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“No pido caridad, quiero que respondan por mi hijo”, dice madre de joven que quedó cuadrapléjico tras explosión de gas en Mejicanos

Rodrigo cursaba tercer año de administración de empresas y solo faltaban dos días para que comenzara a trabajar cuando la explosión de la venta de gas en Mejicanos, hace cinco meses, lo dejó cuadrapléjico. Tras cortarle parte del cráneo, hoy respira por medio de una traqueostomía, come mediante una gastrostomía y toma 17 fármacos diarios.

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Investigación.  La Fiscalía General aún no ha llevado el proceso a tribunales, porque siguen las investigaciones, se explicó desde Comunicaciones.

Investigación. La Fiscalía General aún no ha llevado el proceso a tribunales, porque siguen las investigaciones, se explicó desde Comunicaciones.

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El viernes 12 de julio, Rodrigo García salió de su casa a primera hora, alrededor de las 8 de la mañana. Ese día tenía previsto recoger una solvencia en la Policía Nacional Civil (PNC), un requisito indispensable para conseguir un empleo formal en este país; y luego tenía planeado llevarla hasta las oficinas donde comenzaría a trabajar tres días después, el lunes 15. Pero apenas un par de  horas más tarde, su novia, Meylin, viendo en Facebook las imágenes de  la explosión de la venta de gas que acababa de ocurrir  a pocas cuadras de las casas de ambos, lo reconoció entre las víctimas de la tragedia. 

Ella sabía que él había abordado un bus de la Ruta 23 una parada antes de donde ocurrió la explosión y el video que estaba viendo era precisamente de la cámara del sistema de monitoreo interno con que contaba el bus al que se subió Rodrigo.

“Yo lo empecé a llamar como a las 10 de la mañana y no me contestaba; y me entró la duda porque vi una foto de él, pero en ese momento  no sabía que era él, porque uno nunca se imagina ver en ese estado a las personas que  ama. Lo llevaban con un ambu (del inglés Airway Mask Bag Unit/ Máscara de oxígeno para  respiración).  Y supe que era él porque reconocí su ropa. En el video no se ve su cara, pero sí reconocí el  ‘shortsito’ que se había puesto y sus zapatitos con los que yo lo había visto irse”, narró entre lágrimas. 

Desde ese día, la vida ha ido cuesta arriba. Para ella y para las hermanas de la pareja, quienes prácticamente son las tres personas que están dedicando su vida a cuidarlo las 24 horas del día ahora que está postrado en una cama, sin movimiento y sin habla.

Meylin tiene 21 años y Rodrigo cumplió 24 a finales de noviembre recién pasado. Ella estudiaba segundo año de la licenciatura en Mercadeo Internacional en la Universidad de El Salvador (UES) y él estaba asistiendo a una academia de idiomas a aprender inglés al mismo tiempo que cursaba tercer año de la  licenciatura en Administración de Empresas en la Universidad Francisco Gavidia (UFG), pero sus aspiraciones profesionales han quedado en el pasado. 

Meylin se vio obligada a dejar la universidad por la angustia que le causaba sentirse lejos y estar  todo el tiempo pensando en la atención que Rodrigo podría estar necesitando en casa, dos meses después de haber permanecido en el Hospital Rosales.

Rodrigo estuvo hospitalizado seis semanas en la unidad de cuidados intensivos (UCI) luego de que le cortaran parte del cráneo y de la masa encefálica, un procedimiento ineludible para que el cerebro tuviera espacio para expandirse y se desinflamara. “Pasamos los primeros cinco días durmiendo en el hospital.  Y ni siquiera querían darnos permiso de quedarnos allí, lo cual nos parecía injusto porque nos habían dicho que no iba a sobrevivir”, recordó Meylin. 
Además del trauma cráneo-encefálico severo, también sufrió una perforación en uno de sus pulmones, por lo que ahora respira a través de una traqueostomía. Tras dejar la UCI, permaneció dos semanas más en la unidad de cuidados intermedios (UCIN) hasta que de un día para otro le dijeron a su hermana, Marcela,  “Mañana te lo llevás”.

 “Yo me quedé así como: ¡¿Qué?!. No teníamos los insumos para atenderlo. No teníamos nada. Tuvimos que pedirles tiempo para cotizar la cama, los aparatos, todo.  No nos alcanzaba un día entero yendo de extremo a extremo de San Salvador para andar cotizando”, memoró Marcela, un año mayor que Rodrigo y estudiante de licenciatura en Psicología.

Solo bañar a Rodrigo, si lo hace una sola persona,  toma una hora. La rutina es complicada: champú, jabón y esponjas especiales, agua tibia, varios huacales. Moverlo cada hora para evitar las yagas en su cuerpo, cambiarle los pañales desechables, alimentarlo, curarlo y suministrarle los 17 medicamentos que consume cada día tampoco es cosa sencilla. Pero la tarea que más pavor  les produce a ambas jóvenes es hacerle la limpieza de la cánula (tubo) de la traqueostomía, porque una mala praxis podría costarle a Rodrigo Alejandro   la vida.

 “Él siempre saca secreciones y no avisa cuándo las va a sacar,  y hay que limpiar esas secreciones. Lo hacemos con un aparato. Es una sonda de aspiración que se le conecta a la traqueostomía. Pero si no  lo hacemos rápido puede salir volando el sostenedor de la traqueostomía, si él empieza a sacar secreciones, y allí murió”, intentó explicar  Meylin. 

“Es bien delicado, porque cuando uno le toca allí lo estimula y tose y se hace más difícil todavía. O si uno le mete la sonda muy adentro puede quedarse con vómitos, ya nos pasó una vez. Son cuidados que debería darle una enfermera”, agregó. Pagarla, sin embargo, es un lujo. La más barata que hallaron cobrara $40 diarios. La madre de Rodrigo y Marcela, pudo pagarla tres semanas de corrido, pero no más. 

Sara emigró hace cinco años a Estados Unidos, agobiada porque le embargaron la casa en la que desde hace tres meses también vive Meylin. Limpia casas allá. Con su esfuerzo y con la ayuda de dos hermanas envían casi $2,000 mensuales a El Salvador, pero solo la fisioterapia, una hora al día, de lunes a viernes, les está costando $300. A eso hay que sumar la compra de suplementos alimenticios, guantes esterilizados, sondas, cremas de hidratación, jeringas, gasas y más. Solo la sonda de aspiración para limpiar la traqueostomía es un gasto de $5.90 tres veces al día.  

 “Yo estoy trabajando solo para mandarle dinero a mi hijo y aún así no cubro sus necesidades. Aquí la vida es dura y cara y no se vale que las autoridades no hagan nada. Yo solo estoy pidiendo justicia para mi hijo. El día que yo falte, ¿quién va a velar por mi hijo? Mi hijo merece una vida mejor aún en el estado en el que está. Yo fui a la alcaldía y me ofrecieron ayuda para tres meses: Oiga -le dije a la licenciada-, usted ni siquiera se ha tomado la molestia de ir a ver cómo está la sitiuación de mi hijo”, expresó Sara con las palabras entrecortadas por el llanto.

“La fiscal me dijo: el dueño se murió; no hay responsables. ¿Cómo se atreve a decirme eso? Está la alcaldía, están las distribuidoras de gas, está el Gobierno que es el responsable de autorizar los permisos de estas compañías de gas. La  vida de mi hijo no tiene precio, él no andaba vagando, andaba buscando trabajo. No les estoy pidiendo caridad, quiero que respondan por mi hijo”, exigió  con voz enérgica.

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  • Explosión de gas
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