Nubia no quería morir quemada

En las gradas del séptimo nivel de la tercera torre del Ministerio de Hacienda no se veía nada. El humo dejó el ambiente completamente negro.
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Nubia no quería morir quemada

Nubia no quería morir quemada

Adiós.  Familiares, amigos y compañeros se congregaron en el cementerio para despedirse de Nubia Campos.

Adiós. Familiares, amigos y compañeros se congregaron en el cementerio para despedirse de Nubia Campos.

Sepelio.  Familiares de Nubia Campos le dan un último adiós a la víctima mortal del incendio en el Ministerio de Hacienda.

Sepelio. Familiares de Nubia Campos le dan un último adiós a la víctima mortal del incendio en el Ministerio de Hacienda.

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El calor era insoportable. Tanto que no hacía falta el fuego para sentir que la piel se quemaba. Nubia se soltó de la mano de Jaime y le dijo: “¡Soltame! ¡No quiero morir quemada!”

Jaime Sánchez Nájera, su amigo y compañero de trabajo, insistió una y otra vez: “Nubia, ya no bajemos de este nivel, nos cuesta respirar y allá abajo está peor”. Pero Nubia Campos no cambió de opinión. Estaba resuelta a bajar por los escalones, sin poder ver nada, solo tocando las paredes para guiarse hasta la salida.

“Era algo espantoso. Unos minutos antes estábamos tranquilos en nuestros puestos de trabajo y luego en esas escaleras. Yo sentía que no podía respirar. Es que cuando intentabas respirar, además de inhalar humo, sentías que el fuego mismo estabas respirando. Te quemaba todo por dentro. Por eso es que le insistí a Nubia en no bajar más las escaleras”, dice Sánchez.

LA TAREA FUE ASEGURAR UNA SALIDA PARA LAS PERSONAS

Finalmente se convenció de que Nubia no iba a seguirlo hasta el octavo nivel. Así que la soltó y regresó por las escaleras.

“Esa fue la última vez que vi con vida a la compañera Nubia. Yo hubiera querido subirla hasta donde me fui, para salvarla, pero ya no pude. Ella y yo estábamos desesperados, angustiados y no sabíamos qué hacer. Pero yo me fui para arriba”, relata Sánchez.

Cuando llegó al octavo nivel, Sánchez se encontró al compañero Jorge Hernández. Estaba aturdido, inquieto y caminaba de un lado para el otro sin detenerse, según recuerda.

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“Subamos a la azotea, compañero”, le dijo Sánchez. Hernández no respondió, se había quedado como mudo. Intentó decir que sí, pero la voz no le salió por todo el humo que había respirado. Carraspeó y nada. Así que asintió con la cabeza y siguió a Sánchez.

“Le expliqué que lo que teníamos que hacer era buscar la manera de subir hasta lo más alto del edificio y comenzar a pedir ayuda y pedir que nos enviaran un helicóptero”, dice Sánchez.

En medio del humo y el calor, ambos llegaron hasta una puerta que daba hacia la azotea. Forcejearon, en la oscuridad, para abrirla pero no pudieron. Comenzaron a buscar, con sus manos, la razón por la que no se podía abrir y encontraron un candado.

NUBIA NO QUERÍA MORIR QUEMADA

El plan B era salirse por alguna ventana y llegar hasta la azotea. Así que quebraron algunos vidrios y comenzaron a salirse del edificio.

“Nos subimos arañando. Yo tengo algunos raspones que me di en los brazos cuando iba para arriba. Mi compañero Hernández me empujó y ya luego yo le extendí la mano para ayudarlo a subir”, relata Sánchez, mientras enseña un raspón cerca del codo derecho.

Una vez arriba, Sánchez se dio media vuelta y observó que en la azotea no había una plancha de cemento y hierro. No había un plafón. Lo único que había eran duralitas, donde no se podía caminar por el temor a que se quebraran. Si esas duralitas se quebraban, podían caer al octavo nivel, desde donde les había costado algunos raspones llegar. “Quedémonos en esta esquina”, le dijo Sánchez a Hernández.

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Los dos hombres se sentaron en el muro del edificio. Ambos sacaron sus teléfonos celulares y comenzaron a hacer llamadas.

Hernández le llamó a su padre. “Te quiero mucho, cuidate, por favor”, le dijo, como si se tratara de la última llamada de un hijo a quien la muerte le concede una despedida telefónica.

“No se preocupe, compañero, no asuste a su papá. De esta vamos a salir, ya va a ver”, le dijo Sánchez, mientras marcaba el número de su jefe.

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“Estoy en la azotea, pida a quien sea, no me importa a quién, que manden un helicóptero para que nos rescaten. De esos que usan en el show del 15 de septiembre”, le dijo Sánchez, “que sea ya, lo más rápido posible, aquí nos cuesta respirar”.

El jefe le dijo que desde abajo ya lo había visto, junto a Hernández, en la azotea. Le insistió en que no se les ocurriera tirarse y que pronto les llegaría la ayuda para sacarlos de ese lugar.

“Le llamé también a mi hijo para que hiciera algunas llamadas de emergencia. Después me ha contado que en ese momento comenzó a llamar al 911 y a decir que era él mismo el que estaba allá arriba y que necesitaba ayudaba. Les decía que no podía respirar, que necesitaba un helicóptero y que se dieran prisa, que ya no podía resistir”, cuenta.

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Un helicóptero por fin se asomó en el cielo. Sánchez se quitó la camisa y comenzó a moverla para que lo vieran. El helicóptero sobrevoló varias veces sobre la azotea del edificio, pero no pasó nada.

“Yo pensé que nos iban a dejar ahí. El helicóptero se fue. Pasaron como 30 o 35 minutos, los más largos de mi vida, hasta que apareció otro helicóptero. Ese era el que sí nos iba a rescatar”, dice Sánchez. Desde el aire, los ocupantes del helicóptero les lanzaron arneses para asegurarlos y sacarlos de la azotea. Ambos se los colocaron y el helicóptero se elevó.

La aeronave aterrizó en el cuartel San Carlos, donde paramédicos los estaban esperando para trasladarlos, en una ambulancia, hacia el Instituto Salvadoreño del Seguro Social (ISSS).

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Fue en ese momento en que Sánchez recibió la noticia. Nubia había sido encontrada en el séptimo nivel. El bombero Mauricio Larios Galdámez y un voluntario de los Comandos de Salvamento la habían encontrado. Parecía no tener signos vitales, así que la bajaron hasta el primer nivel, donde paramédicos la chequeron y la declararon oficialmente muerta.

“No podía creerlo. Nubia era una gran persona que siempre pensaba en los demás. Me dijeron que tenía algunas quemaduras y solo recordé que me dijo que no quería morir quemada”, dice Sánchez.
 

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