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“Me preguntan si el brazalete pesa, aprieta o suena”

María se enteró de que iba a salir de prisión con un brazalete en el tobillo un día antes de recuperar su libertad. Una jueza de Vigilancia Penitenciaria se lo dijo aquel jueves 7 de diciembre de 2017 en una audiencia especial, a la que llegó con la idea de que se trataba de una gestión de su abogado defensor.
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- 00:03:22La Prensa Gráfica

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“La jueza me dijo que de unas 50 personas que habían seleccionado como candidatos a utilizar el brazalete, solo había una que cumplía con todos los requisitos en comportamiento y sometimiento: era yo”, recuerda María este lunes mientras se acomoda, arriba de su cama, el dispositivo electrónico en el tobillo izquierdo. Vive en un pequeño cuarto de la casa de una de sus hijas en Ciudad Delgado, departamento de San Salvador.El siguiente día de esa audiencia, María fue trasladada desde la granja penitenciaria de Izalco, donde guardaba prisión, hasta un hotel capitalino. Allí, la sentaron en una silla y le colocaron el brazalete. La presentaron ante los medios de comunicación como la primera salvadoreña a quien le colocaban el aparato electrónico, el proyecto insignia del Gobierno con el cual pretende descongestionar las cárceles.

María, de 45 años, fue condenada en septiembre de 2012 a cumplir una pena de ocho años y medio de prisión por el delito de trata de personas agravada. Desde ese 8 de diciembre de 2017 goza de libertad condicional con el uso del brazalete.

“Los jueces le deben dar la oportunidad a otros privados de libertad, hombres y mujeres, de salir de prisión con esos aparatos”.

Recuerda que tras salir de ese hotel tenía muchas dudas sobre el funcionamiento del aparato que le resaltaba como un bulto extraño en el pie izquierdo, arriba de una de las correas del par de tacones negros que decidió lucir ese día. “Yo no quería porque hablaban mucho de que esta tobillera daba cáncer, que afectaba el corazón. Soy hipertensa y diabética, eso me generó miedo. Dije que me podían cortar el pie o mi corazón se me iba a paralizar”, recuerda sentada a un costado de este cuarto que mide unos 4 metros cuadrados y que está equipado con la cama, una pequeña refrigeradora, una pantalla de televisión, un desvencijado juego de sala y una mesita de madera.

María vive en esta casa desde unos tres meses. Se mudó acá porque a donde llegó la primera vez con el brazalete, también en Ciudad Delgado, recibía muchas críticas de los vecinos.

Recuerda que los vecinos querían verla con el aparato cuando ella salía a comprar a la tienda.

—Me preguntan si el brazalete pesa, si aprieta, si se calienta, si suena...

“No dejo que la gente me lo vea, pues que tengan la curiosidad; pero hasta ahí. Hay quienes me reconocen y me preguntan si he salido con la tobillera. Yo les digo que sí, y entonces me preguntan que cómo me siento”, dice María con leve gesto de incomodidad en el rostro.

María confiesa que solo tiene una queja contra el brazalete que porta desde hace casi seis meses: “Esto funciona a la perfección. Me puedo mover, puedo ir al centro, a un cine, a un supermercado; no tira una alarma ni nada de eso. Lo único que no puedo es usar unos mis zapatos que tengo o unas mis falditas”, dice y luego suelta una carcajada.

Los dispositivos

Centros Penales compró en diciembre pasado 2,800 brazaletes a $4.2 millones con la intención de colocar 280 cada mes a partir de enero. Sin embargo, solo ha instalado el 5 % de esos equipos. Las autoridades justifican el lento avance con las pocas aprobaciones de los jueces.

Los aparatos que Centros Penales adquirió son de dos tipos: los de inclusión, con los que el portador solo puede moverse dentro de un perímetro determinado, por lo general la configuración es domiciliar.

El segundo es de exclusión, el que tiene María, que permite moverse libremente por el país, excepto por ciertas zonas delimitadas. A ella le han prohibido acercarse a las fronteras y los aeropuertos. En resumen, abandonar El Salvador.

  “No dejo que la gente me lo vea, pues que tengan la curiosidad; pero hasta ahí. Hay quienes  me preguntan que cómo me siento con la tobillera”.
María,  beneficiaria del brazalete para reos

María dice que hace dos meses le cambiaron el aparato porque fallaba cuando recargaba la batería. “Había veces que pasaba hasta cuatro, cinco y seis horas para cargarlo. Una vez pasé nueve horas cargándolo”, recuerda.

Ella dice que lo carga por la mañana y por la noche, antes de acostarse. Sabe que en caso de violar la restricción, el aparato no va a sonar como cualquiera pudiera creer. El centro de vigilancia le llamaría para averiguar lo que ha pasado y si no hay respuesta enviarían a una patrulla policial.

María está convencida de que se trata de un sistema “que funciona a la perfección”, por lo que dice que los jueces “le deben dar la oportunidad a otros privados de libertad, hombres y mujeres, de salir de prisión con esos aparatos”. Agrega que ese brazalete le permitió estar con sus cuatro hijas y sus cuatro nietos en diciembre.

“Así pude retomar mi papel de madre y de mujer”, remata.

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