos semanas”, aseguró la esposa de Maximiliano.

Por el momento, los dos ancianos dicen que no saben las razones por las que no reciben ayuda de sus hijos, pero viven porque los soldados decidieron regalarles su ración mínima. Hay una certeza a la que se amparan, que por ahora los hace feliz, mientras estén los militares en la zona no volverán a pasar hambre.

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