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Presas en la esperanza

En esta crónica, presentamos cómo vivieron un día y una noche en la calle a Mariona las familias antes de que fueran desalojadas de los alrededores del Centro Penal La Esperanza por agentes de la Unidad de Mantenimiento del Orden (UMO) la madrugada del martes pasado.

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¡“Yo le pido al presidente que me lo entregue, Padre bendito! Me lo agarraron injustamente” Dijo en un grito desgarrador de Martha Alvarado (nombre ficticio), de 62 años. Temblando, entre gritos y llanto, abrazaba a una desconocida. Luego se desmayó. ¿El motivo? Una ambulancia que salió del penal y se detuvo frente a decenas de familiares angustiados con un reo acostado adentro. Su identidad y estado de salud eran un misterio. Podría ser cualquiera. Para Martha, era su hijo discapacitado que fue detenido hace 27 días. Para Martha , su hijo había muerto.

La madrugada del viernes 20 de mayo una noticia corrió como pólvora entre la multitud que esperaba a las afueras del Centro Penal La Esperanza. Para secretear no hubo mala hora, ni cansancio. 

A plenas 4:00 de la mañana y en cuestión de minutos la noticia de la apertura de un centro de información recorrió toda la calle. Pasó de madre a abuela, de esposa a hermana, de hija a amiga, de conocida a desconocida.

Cinco horas más tarde, a las 9 de la mañana, la fila había crecido exponencialmente. Entre la fuerte luz del sol y la poca brisa, se percibía una mezcla de cansancio, preocupación y esperanza. 

Foto: LPG/Wendy Urbina.

Mientras pasaban los minutos, más familias se acercaban y corrían de un lado a otro evitando con movimientos rápidos la multitud, los barriles, la basura acumulada y los carros o buses que pasan sin parar entre el poco espacio disponible. 

Consultaban qué información brindaban adentro, los horarios de atención y los documentos necesarios para poder ingresar a la pequeña sala custodiada, donde trabajadores del centro penitenciario darían por primera vez información de los detenidos desde que empezaron los ingresos del régimen de excepción.Cientos de personas, en su mayoría mujeres y niños, conformaron la fila, la cual se extendió hasta la entrada del Centro de Detención Menor La Esperanza, que se encuentra a aproximadamente 400 metros del portón principal. Lo que no sabían, es que la información venía acompañada de una condición: se notificaría el paradero de sus familiares, pero tenían que retirarse del lugar y dejar de acampar afuera del penal.

Todo marchaba dentro de lo normal, hasta que de repente, a las 10:12, unos gritos rompieron el poco orden que existía a media fila. “¡Traigan agua, alcohol o dulces!” gritaba una joven de aproximadamente 20 años de edad, quien en sus brazos sostenía a Gloria, de 35 años, quien se encontraba postrada sobre un banco rojo con sus ojos cerrados.

Gloria se desmayó. Bajo el sol, sus parientes se acercaron y la bañaron con la poca agua y alcohol que tenían. Desmayada, pero seguía en la fila. Inconsciente, pero presente. “Avancen, aquí le vamos a guardar su lugar, ustedes aquí van” dijo una mujer mientras daba otro paso a la ansiada información. “Es que a ella así le agarra, bien seguido se desmaya”, susurró otra. “¡Dulces, dulces!” Gritaba un vendedor que aprovechaba lo ocurrido. Gloria, en efecto, sufre desmayos y padece de una hernia, según comenta una de sus familiares. Se mantiene afuera de Mariona y continúa en la fila, a pesar de su condición, para tener información de su hijo, de 18 años, quien fue detenido en La Libertad. Nada iba a detener a Gloria de ingresar a la sala de información luego de pasar 24 días sin saber sobre el paradero de uno de sus seis hijos. Un desmayo a pocos metros de saber dónde estaba era irrelevante, un pequeño bache en el camino.

Para las mujeres que han estado presas en la esperanza, frente al penal con el mismo nombre, este tipo de escenas son habituales. El cansancio es extremo y la alimentación inadecuada. Algunas comen solo un tiempo por falta de recursos y otras se organizan para comprar alimentos y suplir sus necesidades en conjunto. Los costos para mantenerse un día y una noche frente al penal varían según la cantidad de personas presentes de una misma familia y de las veces que se pague el uso de baño, ducha y alimentos. 

RECURSOS. Muchas familias han unido esfuerzos y comparten espacios para dormir y comer. Esta familia esperaba la liberación de 14 de sus familiares.

Las mochilas y carteras grandes juegan un papel importante en este espacio. En ellas guardan ropa a montones, zapatos, sandalias y en el espacio que sobra, utensilios de cuidado personal. Las rotaciones familiares se hacen de 3 a 4 días. Quien regresa a casa lleva la ropa de las demás para lavarla, descansar un día y regresar nuevamente a lo que se ha vuelto su segunda casa en las últimas semanas, la calle que conduce a Mariona. Sin embargo, el tiempo de espera para lavar ropa interior resulta ser muy largo, por lo que algunas mujeres optan en comprar en las ventas ambulantes que se acercan a los campamentos ofreciendo su producto.

El sol ya no es un problema, se perdió entre las espesas nubes que se posaron sobre la zona. Aproximadamente a la 1:30 de la tarde, la lluvia se unió a la espera. Las pocas gotas se convirtieron en una tormenta que golpeó con fuerza a la gente y sus pertenencias que estaban apiladas a la orilla de la calle, algunas tapadas con bolsas.

Foto: LPG/ Wendy Urbina

Entre la multitud se ven, debajo de un árbol, dos mujeres. Quienes con una sombrilla amarilla y los pies firmes intentan protegerse del agua y de la corriente que pasa a un costado y debajo de ellas. No pueden cruzar, el avanzado embarazo de una de ellas la pone en riesgo. Saltar es un peligro, mantenerse en el lugar si la situación empeora, también. 

BAJO LA LLUVIA. Dos mujeres esperan que la lluvia pase en un tramo de tierra que comparten para dormir. Una de ellas, en avanzado estado de embarazo.


“Ya solo días le faltan para tener al niño”, comentó una mujer que se cubría con una bolsa negra, dejando salir medio rostro por un agujero. Desde su improvisada protección, esperaba de pie y con los brazos cruzados, como dándose un abrazo a sí misma, que la situación mejorara. No había nada que se pudiera hacer, nada salvo esperar.

El panorama se tornó gris para la tarde del viernes y los próximos días. Los pocos recursos no contemplaban el gasto en plástico, capas o sombrillas, cosas que serían necesarias teniendo en cuenta que se esperaban lluvias para el fin de semana. Al caer la noche, las pláticas entre las personas de la calle convergían en un solo punto: primero Dios que no llueva. Las súplicas fueron escuchadas y esa noche no llovió.

Las sirenas de las patrullas y agentes de la UMO le dieron la bienvenida a la noche. Cerca de una docena de autobuses entraron por la calle que divide el penal con el centro de Detención Menor. Eran las 7 de la noche y la fila de familiares seguía en pie con la misma longitud desde que inició.

De repente, hubo alboroto. Los rumores iniciaron de nuevo. “Va a haber traslado de reos, dicen”, mencionaban a voz baja. “¡Vaya todos los que están en esta fila se me pegan a la pared y miran para allá!” les dijo un agente de la UMO señalando el muro del penal, mientras colocaban una cinta amarilla de extremo a extremo de la calle. Todos obedecieron: mujeres, hombres, ancianas, ancianos, niñas y niños.

Al paso de las horas, el grupo empezó a crecer. Ya no solo se encontraban en medio del caos las familias de los detenidos, sino también los habitantes de la colonia San Jorge, la Estacada y Los Llanitos que regresaban de su trabajo. No había paso para nadie en la entrada trasera del penal hasta que el traslado finalizara y para eso, no había hora definida. “Venimos con el director” comentó un policía que llegó repentinamente en una patrulla. Detrás una camioneta sin placas esperaba que se le abriera paso, pero recalcaron, no había.

A las 8:40 de la noche, el vehículo sin placas se vio forzado a ingresar por el portón principal, pasando lentamente frente a los familiares que caminaban en la calle y se preparaban para pasar una noche más a la deriva. Su estancia duró solo 39 minutos, a pesar del caos que generaba el hecho de que en 21 minutos, a las 9 de la noche, cerrarían la sala de información que aun albergaba a cientos de personas que esperaban ser atendidas.

PRESENCIA OFICIAL. Una camioneta sin placas ingresó al penal la noche del viernes.

Nadie se enteró de quien ingresó al penal; sin embargo, desde el vehículo, el director, sí se enteró de quienes estaban afuera.

RECURSOS. Las reuniones religiosas afuera del penal brindaban consuelo a quienes pasaban la noche en el lugar. Las autoridades ya no permiten que familiares se concentren en el área.

A las 9:05 de la noche, abandona la sala de información la última mujer atendida para la primera jornada. Elsa Ruth Pineda, de 61 años, viajó desde Sonsonate para tener información de sus dos hijos, Alfredo Aguilar, de 33 años y Erick Pineda, de 24, quienes fueron detenidos en el mismo departamento.

Después de haber perdido la cuenta de los días de su detención, el 20 de mayo finalmente le confirmaron a Elsa el paradero de ambos. Están en Mariona. Para obtener este dato estuvo 12 horas en la fila. Detrás de ella, cientos de personas no corrieron la misma suerte porque el centro de información había terminado su jornada laboral. No hubo aviso alguno y la puerta fue cerrada. “¿Ya estuvo?, ¿terminó?” preguntaban unos a otros.

“Traigan el cartón y consigan otro lapicero, haceme números del 1 al 100, vos del 101 al 200 y así hasta que completemos” dijo una mujer que tomó el liderazgo. Hacer los números no fue tarea fácil, entregarlos tampoco.

ORGANIZACIÓN. Las familias entregaron fichas numeradas para mantener su lugar en la fila de información. El horario finalmente fue extendido después de las 9 de la noche.

Entre discusiones por la numeración y gente caminando por todos lados, dos personas del centro penitenciario salieron a dar una noticia: por consideración a las horas de espera, extenderían la atención durante toda la noche. Aplausos, aplausos, aplausos. El cansancio no impidió celebrar.

Al ocultarse el sol, a solas o en aglomeraciones, dormir es un privilegio. Acostadas sobre la grama, sobre un cartón, sobre bolsas o, si tienen suerte, sobre un colchón sucio, descansan esperando que nada malo pase. Esperando la buena voluntad de los desconocidos que pasan por la calle a cada minuto.

Son las 2:28 am y a un costado, decenas de bultos yacen en la calle. No se distingue quienes son. Están cubiertos con gorros, sábanas y suéteres; solo se sabe que duermen. Un carro pasa a pocos centímetros de donde duermen, alumbra todo y nadie se mueve. Pasa a pocos centímetros de donde descansan, pero no pasa nada- Ya están acostumbrados.

Foto: LPG/ Wendy Urbina

De repente, tres mujeres se sientan frente al penal, para tener luz. La calle es larga y oscura, los únicos focos son los reflectores dentro del penal, los del portón de la entrada principal y los de un comedor que apenas y alumbra a quienes duermen en sus puertas. 

Celina, de 45 años; Yanira, de 25 y Rosmeri, de 27 arman juntas los kits para ingresar a sus familiares dentro del penal. Celina fue por su hijo, Yanira y Rosmeri por sus esposos. Según ellas, su delito fue vivir en una zona dominada por pandillas.

“Dijeron que se lo llevaban porque en la colonia donde vivimos el 90% son pandilleros”, dijo Yanira, mientras aseguraba que los tres presentaron pruebas de su inocencia en la audiencia; sin embargo, fueron enviados al penal por seis meses para ser investigados. Además, mencionó que un policía le pidió $5 para entregarle el DUI de su esposo, después de que este fue detenido. Yanira no accedió, no le pagó y el policía no lo entregó. A Marco la autoridad no solo le quitó su documento de identidad, sino también su libertad. 

Este problema es recurrente para los familiares de los detenidos, especialmente para las mujeres que se dedican al cuido y a trabajos del hogar, quienes han visto en la necesidad de reducir costos de manera significativa y de buscar trabajos temporales para cubrir los gastos de sus hogares. Y ahora, también para cubrir los costos de la detención de sus seres queridos como el pago de abogado, la estadía afuera del penal y el costo de los paquetes que varía según la cantidad de productos que contienen.

PAQUETES. Mujeres hacen fila para entregar paquetes permitidos para las personas detenidas. Esta es la segunda fila que las familias tienen que hacer.
GASTO EXTRA. Los paquetes con insumos para los detenidos varían en precio y contenido. Los familiares incurren en gastos adicionales para llevar artículos necesarios.

Es sábado 21 de mayo, son las 5:30 de la mañana, el sol empieza a aparecer, la brisa es fría y el cielo se volvió de un tono celeste oscuro. Los bostezos se vuelven la imagen recurrente. Las personas despiertan, pero pocas se levantan. No hay mucho que hacer, es temprano. Todas saben que lo importante ocurre de 8 a 9 de la mañana, cuando de la puerta de entrega de paquetes salen los reos liberados del día. Platican mientras se hace la hora, dan gracias de que una noche más en la calle ha finalizado.

Foto: LPG/ Wendy Urbina
CANSANCIO. Una mujer duerme donde hacía fila para obtener información de su familiar detenido. Quienes van a su trabajo la observan desde un microbús de la ruta 6.

Desde las 7 de la mañana el movimiento en la calle aumenta, llegan las 8 y empiezan las discusiones. Se riega un rumor. Los custodios no quieren a nadie frente al portón, sino no liberarán a nadie, ellos mandan. Quienes no saben se acercan, toman fotos del rótulo de información de entrega de kits que está colgado en la entrada y empiezan los gritos. “¡Que se quiten, no quieren a nadie ahí, entiendan!”, “¡Vaya para afuera, por ustedes no los sacan!” se escuchaba. Una hora pasó, una hora de gritos, de ansiedad y de nervios. Una hora donde todas esperaban ver en los liberados un rostro conocido.

La espera terminó a las 9 a.m. Aproximadamente 10 reos salieron con su hoja de libertad en la mano. Pálidos, desorientados y sorprendidos de ver a tanta gente abren la boca y entrecierran los ojos. Ninguno dice nada, apenas y asimilan que están afuera, libres. Las mujeres corren y los agarran del brazo, no importa quienes son o si no los conocen, los reciben. Otras aplauden y gritan de alegría. Sin embargo, entre la celebración, se palpa angustia. 

Familiares llaman a los reos liberados para ingresarlos a su zona segura, lejos de custodios, soldados o policías para evitar que los ingresen al penal nuevamente. Foto LPG/Wendy Urbina.

En segundos varias mujeres ingresan a los liberados a sus zonas seguras, lejos de custodios, soldados o policías. Les cambian sus ropas blancas para evitar que los ingresen nuevamente al penal. La solidaridad es visible, el deterioro físico de los liberados también. Todos lo notan, pero nadie lo dice, prefieren celebrar la liberación de un desconocido y alimentar la esperanza de que mañana o pasado mañana, quien salga será de su misma sangre.

La alegría es efímera en ese lugar. Mientras pasa el alboroto, poco a poco, todas regresan a su espacio para volver a empezar. Como si ya estuvieran asignados. Como si fueran celdas en la calle, en la acera y frente al portón del penal. Regresan y quedan, un día más, como si fuera nada, esperando ser libres de una condena compartida.

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  • Centro Penal La Esperanza
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