Los salvadoreños tenemos que posesionarnos de nuestro destino nacional para servirle como se debe

Por muy diversos motivos encadenados a lo largo del tiempo, los salvadoreños hemos venido teniendo una vinculación anímica muy cambiante y aun impredecible con la nación a la que pertenecemos. Eso que comúnmente se llama amor patrio es un sentimiento que casi nunca es identificable en nuestro ambiente, en épocas anteriores porque había una generalizada invisibilización de la gran mayoría del conglomerado nacional y más recientemente porque el surgimiento del reclamo ciudadano como palanca de progreso está marcado mucho más por la insatisfacción que por la autocomplacencia.
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Hablamos de preguerra, de aparición de la guerra en el terreno, de guerra en progreso, de desenlace de la guerra y de posguerra; y todos esos momentos fueron marcando, en la contemporaneidad, los sentimientos y reacciones de la población frente al fenómeno, en clave de pertenencia. En la preguerra, la población estaba a la expectativa; al surgir la guerra, la expectativa pasó a sorpresa; en el curso de la guerra, volvió la expectativa; al desenlazarse la guerra, la expectativa derivó en sorpresa; y en la posguerra hay de nuevo expectativa. El salvadoreño, pues, es espectador y partícipe de su propio proceso, cada vez más esto que aquello.

Desde siempre, El Salvador ha sido país de emigración, y eso también influye decisivamente en el tipo de enlace emocional que al respecto vive su gente. Aunque pudiera creerse que tal condición provoca el distanciamiento irremediable, lo que la caudalosa corriente migratoria que viene produciéndose en las últimas décadas ha traído es lo contrario: un lazo vinculatorio con el país mucho más fuerte por parte de los migrantes que el que pueda darse por parte de los que permanecemos aquí. Y este es un estímulo sin precedentes que habría que recoger como insumo patriótico para motivar una nueva experiencia de vida nacional.

Por otra parte, las pruebas traumáticas que se suceden en el ambiente, por efecto de la impetuosa inseguridad y del escaso incentivo para la real mejoría de las condiciones de vida, a la vez que desalientan en el afán de seguir adelante impulsan a sacar fuerzas de flaqueza. Vivimos, pues, en un puente colgante entre la falta de confianza en el país y el anhelo nunca desarraigado de seguir adelante. Así las cosas, lo que más urge es reconocer en serio y sin evasivas que hay un destino nacional por cumplir, con todos los compromisos que eso trae naturalmente consigo. Es la tarea de siempre elevada hoy al cubo por las circunstancias que nos rodean.

Y cuando hablamos de que los salvadoreños tenemos que posesionarnos de nuestro destino nacional estamos enfatizando un propósito que es natural por sí mismo y que no puede desatenderse so pena de entrar en una especie de laberinto sin salidas identificables. El no haberlo reconocido y activado hasta hoy indica que ha habido en el ambiente una profunda distorsión haciendo de las suyas. Esa distorsión nos condujo a la guerra, luego de un proceso desintegrador progresivo, y nos mantiene aún en vilo histórico, pese a los reajustes inducidos por la democratización en marcha, que afortunadamente no parece reversible.

El destino nacional no es una entidad abstracta, sino todo lo contrario: un ejercicio que se desarrolla muy concretamente en el día a día de cada uno de los individuos que formamos parte de la colectividad y de la colectividad como tal. Cada palabra, cada gesto, cada acción, cada omisión que se dan en el curso de esa dinámica continua e inagotable son pequeñas piezas que van configurando el todo histórico en sus diversas etapas. Es ese todo el que no debemos perder de vista ni un solo instante para contribuir, cada quien con lo suyo, al logro sucesivo de la realización nacional en todos sus aspectos y matices.

Tendría que haber una campaña motivadora e ilustradora al respecto, porque un cometido como el planteado no puede ser puesto en práctica con impulsos ocasionales o con ocurrencias de momento. Se trata de hacer del país la tarea suprema de todos y de cada uno de nosotros. Sólo en esa forma habrá de veras horizonte por alcanzar.

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  • salvadoreños
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