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No hay dinero, sí trabajo, pero sobre todo hay voluntad Relato

Kaleb, Róger y Tiffany no se conocen entre sí, no tienen la misma edad ni el mismo color de piel, tampoco comparten el mismo nivel educativo, y la única razón por la que coincidieron el sábado, durante más de 10 horas y sin siquiera saber el uno de la existencia del otro, es lo único que tienen en común: una causa, el voluntariado.
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Kaleb Padilla tiene ya 28 años. Estudió y se graduó de Ingeniería en Sistemas y desde hace poco más de dos años vive para mejorar las condiciones medioambientales de El Salvador, desde que en 2015 fundó la organización Un Pulmón Más, en el departamento de Santa Ana.El sueño de su niñez era cambiar la cultura del país en materia medioambiental, quería que las personas ya no tiraran basura en cualquier lugar, deforestaran cualquier zona a su antojo, quería crear conciencia en las nuevas generaciones y “materializarlo ha sido algo increíble”, dice.Empezó siendo voluntario, pero luego convirtió a la organización en su forma de ganarse la vida. El sábado, entre miles de jóvenes reunidos en un hotel capitalino para celebrar la V Feria del Voluntariado, organizada por la empresa de empleabilidad Joven360, contó su experiencia y cómo esta le ha cambiado la vida. “Trabajo 24 horas en lo que me gusta. Sé que el planeta necesita que estemos trabajando por él las 24 horas y aunque no tenga descanso, lo disfruto. Para mí ha sido una experiencia bastante emocionante ver a tanto joven buscando la oportunidad de hacer algo por el país a través del voluntariado”, comentó.Ahora él dirige a cerca de 20 jóvenes que hacen investigaciones ambientales sobre energías renovables, educan sobre respeto, reciclaje, reutilización de materiales, reducción de residuos e intenta lograr un impacto positivo en el cambio de mentalidad de generación en generación.Y mientras él y sus voluntarios anotan cerca de 200 nombres en una lista para sumar voluntarios, Róger Avilés y su compañero de estudios José Ignacio León hacen lo suyo. Ambos tienen 17 años y son los líderes del grupo voluntario ShoesING, un movimiento que hace colecta de zapatos en diversas instituciones educativas de El Salvador, Guatemala, Honduras, México y Brasil para entregarlos a niños de las zonas más pobres.Los dos aseguran que el voluntariado los ha sacado de “una burbuja” en la que vivían sin tener una mínima idea de otras realidades donde las necesidades son muy distintas a las suyas. “Vivíamos encerrados en esa burbuja sin saber qué estaba pasando fuera y al volverme voluntario me di cuenta de la necesidad de personas incluso tan cercanas como las que trabajan en nuestras casas sin que sepamos las condiciones en las que viven”, expresó León.Tanto José Ignacio como Róger destacaron la importancia no solo de hacer las colectas, sino de involucrarse personalmente con las comunidades beneficiadas. “Nos gusta el contacto con las personas a las que estamos ayudando, esa interacción cercana, sentir lo que significa ayudar. Acercándome a estas personas necesitadas me di cuenta de cómo algo tan básico para nosotros es esencial para cambiarles la vida a ellos para que sus pies no se hieran, para que puedan caminar esas distancias largas más cómodamente”, manifestó Róger, quien estudia junto a José Ignacio en una de esas instituciones educativas privadas a las que muy pocos tienen acceso.Y así como hay causas medioambientales y proniñez también hay otras decenas que se dedican a atender a la tercera edad, a la salud pública y a la fauna. En esta última causa es en la que colabora Tiffany Martínez, una veinteañera estudiante de Diseño Gráfico que lleva dedicando sus domingos del último año a visitar el centro de refugio de perros de la Asociación al Rescate de los Animales (ARANI), situado en la calle que lleva hacia el volcán de la capital.Durante la primera feria, celebrada en 2012, participaron unas 20 causas y se sumaron unos 200 voluntarios, mientras que el año pasado los jóvenes interesados en un voluntariado sumaron más de 4,000 y las causas fueron 70, aseguró la directora regional de Joven360, Karla de Vanegas.

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