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Otro día sin Carla Ayala, policía desaparecida hace un mes y medio

El compañero de vida de la policía desaparecida, quien es investigador, cree que hay más personas involucradas, que hay encubrimiento en la PNC y que hay una investigación deficiente.
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Agente policial y compañero de vida de Carla Ayala asegura que las investigaciones para encontrarla no se están haciendo de forma adecuada. - 00:01:54

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Fotos de LA PRENSA/Josué Guevara Dolor y desconfianza. Lucio Guevara, compañero de vida de la agente Carla Ayala, dice que no confía en la investigación que la Policía, la institución donde trabaja, está haciendo para resolver el caso.

El reloj marca la 1:30 de la tarde. Lucio Guevara despierta, desconcertado, por los golpes que escucha en la puerta de su vivienda y los ladridos de sus dos perros. Es viernes 9 de febrero, pero para Lucio es el día 42 desde que su compañera de vida desapareció ante la mirada de los hombres mejor entrenados de toda la Policía Nacional Civil (PNC): los miembros del Grupo de Reacción Policial (GRP). Para Lucio es, como dirá más tarde, “otro día de mentiras, encubrimiento de jefaturas policiales y mala investigación”.

Su suegra se acerca a la cama para decirle que afuera hay tres personas que no dejan de tocar. Lucio se levanta, toma una almohada blanca y la abraza a su pecho sin camisa, y camina hacia la ventana. Al llegar, guarda silencio, observa y frunce el ceño.

“En estos años he investigado todo tipo de casos. Por eso sé que si hay buena investigación, una persona desaparecida puede encontrarse en uno o dos días”. 
Lucio Guevara, compañero de vida de la policía

Se entera de que son periodistas que quieren platicar sobre la desaparición de la agente Carla Mayary Ayala Palacios, quien era su compañera de vida y quien desapareció el 29 de diciembre por la madrugada, cuando el agente Juan Josué Castillo tomó el timón de un vehículo del GRP para llevarla hacia Usulután y desaparecerla. O al menos esa es la versión oficial que el director de la Policía, Howard Cotto, ha dado del caso.

“Yo también soy miembro de la Policía”, dice, con alcohol en el aliento, mientras abre la puerta, suelta la almohada y se deja caer en un sillón ubicado entre la ventana y un estante sobre el que reposan dos fotografías grandes de Carla. “Tengo 20 años de estar en la institución y 11 de dedicarme a investigar a las estructuras criminales”, continúa diciendo con voz entrecortada, y luego calla. En la sala hay silencio. Nadie dice nada.

“Nos han dicho, en la Unidad de Bienestar Policial, que hasta que no la encontremos, no vamos a tener nada de ayuda económica”. 
 Madre  de la agente Carla Ayala

Siete segundos después, Lucio toma una bocanada de aire, como retomando el aliento que le faltaba para continuar hablando: “En estos años he investigado todo tipo de casos, incluso desapariciones –susurra como quien batalla entre decir algo y soltar un llanto oprimido. Por eso sé, por experiencia, que si hay una buena investigación policial, una persona desaparecida puede encontrarse en uno o dos días. Pero ya pasaron más de 40 y aún no sabemos nada de Mayi”, dice.

Luego vuelve a callar y cierra los ojos. Se los frota con las manos y suspira. Intenta decir algo más, pero las palabras no le salen.

Desde el interior de la vivienda, la suegra se acerca a la sala, se acomoda en otro sillón y se une a la plática: “Por favor, disculpen, él no está muy bien. Está muy deprimido. Está mal. Cuando no anda buscándola o trabajando, pasa encerrado en su cuarto”, explica.

La madre de Carla Mayary también dice que Lucio no duerme bien por las noches desde que la agente desapareció. Lucio tampoco come bien. A veces incluso intenta sacudirse con alcohol la impotencia de no poder encontrarla.

“Es difícil. Ya no hallamos qué hacer. Los niños, los dos hijos de ella (Carla), el más grandecito, que tiene 18 años, es el que más la ha sentido. Ya está más maduro y sí le ha afectado todo esto. El otro, el más pequeño, de 15 años, ni siquiera habla del tema. No le gusta hablar de eso”, cuenta la suegra, y luego gira el rostro por encima de su hombro izquierdo, hacia una pared, para no mostrar que llora.

Lucio se encoge de hombros y vuelve a hablar para insistir: “No la han encontrado porque no hay una buena investigación policial”. Su afirmación, además, la acompaña con un señalamiento hacia las jefaturas de la Policía, quienes, según cree, están encubriendo a personas involucradas en la desaparición y mienten en el caso para que no se descubra la verdad.

De acuerdo con Lucio, el agente Juan Josué Castillo, por quien la Policía ofrece pagar hasta $5,000 a quien ofrezca alguna información útil para su ubicación y captura, no debería ser el único buscado por el caso. Aunque se reserva nombres, o de momento no tenga cómo comprobarlo, está convencido de que hay más personas involucradas. También cree que la jefa de la Unidad Especializada de Homicidios de la Fiscalía General de la República (FGR), Guadalupe Echeverría, tiene razón al decir que en el interior de la Policía hay fuga de información, encubrimiento e incongruencia de los testigos.

“No es posible que una persona haya hecho todo esto. Ese agente (Juan Josué Castillo) no es el único involucrado. Aquí hay algo más grande que se está encubriendo. La última comunicación que tuve con ella fue como a las 10:18 de la noche, que me respondió que la iban a venir a dejar a la casa. Hasta como a las 11:20 le escribí preguntando qué pasó y ya no contestó, solo vio el mensaje, o alguien más tenía el celular y lo vio. Porque hay más gente involucrada”, dice antes de cerrar los ojos nuevamente, hacer puño sus manos y apretarlas con fuerza, sobre sus piernas.

La suegra, al verlo, se levanta del sillón y le lleva un pedazo de papel higiénico para que se limpie las lágrimas. Luego, mientras Lucio se queda mudo de nuevo, la suegra agrega que ha ido a la Unidad de Bienestar Policial para pedir ayuda económica.

“Quisiéramos que aunque sea una parte del salario de ella (Carla) nos dieran, porque los gastos en un hogar son muchos. Pero nos han dicho, en la Unidad de Bienestar Policial, que hasta que no la encontremos, no vamos a tener nada. Nos preguntamos qué va a pasar si en unos cuatro o cinco años no la encontramos. No nos van a dar nada”, agrega.

Lucio se levanta del sillón, se queda de pie sin decir nada por 6 segundos y finalmente responde al fotoperiodista y a la videógrafa que no puede mostrarles la placa de Mayi. Camina hacia el centro de la sala y agrega: “Lo único que puedo mostrarles es esta carta que llevamos al presidente de la república para pedirle su ayuda. Además, no crean, yo les abrí la puerta, pero tengo temor. Es que hay más gente involucrada, gente de la institución en que he servido 20 años. Tengo premios que eran todo para mí por mis investigaciones, pero ahora son basura. Después de todo mi trabajo, me han pagado con esto”.

Después de esa última frase, sin despedirse, Lucio camina hacia su cuarto. Apaga la luz, se mete en la cama y ya no regresa a la plática.

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