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“Que conozcan que he cambiado. No quiero quedarme en el sillón”

Un verdadero éxodo vivieron ayer los peregrinos que participaron en la vigilia de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ). Desde antes de las 7 de la mañana los jóvenes empezaron a movilizarse con mochila en la espalda y bolsas de dormir, aunque la actividad inició 12 horas después.
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Llamado. El papa Francisco hizo un llamado a los jóvenes a dejar el sillón de la comodidad e involucrarse más en el trabajo de un futuro mejor.

Llamado. El papa Francisco hizo un llamado a los jóvenes a dejar el sillón de la comodidad e involucrarse más en el trabajo de un futuro mejor.

Fervor. Jóvenes de todas partes del mundo se reunieron con el papa en Polonia.

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“Que conozcan que he cambiado. No quiero quedarme en el sillón”

“Que conozcan que he cambiado. No quiero quedarme en el sillón”

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Para llegar al Campo de la Misericordia en las afueras de Cracovia, Polonia, donde se desarrolló la vigilia, había que caminar alrededor de 12 kilómetros, desde la última parada del tranvía. Por la mañana, los cánticos, las vivas, que siempre caracterizan a los peregrinos se habían apagado. El camino fue duro.Ya en el campo, los grupos de peregrinos apartaron su espacio con bolsas plásticas, toldos, lazos, con lo que tenían a mano, se instalaron para esperar al papa y para tener un lugar donde dormir por la noche. Aunque la vigilia inició en la noche, desde mediodía abajo aquello se convirtió en una fiesta.

La música ponía ambiente en el lugar y el intercambio o “change”, una tradición bien marcada de los peregrinos, floreció. Durante toda la tarde, grupos de jóvenes de diferentes países con llaveros, pulseras, rosarios, camisetas, banderas y otros regalos se lanzaron a caminar entre las diferentes zonas del campo para intercambiar y llevarse un pequeño recuerdo de otro país a casa. El idioma no era problema: a señas, con un inglés bien pero bien básico y mal pronunciado a veces, todos se entendían.

A las 7 en punto, cuando los jóvenes disfrutaban de la música, apareció en las pantallas el papa Francisco, por quien todos esperaban. La multitud, unos 1.6 millones de personas, según el cálculo de los organizadores, se encendió.

La vigilia inició con el testimonio de algunos jóvenes, el más largo y quizá más emotivo, que además serviría luego de ejemplo en el discurso del papa, fue el de una joven siria que contó su dura experiencia de un país que vive en guerra y pidió a la multitud que rezara por su país. Por eso, Francisco pidió después a la juventud que le escuchaba atentamente que era hora de terminar con la indiferencia ante tantos problemas que muchos sufren hoy día. Atento a las palabras del papa, que eran pronunciadas en italiano, estaba Manuel Melgar, con sus audífonos puestos, para escuchar la traducción al español. Es un joven salvadoreño, vive en el cantón Las Minas, Chalatenango, y ha participado en esta JMJ impulsado por su padre, quien también lo acompaña en esta experiencia.

Los que rodean a Manuel parecen distraerse fácilmente con todo el movimiento que hay alrededor, en el sector donde les tocó no tienen siquiera de frente el templete donde está el papa, lo ven nada más a través de una pantalla que también está bastante lejos. Pero Manuel luce pendiente. Dice que esta es “quizás la primera y la última experiencia y oportunidad de estar cerca del papa Francisco” y por eso aprovecha todo lo que puede. Además, llegar a Cracovia no fue fácil. Cuenta que vendió almuerzos en su comunidad, instaló un pequeño vivero en su casa y vendió plantas también.

A Manuel le ha tocado mucho lo que el papa dijo sobre la “parálisis” que tienen muchos jóvenes hoy en día, esa que confunde la felicidad con estar tranquilo en un sofá, mientras otros deciden su futuro. Francisco les advirtió que para muchos es más fácil y beneficioso tenerlos así: embobados y atontados. “Pero la verdad es otra: queridos jóvenes, no venimos a este mundo a ‘vegetar’, a pasarla cómodamente, a hacer de la vida un sofá que nos adormezca; al contrario, hemos venido a otra cosa, a dejar una huella. Es muy triste pasar por la vida sin dejar una huella. Pero cuando optamos por la comodidad, por confundir felicidad con consumir, entonces el precio que pagamos es muy, pero que muy caro: perdemos la libertad”, recalcó el papa.

Por eso Manuel asegura que lleva “un compromiso grande con Dios, aquí me he despojado de muchas cosas, quiero hacer las cosas de mejor manera, que mi familia sea más unida. Que mis amigos me conozcan no por el viaje que vine a hacer sino por cómo he cambiado, no quiero quedarme en el sillón”.

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