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No hay cruz ni electricidad para el funeral de Vilma

Vilma Pérez regresó en un ataúd hasta la cima del cerro Guachipilín, una de las zonas más pobres de San Pedro Puxtla, en Ahuachapán.  

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No hay cruz ni electricidad para el funeral de Vilma

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Subir su cadáver hasta el caserío Los Pérez fue una hazaña: los  empleados de la funeraria desistieron, ayer en la madrugada, porque las veredas lodosas atascaron el vehículo fúnebre. Así que la familia de Vilma tuvo que pagar  un vehículo con doble tracción. Hasta la cima del cerro, según dicen los habitantes, llegan pocas cosas.  No hay agua potable, usan letrinas y la luz eléctrica solo ha llegado hasta algunas de las casas de bahareque, madera y lámina.         

La madre de Vilma esperó toda la noche, según dijo, sin pegar los ojos para dormir. Recibió los restos de la joven ayer en una casa de otra de sus hijas, siempre en la cima del cerro, a las a las 3:30 de la madrugada. “Decidimos velarla aquí porque hay energía eléctrica. En mi casa, en donde también ella creció, no quisimos velarla porque ahí solo luz de vela tenemos y, además, hasta ahí no llega carro. Hay que caminar por veredas para llegar”, dijo la madre mientras se sentaba en una silla blanca de plástico frente al ataúd, rodeado de hojas naturales colocadas sobre pequeñas estacas de madera.

“No tenemos dinero para comprar arreglos de flores, así que fuimos al campo a cortar hojas para arreglar el ataúd”, explicó.

“Cuando me dijo que el hombre era de Guazapa, yo le dije que eso no me parecía mucho porque en esa zona hubo muchos guerrilleros. Esa gente es de armas, es violenta, y yo le dije eso”, contó la madre.

Luego sacudió sus zapatos lodosos golpeando sus pies contra el piso de tierra de la casa donde el ataúd había sido instalado y comenzó a relatar la historia de cuando Vilma decidió irse del cerro. El ruido del golpeteo de sus pies hizo que dos perros esqueléticos se levantaran de la habitación y se fueran al patio de la casa, donde un gallo cantaba incansablemente y media docena de patos se paseaban de un lado al otro. Vilma, según relató su madre, llegó desde San Salvador hace 10 años diciendo que había conocido a un hombre mientras trabajaba como empleada doméstica.


Ese hombre era José Adán Menjívar Miranda. Tras conocerlo, dijo que estaba enamorada y que había aceptado ser su novia.Lo poco que les contó sobre él fue que era vigilante de una empresa en el municipio de Apopa y que vivía en Guazapa, al norte de San Salvador. “Cuando me dijo que el hombre era de Guazapa, yo le dije que eso no me parecía mucho porque en esa zona hubo muchos guerrilleros. Esa gente es de armas, es violenta, y yo le dije eso”, contó la madre. Otro día, Vilma llegó diciendo a su madre que estaba decidida a cambiar de vida y a abandonar la pobreza de Puxtla. Tomó su ropa y se mudó hasta Guazapa para acompañarse con Menjívar y formar una familia. Una vez en Guazapa, Vilma procreó una niña y un niño con el vigilante.


“Después de que se fue, ella vino unas pocas veces a visitarnos. Cuando nos visitaba, ella nos dijo que no tenía una buena vida, que no era lo que esperaba.
Ella nunca quiso detallarnos a qué se refería, pero uno de mamá como que sabe. A ella ese hombre la maltrataba”, relató.

Antes de continuar con el relato, la madre de Vilma se levantó de la silla, salió al patio y se paró al lado de una cruz de madera, que alguien donó para colocarla en la tumba de Vilma. “No estamos seguros si esta cruz vamos a poner; es que atrás tiene un nombre y no hemos podido borrarlo”, dijo la mamá. Luego continuó con el relato, recordando las únicas dos veces que fue visitar a Vilma a Guazapa. “Aun enferma fui dos veces a la casa de Vilma. Realmente ella me llevó y así es como conocí. Cuando fui, no vi al hombre, porque siempre estaba trabajando; y cuando lo vi, casi ni me habló. Es un hombre con el que ni siquiera se podía hablar”, dijo la madre.

“No estamos seguros si esta cruz vamos a poner; es que atrás tiene un nombre y no hemos podido borrarlo”, dijo la mamá.

La casa en Guazapa, donde vivía Vilma junto con sus dos hijos y Menjívar, ayer lucía desolada. Los policías, que llegaron el martes por la tarde, después del feminicidio, habían cortado la tela metálica que rodea el pequeño terreno, sin saber que del otro lado estaba una pequeña puerta de lámina que bastaba empujar para entrar. Los policías, según dijeron los vecinos, llegaron para buscar a Menjívar después de enterarse de que él había sacado un arma de fuego en la avenida Quirino Chávez, de Apopa, para asesinar a Vilma enfrente de sus dos hijos y así evitar que ella lo denunciara en la subdelegación de Apopa por violencia intrafamiliar.

Vilma fue asesinada por su pareja cuando iba a denunciarlo por violencia intrafamiliar.


Después de entrar, registrar la casa y corroborar que Menjívar no estaba ahí, se fueron sin arreglar la tela metálica. Una de las vecinas dijo a este periódico que el martes, horas antes del feminicidio, Vilma salió de la vivienda con los dos niños y la saludó. Luego continuó caminando por las veredas que bajan del cerro de Guazapa hasta salir a la carretera Troncal del Norte para tomar un autobús que la llevara hasta Apopa. Después del feminicidio, policías subieron a los dos niños en una patrulla para llevarlos, dos cuadras más adelante, a la subdelegación, donde una psicóloga los atendió por haber sido testigos de cómo su padre asesinó a su madre.La madre de Vilma, según contó a este periódico, escuchó de otros familiares que le entregarían los niños a ella.

“Pues me va a tocar a mí hacerme cargo de los niños. Yo sé que ahorita están con la policía; no sé dónde ni qué les están diciendo”.
Madre  de Vilma Pérez, víctima de feminicidio

Pero ayer por la tarde los niños todavía no habían sido llevados y entregados en San Pedro Puxtla.“Pues me va a tocar a mí hacerme cargo de los niños. Yo sé que ahorita están con la policía; no sé dónde ni qué les están diciendo. Dijeron que los van a traer, pero ahorita no sabemos nada de ellos”, dijo la madre de la víctima.Cuando los niños se instalen en casa de su abuela materna, según explicaron familiares que llegaron a la vela, tendrán que ir a estudiar con sus primos en la escuela del cantón. Para llegar a la escuela tendrán que caminar, como todos los demás niños, media hora de ida y media hora de regreso desde y hasta la cima del cerro, por veredas y calles lodosas. Vivirán donde su madre creció y donde pocas veces los llevó para conocer a sus tíos y primos. Vivirán en el lugar del que salió su madre para intentar escapar de la miseria.

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