Pandilla salvadoreña en EUA envuelta en extorsión transnacional

A la “renta” tradicional, cobrada en esencia a negocios y particulares de la comunidad salvadoreña en EUA, se ha sumado otra modalidad: la amenaza llega vía telefónica desde El Salvador y el pago vía transferencia electrónica.
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Remesas.  Investigaciones en Estados Unidos han detectado que las pandillas también giran remesas hacia El Salvador en oficinas como esta.

Remesas. Investigaciones en Estados Unidos han detectado que las pandillas también giran remesas hacia El Salvador en oficinas como esta.

Pandilla salvadoreña en EUA envuelta en extorsión transnacional

Pandilla salvadoreña en EUA envuelta en extorsión transnacional

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Jonás llegó al negocio del señor Wong, en uno de los múltiples centros comerciales que salpican el University Boulevard a la altura de Langley Park, al sur de Maryland (Estados Unidos), al inicio del verano. Llegó como solía hacerlo desde que era más joven y acompañaba a su madre a comprar mariscos que sacaba de uno de los dos tanques blancos ubicados al fondo del almacén de productos asiáticos. Esta vez, Jonás era ya un adulto, uno que había ido y venido de El Salvador al menos cinco veces. Y esta vez su negocio en la tienda del señor Wong no era asunto de una postal familiar.

Jonás le dijo al chino que la “mara” iba a empezar a cobrarle, a rentearlo. El señor Wong, impasible, según recuerda el episodio el dependiente de un almacén vecino que prefirió no identificarse, le dijo que volviera al día siguiente. Jonás regresó, con dos hommies, dispuesto a cobrar la primera cuota. El señor Wong no estaba solo.

Los amigos de Wong (todos los nombres son ficticios a petición de las dos fuentes con base en cuyos relatos se reconstruye este episodio) aplicaron una importante medida preventiva. Según se dice hoy en las inmediaciones de La Unión Mall, cerca del centro comercial que alberga la tienda de mariscos y hogar de múltiples negocios salvadoreños y centroamericanos, Jonás ha quedado “crippled” (lisiado), por lo que ha decidido calmarse un rato y enfocar el negocio del renteo, la extorsión, a su grupo meta tradicional: la comunidad salvadoreña de la zona. Según un amigo de Jonás, el pandillero no está lisiado, pero sí recibió una buena golpiza.

Mark (nombre ficticio), un detective Antipandillas del Departamento de Policía del Condado de Montgomery (MCPD, en inglés), escuchó sobre el episodio del salvadoreño con los asiáticos. “Los pandilleros saben que su comunidad... que los salvadoreños son más vulnerables y pueden aplicar con ellos la táctica del miedo, clave para una extorsión. Claro, si alguien le llama a la víctima desde El Salvador a un teléfono de Maryland y le manda una foto de un familiar para pedirle dinero diciéndole que si no lo da van a matar al pariente, el factor miedo es importante, porque aquí no hay forma de saber si la amenaza se cumplirá”, explica el detective.

La extorsión típica funciona así: alguien en Maryland consigue el número del celular de la potencial víctima, así como los datos de sus familiares en El Salvador; los pasa a alguien más en el cantón, pueblo o ciudad salvadoreña del caso.

El pandillero ejecutor en El Salvador sigue al pariente un par de días y toma fotos antes de llamar hasta Estados Unidos con un mensaje de este tipo: “Aquí te mando una foto de tu tía, prima, hermana, mamá saliendo de tal lugar. Si no mandás $1,000, $2,000 para tal fecha, la mato”.

La artimaña ha resultado efectiva, según el oficial del MCPD, un detective del distrito de Columbia y una fuente de la embajada salvadoreña en Washington, que atiende este tipo de casos.

“Empezamos a recibir casos como estos en 2010; dos, tres hasta cuatro por semana. Redes completas que involucraban a las pandillas en los dos países. Con incidencia sobre todo en la zona metropolitana de Washington, en Houston, Dallas y en Los Ángeles, pero también vimos casos de Nueva York, Nueva Jersey, incluso de Boston”, comenta la fuente salvadoreña en el exterior.

Los pagos casi siempre llegan, según el centroamericano y el agente Mark de Montgomery, por vía electrónica, a través de las transferencias que la mayoría de salvadoreños utilizan para enviar remesas a sus parientes.

Investigación complicada

Es día de semana. Cerca del mediodía. En el Chiquita Express del University Boulevard y Piney Branch, en Silver Spring, a 14 kilómetros del centro de Washington, hay cinco clientes en fila, cuatro mujeres de mediana edad, dos acompañadas por niños, y un joven vestido con un pantalón kaki, tenis, una camisa a cuadros y gorra de los Nationals, el equipo de béisbol de Washington. Lo que cada uno hace al llegar frente a una de las dos cajas abiertas en este negocio de envío de dinero y cambio de cheques pone rostros a lo que dicen los estudios sobre remesas en El Salvador.

La primera mujer envía $250; la segunda, $300; la tercera, $140; la cuarta, 800; el joven, $2,800. La mujer 1 y la 3 dicen que envían lo mismo cada dos semanas; las otras dos que procuran enviar cantidades similares mensualmente. El Banco Central de Reserva dice que cada salvadoreño envía, en promedio, $273 al mes.

El joven, el que acaba de enviar 10 veces mayor el promedio mensual, no cuenta lo que hace: no habla de sus hábitos de envío, solo sonríe y se va del local.

Según el detective Mark, investigaciones recientes que el MCPD ha hecho indican que clicas de la Mara Salvatrucha (MS) están enviando dinero hacia El Salvador, incluso a las cárceles, a través de estos envíos, algo que el informe más reciente del Departamento de Estado sobre lavado de dinero ya advirtió en el caso de El Salvador. Tienen, agrega, fuentes que les han dicho que los cabecillas en las cárceles incluso han pedido cuotas a sus “hommies” en Maryland: “Pero más parece que no es algo generalizado, sino relaciones en el nivel personal, que se establecen entre un hommie y otro”. Se pregunta Mark: ¿cómo es que un joven puede mandar $2,800 de una vez y el resto de gente manda menos? “No cuadra”, se responde.

A diferencia de 2007, cuando el MCPD y el FBI realizaron la investigación en la que se basó el Gobierno de Estados Unidos para llevar ante la corte distrital de Maryland el caso criminal número DKC-05-0393, por 30 cargos contra 15 miembros de tres clicas de la MS, en estos días, dicen las autoridades policiales de Montgomery County, es más difícil atraer el interés de los burócratas federales para procesar pequeños expedientes por pequeños envíos de dinero en casos individuales de extorsión. Esto a pesar de que en octubre de 2012 el Departamento del Tesoro nombró a la MS como una organización de crimen transnacional, y de que el 6 de mayo pasado Washington nombró a seis cabecillas de la misma pandilla, entre ellos a Saúl Ángel Turcios –uno de los procesados en el caso de 2007 en Maryland– objetivo de persecución federal.

Desde La Unión Mall, en el corazón de Langley Park, en una de esas zonas del Washington suburbial en que el español es el idioma dominante, el crimen transnacional que más se conoce es la extorsión de salvadoreños allá a salvadoreños aquí.

En su agenda binacional, Estados Unidos ha dado importancia a las extorsiones. “Tenemos que luchar contra ellas, porque son lo que impide que los salvadoreños puedan llegar a sus trabajos decentes”, dijo la semana pasada la embajadora en El Salvador, Maricarmen Aponte. El Departamento de Justicia mandó a una fiscal especializada a El Salvador en 2011 para ver solo extorsiones.

En Langley Park y alrededores, que el delito se cometa en dos países sigue siendo una dificultad a la hora de armar casos, según agentes locales. “El delito que se puede atacar aquí es el envío de plata, pero es muy difícil probar, por lo bajo de las cantidades, que ese dinero viene o sirve para financiar actividades ilegales”, razona el detective Mark.

Y aunque Mark se cuida mucho de atribuir el surgimiento de la extorsión binacional a la tregua pandillera en El Salvador, sí tiene algo que decir al respecto: “Está claro que con la tregua hay más comunicación, más acceso a celulares, y de eso se trata esto, ¿no? De lo fácil que es para ellos hablar de la cárcel hacia la calle... ¡hacia Maryland!”

*El autor es investigador asociado del Centro de Estudios Latinoamericanos de la American University en Washington, D. C.

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