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No hay discapacidad para Juan y Nohemy en su taller de costura

Cada 3 de diciembre el mundo recuerda al segmento de la población que tiene retos especiales para salir adelante. Dos hermanos que residen en Conchagua, La Unión, demuestran que esos retos pueden vencerse.
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No hay discapacidad para Juan y Nohemy en su taller de costura

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Juan y Nohemy, ambos de apellido Bautista, desde su nacimiento tienen discapacidad auditiva y comunicacional. Pero lejos de frustrarse por ello, aprendieron un oficio para el que cualquiera podría pensar que se requiere desarrollar el oído y el habla. Son un ejemplo destacable entre la comunidad salvadoreña que el pasado 3 de diciembre celebró el Día Internacional de las Personas con Discapacidad, establecido por la Organización de las Naciones Unidas el 14 de octubre de 1992. En El Salvador hay 410,978 personas con algún tipo de discapacidad, que equivalen al 6.4 % de la población, informó recientemente el Consejo Nacional de Atención Integral a la Persona con Discapacidad (CONAIPD).

Parte de dicha estadística son Juan y Nohemy, originarios de la colonia El Havillal, del cantón El Ciprés, en el municipio de Conchagua, La Unión, donde los conocen por su habilidad en la costura. Los dos son sastres, aunque Nohemy fue la primera en aprender el oficio desde la edad de 13 años, según su madre.

“Yo tenía una máquina vieja y cuando yo me iba a hacer los oficios ya la hallaba travesiando, pero hubo un día que la dejé y le compré tela, después una muchacha le pidió que le hiciera faldas y le daba la tela y así fue aprendiendo”, relata Lucresia Sánchez.

Tanto la madre como el padre de los dos sastres aseguran que sus hijos nunca han recibido un curso de corte y confección; en el caso de Juan, fue su propia hermana quien le comenzó a enseñar el oficio, hace unos cuatro años.

Juan tiene 33 años y Nohemy 32; son parte de 10 hijos que tuvo la pareja Bautista-Sánchez, pero solo siete están con vida, los demás murieron. Uno de los que falleció también era sordo-mudo.

El Consejo Nacional de Atención Integral a la Persona con Discapacidad (CONAIPD) no cuenta con datos que establezcan cuántas personas en El Salvador tienen la misma discapacidad que Juan y Nohemy.

La última encuesta que mapea a las personas con discapacidad en el país es de 2015, mientras que el Instituto Salvadoreño de Rehabilitación Integral (ISRI) informó a principios de este mes, en el marco de la celebración internacional, que este año se habían brindado más de 1.6 millones de atenciones en nueve centros a escala nacional, y que se trabaja en el proyecto del complejo inclusivo que generará 100 empleos directos. La mitad de estas fuente de trabajo serían para personas con discapacidad.

Al preguntarle a Lucresia Sánchez si sus hijos sastres pueden leer y escribir indica: “Tampoco fueron a la escuela, porque a kínder los quise poner pero ya después no siguieron yendo porque me los maltrataban los demás niños”.

Pero no ingresar al sistema formal de educación, no pudiendo a la fecha leer ni escribir, no les impide a ambos tomar medidas de las telas y de los clientes, hacer los diseños y conocer las denominaciones del dinero con el que les pagan por su trabajo.

El único inconveniente que tuvo Nohemy fue aprender a confeccionar pantalones para hombre, pero dice su madre que la llevó adonde otros sastres para que le dieran una orientación por dos horas y el siguiente día ya podía elaborar las prendas masculinas. Mientras que Juan solo se ha especializado en elaborar prendas de caballeros.

“Si hubiera trabajo permanente obtuvieran ganancias, pero como aquí todos somos pobres y hay días malos que no hay costuras. Ellos no son carga para nosotros, porque lo que trabajan con eso se valen y van saliendo adelante”, dice la orgullosa madre.

En cuanto a la sastrería, ambos hermanos hace unos años elaboraron uniformes para diferentes instituciones educativas, pero los padres aseguran que los pagos llegaron retrasados y en ocasiones las autoridades de las escuelas no querían pagarles.

Juan también puede conducir vehículo, tiene conocimientos de mecánica, sobre estructuras metálicas, puede reparar bicicletas y en ocasiones hace trabajos de radiotécnico cuando le llevan televisores o radios para que los repare, cuenta su padre José María Bautista.

“Yo me admiro de la inteligencia que Dios le ha dado, porque sin oír arregla radios y televisores que no se escuchan nada y él, a pesar que no escucha, los hace funcionar”, explica Bautista.

Una de las mayores dificultades que ha tenido Juan por su discapacidad es obtener la licencia de conducir; su padre asegura que han llegado en reiteradas ocasiones a las oficinas de Servicios de Tránsito Centroamericanos de El Salvador (SERTRACEN) en San Miguel para consultar sobre los trámites que deben hacer para obtener el documento, pero son ignorados.

Agrega que no sabe si por la discapacidad de Juan se requiere cumplir con algunos requisitos especiales, pero asegura que nunca le dan la oportunidad ni siquiera de preguntar y explicar la discapacidad de su hijo, solo le dicen que si no lleva todos los documentos no puede ingresar a las oficinas.

Mientras el mayor deseo de Juan es obtener su licencia de manejo, Nohemy sueña que con base en su trabajo algún día podrá tener su casa propia. Eso dicen los padres, quienes siempre se han comunicado con sus hijos con un improvisado lenguaje de señas.

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