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El Salvador  / social Gregorio Rosa Chávez Cardenal y obispo auxiliar de San Salvador

No basta con cambiarle la cara a la capital”

El cardenal dice que para una visita del papa no basta con remozar. Le reclamaron por decir que el país está putrefacto y solo subrayó que falta un cambio real.
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Gregorio Rosa Chávez dice que no es un modelo para nadie, pero sí admite que con el nombramiento de cardenal por el papa Francisco hace un año han cambiado algunas cosas en su relación con la curia y los laicos. Prefiere omitir su opinión sobre el porqué no fue nombrado arzobispo. Cree que el país necesita una verdadera conversión y es crucial tocar el corazón de quienes toman las decisiones.

¿Desde el 28 de junio del año pasado cómo ha cambiado su vida personal y pastoral?

Externamente muy poco: Vivo siempre en la parroquia San Francisco, celebro la misa cada mañana, sigo visitando cada día el Complejo Educativo San Francisco, sigo recorriendo a pie las calles del centro de la ciudad, pero a otro nivel hay cosas nuevas: más invitaciones, el modo de dirigirse a mi persona, más viajes al exterior y lo más novedoso la cercanía física al papa Francisco, quien me ha llamado para ser uno de sus inmediatos colaboradores.

Su nombramiento llegó en un momento tenso para el país: en campaña electoral, la pugna de la ley del agua, la violencia que no termina, los escándalos por corrupción. ¿Cómo queda usted y su nombramiento en esta perspectiva?

En esta perspectiva permanezco atento como antes, pero ahora debo ser más cuidadoso con mis declaraciones y talvez tengo mayor posibilidad de impulsar decisiones útiles al país.

Ha cobrado celebridad. Ahora todos quieren hablar con el cardenal.

Ciertamente, el panorama se ha ampliado más allá de las fronteras de la Arquidiócesis de San Salvador y las demandas para que intervenga en ciertas situaciones personales o sociales han aumentado.

¿Cómo se ve usted políticamente? Ahora expresan: ¡Lo dijo el cardenal! ¿Se considera una voz con autoridad?

La autoridad no viene junto con los ornamentos cardenalicios. Está relacionada con la credibilidad. Siempre he intentado ser coherente, pero estoy muy lejos de ser un modelo. El modelo es Jesús, en quien coincidían –como lo dijo san Juan Pablo II– “el mensaje y el mensajero”.

Dijo que al papa Francisco le entusiasma la idea en visitar El Salvador, pero que el país está putrefacto. No le parece que es precisamente en este momento que se necesita un mensaje al estilo propio de Francisco.

Varias personas me han reclamado por estas palabras tan duras y tienen razón. Mi intención era subrayar que si queremos que el Santo Padre nos visite, debemos hacer un esfuerzo serio de transformación moral. No basta con cambiarle la cara a la capital. Se dijo humorísticamente que Juan Pablo II ha sido el mejor alcalde de nuestra ciudad porque en pocos días la transformó con su visita. Recuerdo qué hermoso se veía el bulevar del Ejército cuando lo recorrió en el papamóvil el 6 de marzo de 1983.

¿Francisco o Juan Pablo II? ¿A quién prefiere?

Muy fácil: Francisco y san Juan Pablo II. Los dos son maravillosos vicarios de Jesucristo y guías espirituales de la humanidad.

Su mensaje está en consonancia con ellos. ¿Cómo asimila el mensaje del cardenal la iglesia?

Esa pregunta no es para mí sino para los miembros de la Iglesia. Me siento bien ante distintos auditorios. Procuro que mi mensaje esté en plena sintonía con el Evangelio y con el magisterio del papa Francisco.

¿Usted también cree en santos en jeans, como dice el papa. Caminar en la periferia? Ya caminaron con la ley de minería y hoy lo hacen con la del agua. Queda la violencia, las pandillas, la corrupción entre muchas cosas por las que también se debe marchar.

El símbolo más humano de una Iglesia en marcha fue la peregrinación que hicimos el año pasado a “la cuna del profeta” Romero. El país entero parecía pintado color de esperanza. Pero hace falta que ese caminar nos lleve a dinamismos transformadores de la realidad. Un punto crucial es tocar el corazón de quienes toman las decisiones que nos afectan a todos, es decir, los dirigentes en los distintos campos de la vida nacional.

¿Qué tanta pasividad ve usted en la Iglesia católica salvadoreña con relación a la doctrina social, al compromiso con el pobre?

Pareciera que la palabra Iglesia aquí significa dirigentes religiosos, pero cuando comprendamos que la Iglesia somos todos, el rostro del país va a cambiar. Una gran dificultad es que a muchos fieles les cuesta hacer tiempo para formarse en temas tan esenciales como la doctrina social de la Iglesia. Somos como un cuerpo grande con cabeza chiquita.

La Iglesia tiene un antes y un después de Romero. En el después quedan todavía remanentes de los que resisten su doctrina y de los que lo usan como estandarte político.

Puedo decir con verdad que estoy en sintonía con Monseñor Romero desde antes que él fuera nombrado arzobispo. También he tenido la dicha de hablar sobre su persona y su mensaje en muchos países. Romero no puede ser más que Jesús y Jesús ha dicho: “Si a mí me han perseguido también a ustedes los perseguirán”. No cabe duda de que Romero es un santo incómodo, como Jesús. La conversión es un proceso que nunca termina.

Obviamente Romero fue, es y será un personaje político.

Está creciendo la convicción de que Romero es un mártir del Concilio Vaticano Segundo. Es decir, que lo mataron porque aplicó la doctrina conciliar. De hecho, en su homilía del hospitalito leyó íntegramente el número 39 de la Constitución sobre la Iglesia en el mundo actual, que habla de un cielo nuevo y una tierra nueva. En su comentario recalca que debemos asumir los riesgos que la historia nos demanda y que esto implica un compromiso por el cambio social. Sobre esta faceta del futuro santo es muy iluminador un libro reciente del doctor Álvaro Artiga, politólogo de la UCA. Allí se explica, científicamente con qué país soñaba Monseñor.

¿De verdad cree que el nombramiento de cardenal era para él?

Cuando se conoció la sorpresiva noticia, la mayoría de la gente pensó en Monseñor Romero. Yo también. Después conocí mejor la intención del papa Francisco al tomar esta decisión. Un eminente biblista, el cardenal jesuita Carlo María Martini, en una carta pastoral sobre el martirio, habla de los tres cardenales que más han influido en su vida. Y luego añade que hay un cuarto “cardenal”, “que no lo es por el título sino por la púrpura de su sangre”: Monseñor Romero.

Una persona dijo que el segundo milagro de Romero fue hacer que nombraran cardenal a su discípulo. ¿Considera a Romero su maestro?

Me encanta el milagro que llevó a Romero a los altares porque tiene que ver con la vida y con la mujer en un país azotado por la plaga de los feminicidios. Mujer y vida son sinónimos. Espero con impaciencia el momento en que Cecilia camine hacia el papa en la Plaza de San Pedro con su familia. En cuanto al “segundo milagro”, también alguien ha dicho que para el Santo Padre, el “milagro” del padre Rutilio Grande es Monseñor Romero. ¿Quién es para mí Romero? Él habla muchas veces de nuestra relación en su diario, pero la frase que más me conmueve es cuando me define “sino como amigo que lo ha sido desde tanto tiempo y muy de fondo”. Por eso cuando me piden que diga en una palabra quién es para mí Romero, respondo sin dudar: amigo.

En junio del año pasado dijo que pasó varios días sin poder asimilar la noticia del nombramiento de cardenal, pero ¿cómo ha sido vivir el año con ese título?

Todavía no asimilo esta noticia. Por eso cuando estoy con los demás cardenales, me siento a veces como un intruso y que alguien me va a decir: ‘¿qué haces aquí?’ Sin embargo, doy gracias a Dios por la forma como la mayoría del pueblo acogió la noticia. Fue, como dijo alguien, “una caricia de Dios para El Salvador”. Lo he comprobado al visitar las distintas diócesis, invitado por mis hermanos obispos. Les agradezco profundamente su cercanía y su amistad. Por supuesto, los momentos más íntimos e inolvidables son los que he vivido junto al Santo Padre.

¿Significa un mayor compromiso?

Respondo con una palabra que le gusta repetir una alumna, una niña de cuarto grado de nuestro complejo educativo: “Obvio”. Después de que se anunció el consistorio del año pasado, me visitó en la parroquia San Francisco el nuncio apostólico (León Kalenga). Venía con una carta del papa Francisco. En ella, después de la felicitación me recordaba que el cardenalato no es un honor ni un privilegio, sino un servicio. El mayor compromiso es tener presente que el color tan llamativo de nuestras vestiduras significa que quien las lleva debe estar dispuesto a derramar su sangre por Cristo y por la defensa de la fe. Romero y todos los mártires de El Salvador nos han mostrado el camino.

¿Le ha quitado el sueño ser cardenal? ¿Ser, aunque usted no lo admita así, la cara de la Iglesia?

Como dije hace un año en la misa de acción de gracias al volver de Roma, yo tenía otros planes al cumplir setenta y cinco años: soñaba con estar en un lugar tranquilo dedicado sobre todo a atender a mis hermanos sacerdotes. Y de repente el Señor me catapultó a la escena pública. Lo que me quita un poco el sueño es pensar que puedo fallarle al Señor, a la Iglesia y al pueblo que ha sufrido y sufre tanto y que necesita buenas noticias.

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