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Relato | Los últimos habitantes de la Finca Santa Elena

Inversiones Cayalá busca, por la vía judicial, desalojarlos y trasladarlos a Rosario de Mora, un lugar que han señalado como más precario. Algunos ya empezaron de cero.

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Denuncian. Familias denuncian que el terreno para reubicarlas es más precario y lejano de Nuevo Cuscatlán.

Denuncian. Familias denuncian que el terreno para reubicarlas es más precario y lejano de Nuevo Cuscatlán.

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Acompañada de cuatro policías, Vilma Navas, jueza de paz de Nuevo Cuscatlán, inició ayer, la inspección en la Finca Santa Elena, previo a la audiencia en la que decidirán el desalojo de sus habitantes. Teresa, una mujer de 67 años, quien creció en la finca sembrando café, observa desde la entrada de su casa el momento en que inicia una batalla judicial contra Inversiones Cayalá, dueña del inmueble desde 2015.

A pie, desde la Finca Santa Elena hasta el casco urbano de Nuevo Cuscatlán, hay 20 minutos. Para llegar al pueblo se recorre una vereda recta en la que, de vez en cuando, se encuentra una casa de lámina. A veces, una mitad lámina y mitad concreto. Esto lo recorren muchos niños, a diario, para ir a la escuela. También hombres y mujeres que salen a trabajar. La mayoría, cuentan sus habitantes, se dedican a oficios varios con la gente del pueblo. Otros tienen sus propios negocios.

Teresa y los habitantes de la finca aseguran que estarían dispuestos a retirarse si les ofrecen reubicación en el mismo municipio. "Todo y cuando nos den donde vivir, un pedacito por ahí cerca, que me les den a mis hijas también", dice. Sin embargo, la empresa les ofreció un terreno en un lugar en Rosario de Mora.

Luego de la inspección, según explicó la jueza, sería convocada la audiencia, la cual todavía no tiene fecha para llevarse a cabo y tres días después se decreta sentencia. Sin embargo, es decisión de la jueza cuánto tiempo le otorga a los habitantes para desalojar el lugar, si fuera el caso.

Empezar de cero

Cinco casitas se pierden entre cerros. Cinco que fueron levantadas, hace poco, con mucho esfuerzo, cuenta Francisco (nombre ficticio). Llegaron ahí, a Rosario de Mora, en noviembre, cuando todavía no había nada. Se asentaron con sus hijos, sus mascotas y sus cosas en medio de la nada. Un monte alto, dice, casi lo cubría todo, incluso las veredas.

Dormían al aire libre. "Confiando en Dios", dice Francisco. Después fueron juntando materiales para construir. Luego de varios meses, las veredas apenas lucen despejadas y las casas de lámina se divisan cuesta abajo. El terreno es un pequeño embudo, como dos cuestas que se encuentran. Las casitas que han levantado, de hecho, están construidas sobre la poca superficie plana que hay después de ir caminando cuesta abajo.

Para llegar a este espacio que, por ahora, tiene cinco casas, pero que en el futuro, según sus nuevos habitantes, se llamará comunidad Las Victorias, se recorren 15 minutos en vehículo desde el pueblo de Rosario de Mora. Luego, un cerco de alambre cierra la entrada en carro y obliga a continuar a pie por donde se caminan casi diez minutos en bajada sobre una vereda de tierra. Por el camino hay restos de casas que alguna vez intentaron construir con ladrillo y ya no continuaron. Al final de la vereda se divisan, por fin, las viviendas habitadas.

Aunque sus nuevos habitantes dicen que es un lugar tranquilo, sus vecinos antiguos no piensan lo mismo. En la delegación de la Policía Nacional Civil (PNC) dicen que en el área "no hay tanto crimen", pero que en sus alrededores sí. Luego, al llegar a la alcaldía, empleados recomiendan no entrar sin alguien de la zona.

En la que antes fue su casa, la finca Santa Elena, también se sentían seguros, dicen. Pese a que en la finca vecina, la Suiza, encontraron un cementerio clandestino hace unos meses. De donde ahora viven, hasta Nuevo Cuscatlán, hay más de una hora en carro y más de dos en transporte colectivo.

"Yo para firmar no fue de un día para otro, le pedí a Dios que me guíe. Me vine porque no teníamos donde vivir. No tenemos escritura todavía, pero va a haber reunión", dice Francisco. Aunque la empresa les prometió que la nueva propiedad les pertenecería por ley, tras casi nueve meses, todavía no tienen escritura. Él cree que por falta del documento, de las 40 familias que se fueron de la finca Santa Elena, muy pocos llegaron al lugarofrecido. Así, la comunidad se partió en tres: los que se quedaron, los que se fueron a San Ramón y los que buscaron su propio sitio.

LA PRENSA GRÁFICA consultó a Julio Bracamonte, el representante legal de Inversiones Cayalá, cuál fue el criterio para elegir un espacio para reubicar a los habitantes de la finca Santa Elena. Sin embargo, respondió que "no tengo ningún comentario, ya he respondido preguntas por este tema", y cortó la llamada.

El cambio, sin embargo, ha sido más difícil que solo construir una nueva casa, cuenta Francisco. Para trasladarse tuvo que renunciar al trabajo que tenía. Ahora va al pueblo de Rosario de Mora a ver si sale algo. Y en su tiempo libre termina lo que le falta para levantar su casa o acarrea agua, pues en su nueva casa, no hay agua potable ni electricidad. Francisco y su familia, volvieron a empezar de cero.

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