Relato Afuera también pagan una pena

El nene de un año y medio pide a su madre la pacha. Ella le dice que si se la toma, no tendrá para el siguiente día.
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Está acostado sobre una sábana en la acera de la calle principal del barrio La Sierpe, en Chalatenango. Él y sus familiares ingresarán el siguiente día a visitar a su pariente que se encuentra recluido en el centro penitenciario de ese municipio.

Junto a él se encuentra su madre, quien afirma que no cuenta con los recursos suficientes para el pago de una colchoneta o una hamaca en “la galera”, mucho menos para el hotel, en el que deben cancelar $20. Comenta que viajó desde San Miguel y solo en el pasaje gasta semanalmente $30, lo que se traduce en $120 mensuales. Su estadía en Chalatenango dura de dos a tres días. Asegura que ya se ha quedado en “la galera” otras ocasiones, pero que debe pagar diario $3.50 por el alquiler de una colchoneta o $3.00 por el de una hamaca, esto incluye el préstamo del servicio sanitario y los baños.

“Haciendo la cuenta, nosotros gastamos casi $75 cada semana que venimos, porque a veces nos toca pagar hasta por las maletas que andamos, porque traemos ropa y sábanas”, comentó una de las mujeres.

A pocos metros, en “la galera” dos niños inventan juegos para mantenerse entretenidos. Los mayores no les permiten salir a la calle. Cantan, bailan, corren. Dormirán en una colchoneta y, según sus familiares, hay ocasiones en que no pueden conciliar el sueño. “A veces se acostumbran a andar en estos líos, pero hay veces que lo sienten y resienten el desvelo, la incomodidad, igual que nosotras”, comenta una madre.

Los niños y niñas aún no se pierden de las enseñanzas en las escuelas. Tienen apenas dos, tres, hasta cuatro años y viajan, incluso desde el otro extremo del país.

Los menores deben levantarse temprano para realizar su aseo personal, comer y prepararse para iniciar el proceso de registro para ingresar al penal. A las 7:30 de la mañana deben pasar el primer registro. Sus madres se sientan y esperan el llamado. Mientras tanto, los menores buscan piedras, arena, y uno que otro objeto que será su parque de diversiones.

De acuerdo con las madres, muchos de los niños concluyen la jornada agotados y el efecto “recompensa” de ver a sus padres, se difumina rápido. “Ver a su papá, a su abuelo, es la recompensa, pero como han cargado durante días con el cansancio, al final su alegría solo dura unos minutos”, dijo una madre.

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