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Política de gradería de sol se metió al Poder Judicial

<p>El pulso no puede describirse de otra manera: los políticos quieren darle al Poder Judicial una lección para que todos aprendamos, de una vez por todas, quienes mandan en esta democracia constitucional. La fotografía que observé el lunes es patética: el nuevo presidente de la Corte Suprema de Justicia lucía de pie al lado de algunos de los principales dirigentes políticos de la Asamblea Legislativa. Sonreían a su público, un grupo de sindicalistas del Poder Judicial que están en sus cargos precisamente por la política.</p>
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<p>La escena habría sido espectacularmente penosa en cualquier otra democracia moderna. Aquí no. Aquí sólo podía interpretarse que buena parte de la Asamblea Legislativa le decía al país: “aquí están los que mandamos, justo al lado de nuestro designado, del único hombre en el que confiamos”. La política se metió a la gradería de sol. La política adquirió, bajo título de propiedad, lo jurídico.</p><p>Yo no creo, como lo escribió mi buen amigo Narciso Castillo, que el problema solo pueda interpretarse como producto del avecinamiento de la política y las candidaturas presidenciales. El problema no es ese. El problema lo entendemos de otra forma: que los partidos políticos, y un grupo de dirigentes políticos, no quieren perder el trofeo que siempre les ha significado los nombramientos en el Poder Judicial. Si lo que sucede, desde hace rato, se convirtió en un vecino de la campaña política es mera casualidad. La verdad es que aquí hay patronos que siempre hicieron negocio con la justicia y que no quieren perder sus puestos de venta.</p><p>Por eso es que si agentes externos se muestran preocupados por todo lo que pasa, les sobran razones para estar preocupados por esta democracia. Y aquí no solo se juegan parcelas de poder dentro de lo judicial, sino también se enfrenta la modernidad y lo aventajado. Basta estudiar un poco los caminos del derecho constitucional para entender que allí donde se privilegia la ley y el papel de la Asamblea Legislativa es postura conservadora y tradicional. Allá donde se le da un papel diferente a las decisiones de la Sala de lo Constitucional, incluso casi de legislador recurrente, es un paso de avanzada en lo que se llama un estado social de derecho, una democracia constitucional. Por eso es que no me canso de advertir que aquí las posiciones están cambiadas: Sigfrido Reyes defiende el modelo tradicional, conservador y traje de las democracias liberales. Al otro lado, la ANEP asume posturas más modernas. Así de extraño está el país en este momento histórico.</p><p>Si el problema es que los salvadoreños no discutimos el cambio de papel de la Sala de lo Constitucional, es problema aparte. Yo estaría de acuerdo en advertir que faltó mucha cultura constitucional para entender lo que pasaba. Pero, de eso a aplicar el filibusterismo para derrocar a una sala entera o, simplemente, silenciarla, hay una enorme diferencia.</p><p>Por enésima vez: el país tiene que serenarse. Falta academia. Falta más debate público. A veces creo que basta con traerse a dos o tres constitucionalistas de rango mundial para que nos ponga en orden. No podemos acabar como una vieja república bananera donde, para evitar que se cumpla una sentencia, tiramos a puntapiés a los jueces. Si hay que sacar del juego a los partidos políticos y a la ANEP entera, pues digámosle “salú”. Las cosas siempre deben ponerse en su lugar. Por eso me gustó lo que hizo Jaime Rodríguez con un entrenador de $25 mil mensuales. El uruguayo les dijo “malnacidos” a una tropa de periodistas que lo criticaban (como si no fuese figura pública). Jaime fue el único que tuvo el coraje de decirle: “aquí, señor, no se hacen las cosas así. Si las quiere de esa manera, pues que le pague su abuela”. Al pobre y bueno de Jaime no lo entendieron algunos: puso orden, peleó por el periodismo y algunos quisieron que saliera trasquilado. La corte necesita lo mismo: alguien que ponga en orden a los políticos.</p>

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