Perulapán después de “Chente Cabra”

El profe Ramón, como le dicen en la escuela que dirige desde 2004, se detiene en medio del patio, sonríe y extiende las manos señalando a los estudiantes, que juegan en el recreo, y luego suelta una de sus conclusiones: “Aquí lo que sucede después de un asesinato es que los supervivientes entierran a las víctimas y continúan sobreviviendo”.
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Perulapán después de  “Chente Cabra”

Perulapán después de “Chente Cabra”

Despedida.  Compañeros de octavo grado se despidieron de Juan José Carpio escribiendo en su pupitre que lo extrañarán.

Despedida. Compañeros de octavo grado se despidieron de Juan José Carpio escribiendo en su pupitre que lo extrañarán.

Perulapán después de  “Chente Cabra”

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Lo dice como si fuera una obviedad para los habitantes de San Pedro Perulapán, el municipio más violento del país desde 2014. Lo dice mientras padres de familia han llegado, un día después del asesinato del estudiante Juan José Carpio, a una reunión con la maestra de octavo grado para acordar cómo pagarle a la señora que hace la limpieza en los salones y cómo comprar los uniformes deportivos para educación física. Lo dice mientras algunos maestros piden pupusas y café a la señora que vende desayunos a un lado del Centro Escolar La Esperanza. Y lo dice mientras algunos agricultores caminan afuera de la escuela, sudando bajo el sol, hacia los terrenos donde cultivan. Es que según el profesor Ramón Pérez, director del centro escolar, todos aprendieron a convivir con la muerte, aunque no la toleren y se indignen por el estudiante, el agricultor y un futbolista que llegó a la cancha del caserío vecino, quienes han muerto en los últimos meses en medio de la guerra de pandillas.

Aquí, según el profe Ramón, también aprendieron una regla casi matemática: un asesinato solo anuncia que ocurrirá otro más adelante, que a su vez se agregará al ciclo de venganza de las pandillas que quieren ampliar sus territorios o al de las familias que se asesinan entre sí para quedarse con las herencias. Eso les quedó claro a los habitantes después de sobrevivir a los 84 homicidios de 2014, después de ser testigos de los 143 asesinatos de 2015 y de enterrar a 97 víctimas en 2016.

El asesinato del estudiante de octavo grado Juan José Carpio, a escasas tres cuadras de la escuela y que ocurrió el pasado martes, es parte del ciclo de la violencia desde 2014 en ese municipio, cuando Vicente Candelario Vivas, alias “Chente Cabra”, comenzó a tomar notoriedad por dirigir a la Mara Salvatrucha (MS-13) en la zona norte de Perulapán. “Chente Cabra” no solo ordenaba que se cometieran homicidios, sino que él mismo acompañaba a sus pandilleros con armas largas para asesinar en un solo acto a dos, tres y hasta cuatro personas.

Los homicidios que cometió “Chente Cabra”, según investigaciones de la Policía Nacional Civil (PNC), comenzaron por venganza, ya que pandilleros del Barrio 18 le asesinaron a dos primos y un hermano en 2013. En ese entonces Vivas no era pandillero; de hecho, había ido a la Fuerza Armada porque quería ser militar. Tras el homicidio de sus familiares desertó y se unió a la pandilla. Eso les resultó extraño a los habitantes del cantón La Esperanza que lo conocían, ya que lo habían visto crecer, estudiar en el Centro Escolar La Esperanza, trabajar en la tierra como cualquier jornalero y procrear a dos niñas. Una habitante del cantón dijo a este periódico: “Ese era un muchacho humilde y hasta respetuoso. Fue una lástima que por esas cosas de la venganza y los homicidios de familiares se salió del camino y se convirtió en lo que todos conocen hoy acerca de él”.

Tras las masacres que cometió, la Policía comenzó a buscarlo, pero siempre lograba esconderse y huir. La Policía, en coordinación con la Fiscalía General de la República (FGR), hizo varias redadas en el municipio, pero nunca logró atrapar a Vivas. En las redadas fueron capturados hasta 90 pandilleros por homicidios y masacres, pero con “Chente Cabra” en las calles la violencia en la zona norte de Perulapán seguía igual.

Fue hasta el sábado 21 de agosto de 2016 por la noche cuando elementos de la Fuerza de Intervención y Recuperación de Territorios (FIRT) de la Policía encontraron a “Chente Cabra”. Estaba armado y reunido con otros pandilleros en la zona montañosa del cantón, de acuerdo con la versión oficial. “Chente Cabra” y los demás pandilleros, según la información que dio la Policía, atacaron a tiros a los agentes, pero cuando los de la FIRT respondieron, “Chente Cabra” falleció, mientras que los otros pandilleros lograron huir.

La noticia sobre la muerte de ese cabecilla corrió inmediatamente por todo el cantón. Algunos de los habitantes se alegraron porque el hombre más peligroso del lugar por fin había caído y su caída había sido para siempre. Sin embargo, fue hasta esa muerte que los habitantes confirmaron lo que ya sabían: un asesinato solo anuncia que ocurrirá otro. Además, concluyeron que no importa si es la Policía la que mata, ya que la pandilla encontrará a alguien que pague con sangre el asesinato de otro.

Tres días después de que “Chente Cabra” fue asesinado por la Policía, la pandilla ya se había reestructurado y ya tenía al sucesor. Se trataba de un joven identificado únicamente como Romero García, “el Chele”, quien según investigaciones, acompañó a “Chente Cabra” en varios homicidios. Su primer acto al frente de la pandilla fue ordenar el asesinato de Fidel Cruz y Boris García, motorista y cobrador de la ruta 144, que tiene su punto de llegada en el cantón La Esperanza.

A ellos, según la Policía, los asesinaron porque la pandilla creyó que el operativo en el que falleció “Chente Cabra” había sido la respuesta a las denuncias que los empleados de la 144 habían hecho por ser víctimas de extorsión. La Policía dijo que no fue así, que el operativo fue parte de los patrullajes rutinarios de la FIRT.

Tras un operativo de búsqueda de los asesinos del motorista y el cobrador, la Policía capturó al “Chele” y a otros pandilleros en vías de investigación. Esas capturas, sumadas a la muerte de “Chente Cabra”, hicieron que la MS-13 de la zona norte de Perulapán se quedara sin mando por unos meses. Esa situación fue aprovechada por la otra pandilla para ganar el territorio en que operaba “Chente Cabra”. En medio de todo eso, habitantes confirmaron que algunas personas que no tenían vinculación con la MS-13 fueron asesinadas por la pandilla que estaba intentando ganar el territorio.

Después de un proceso judicial en el que no hubo pruebas contundentes para mantener en prisión al “Chele”, fue liberado y regresó para retomar su cargo en la pandilla. Tras la liberación, los pandilleros rivales han intentado encontrarlo para asesinarlo y quedarse con todo el territorio.

Fue en esa búsqueda del “Chele”, según la primera hipótesis de la Policía, que los pandilleros y exestudiantes del Centro Escolar La Esperanza Edwin Giovani Hernández, alias “Chipilín”, y Alexánder Salvador Cruz Mendoza, alias “el Triste”, esperaron al estudiante Juan José Carpio entre los árboles y arbustos que enmarcan la calle polvosa que baja desde el Centro Escolar La Esperanza. Cuando Carpio pasó caminando junto a otros estudiantes de preparatoria y primer grado, los pandilleros salieron de su escondite y le preguntaron por “el Chele”.

Carpio les dijo que no sabía nada acerca de él, pero los pandilleros no le creyeron y lo asesinaron en ese momento. Los demás niños corrieron para esconderse y llegaron hasta una casa, donde se quejaron de que habían quedado sordos por varios minutos tras escuchar de cerca las detonaciones del arma de fuego.Carpio, según un investigador policial, no fue asesinado por negar información a pandilleros, sino porque era el primo del “Chele”.

“Aquí lo que pasa es que el muchacho tiene familiares en la pandilla, aunque él no era pandillero, no estaba perfilado como pandillero. Entonces, los rivales lo asesinaron para enviar un mensaje de que están llegando al territorio y que lo quieren ganar”, dijo.

Carpio, según su madre, era el hijo que más le ayudaba, ya que era el más grande. Cuando a finales de 2015 falleció su padre, por causas naturales, Carpio decidió abandonar la escuela para trabajar y sostener a su mamá y hermanos. En 2016 intentó trabajar en el campo y estudiar al mismo tiempo, pero no lo logró, así que abandonó el octavo grado. Este año no se iba a matricular, porque ya había decidido continuar ayudando a su mamá. Pero su mamá, los vecinos y los docentes del Centro Escolar La Esperanza lo convencieron de hacer el esfuerzo de estudiar.

Cuando Carpio por fin decidió retornar al octavo grado, ya era 20 de enero de 2017, es decir que la escuela ya tenía una semana de estar impartiendo clases. El adolescente se matriculó y luego se presentó, muy temprano en la mañana, el lunes 23, después de caminar 2 kilómetros desde su casa hacia la escuela. Los días siguientes, según su maestra, se mostró muy servicial y callado.

“Juan José era el estudiante más callado y bien portado. Lo conocí solo la semana que vino a estudiar y lo vi interesado en el estudio. A veces en el recreo no salía hasta que yo le decía que saliera y que dejara la escoba, porque siempre quería ayudar a mantener limpio el salón”, comentó la maestra, a quien, con la muerte de Carpio, le quedan 26 estudiantes: 12 niñas y 14 niños.

El director, parado en medio del patio de la escuela, borra su sonrisa y se lamenta de que los medios de comunicación solo publican lo malo de Perulapán y no muestran que hay gente que quiere y trabaja por un Perulapán más seguro. “No me pregunten si tengo miedo, porque la pregunta es necia y sí lo tengo. Pero estoy aquí para trabajar por los niños y aconsejarlos. Hay pandilleros que dicen que está bien que yo aconseje a los niños, porque ellos no quieren que se metan a la pandilla a sufrir”, dice el profesor Ramón, mientras deja el patio de la escuela para ir a la vela de su estudiante y acompañar a los familiares.

Carpio fue velado en su casa el pasado miércoles. “El Chele” llegó a la vela. Dijo lo que todos los habitantes ya saben o se temen: que pronto subirá al terreno que los pandilleros rivales le han querido arrebatar y que vengará la muerte de su primo.

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