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Mari, la carpintera salvadoreña que heredó el oficio de su anciana madre

Antes de dedicarse a la carpintería, Mari trabajaba en la maquila, pero hace 10 años, ya superados los 40, decidió entrar un mundo de sobra conocido para ella y en el que se desenvuelve como pez en el agua.

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La carpintera salvadoreña que decidió dejar atrás los prejuicios del oficio - 00:01:35

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María Esther Elías, o Mari, como le llaman sus allegados, vivió entre madera desde pequeña, cuando su madre, "el pilar de la casa", hacía mesas para vender en el mercado y sacar adelante a una familia en la que la matriarca asumió también el papel de padre, explicó la carpintera en una entrevista con Acan-Efe.

En la familia de Mari, quien tiene en la actualidad 54 años, la carpintería se convirtió en el modo de supervivencia de varios miembros del clan Elías, pero el pistoletazo de salida lo dio doña María Dominga, madre de la entrevistada, ya septuagenaria y precursora en un oficio que "era tabú entre las mujeres".

Mari vivió entre madera desde pequeña, cuando su madre, "el pilar de la casa", hacía mesas para vender en el mercado y sacar adelante a una familia en la que la matriarca asumió también el papel de padre, explicó la carpintera. EFE/Rodrigo Sura

"Antes era un tabú que la mujer trabajase en carpintería, albañilería o como electricista en El Salvador, pero hoy todo eso ya pasó, ya quedó atrás. Tal vez como mujeres no podemos tener fuerza física, pero sí las ganas de salir adelante y el deseo de trabajar", manifestó Mari firme y segura de sí misma.

Ese tabú y todos los prejuicios fueron derribados por la familia Elías, ya que no solo doña Dominga y Mari se agarraron al escoplo y al cepillo o la sierra, sino que también Blanca, la hermana menor -38 años- desempeña la misma labor que convirtió en su medio de vida y que desarrolla en su taller ubicado en la capital salvadoreña.

Foto EFE/Rodrigo Sura

Aunque en opinión de Mari quedaron atrás los tiempos en los que "estaba mal visto que una mujer se dedicara a estos trabajos", la realidad generalizada en el país es distinta y el patriarcado imperante sigue poniendo la bota sobre aquellas que optan por un oficio considerado, sin más argumento que el puro machismo, de hombres.

Pero ni ella ni el resto de su familia tienen complejos ante este tipo de prejuicios y siguen adelante con su profesión sin pensar que alguien, hombre o mujer, las pueda criticar usando como argumento la dedicación a "un trabajo digno".

Antes de dedicarse a la carpintería, Mari trabajaba en la maquila, pero hace 10 años, ya superados los 40, decidió entrar un mundo de sobra conocido para ella y en el que se desenvuelve como pez en el agua.

Foto EFE/Rodrigo Sura

En el año 2009 llegó para quedarse y, sin pensárselo, montó su propio negocio de manera independiente, en lugar de asociarse con algún familiar.

"Lo que más me gusta es que soy mi propia jefa y a través de esto puedo ayudar a otros y darles trabajo", manifestó orgullosa Mari, quien explicó que uno de sus empleados es su sobrino Manuel Ramírez, de 24 años de edad.

Manuel aprendió el oficio de su tía, con la que trabaja "permanentemente" y por la que siente una admiración especial que manifiesta sin titubeo: "es bonito trabajar con ella, porque me apoya mucho".

Y así, entre piezas de madera, transcurren los días de esta carpintera que se quedó viuda hace varios años con un hijo pequeño, hoy convertido en un "adolescente que se dedica a estudiar", al que ha tenido que sacar adelante ella sola.

Mientras sigue trabajando, Mari explica que, después de empezar con piezas sencillas, actualmente hace objetos de todo tipo, algunos muy "laboriosos", como "casitas para mascotas, mesas, barras para bares o juegos de mesa para cafetines", entre otros.

Además, "se hacen trabajos por encargo con el diseño que trae el cliente, después de hacer un presupuesto", que de ser aceptado, se comienza con la fabricación de la pieza.

Los precios dependen siempre "del encargo del cliente", pero los más comunes oscilan entre los 15 y los 75 dólares, según tamaño, elaboración y el tipo de madera elegida.

Al escuchar a Mari, cualquiera podría pensar que ser mujer en El Salvador es más fácil que en otros países de la región latinoamericana, pero nada más lejos de la realidad.

El país es considerado por Amnistía Internacional (AI) uno de los más peligrosos del mundo para las mujeres, ya que solo en 2016 y 2017 registró tasas de feminicidios de 16 y 12 por cada 100.000 habitantes, respectivamente, por encima de lo considerado a nivel internacional como una epidemia.

Los niveles de violencia sexual que sufren las féminas, principalmente las niñas, también son alarmantes para las organizaciones de la sociedad civil.

Según la última actualización de datos de la Policía Nacional Civil (PNC) sobre violencia sexual, solo entre enero y septiembre de 2018 fueron violadas 1.128 niñas y adolescentes, 71 más que en ese período de 2017.

Una encuesta estatal dada a conocer en mayo pasado destaca que más del 67 por ciento de las mujeres de este país han sido víctimas de la violencia machista en algún momento de su vida.

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