Resignados a la impunidad

Las familias de cinco de las 11 víctimas de la masacre de San Juan Opico, ocurrida el 3 de marzo, han renunciado a la esperanza de que se haga justicia. Intentan acostumbrarse a vivir con la pérdida de sus familiares, y a la vez luchan contra la precariedad que les ha traído la ausencia de quienes, en algunos casos, los sostenían económicamente.
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Francisco Ábrego.  Su madre relata que, aun con osteoporosis, él trabajaba de colocar postes para ganar el dinero que les alcanzara para sobrevivir.

Francisco Ábrego. Su madre relata que, aun con osteoporosis, él trabajaba de colocar postes para ganar el dinero que les alcanzara para sobrevivir.

Video.  Diputados reproducen durante la plenaria de ayer un video que se filtró en redes sociales sobre la masacre en San Juan Opico.

Video. Diputados reproducen durante la plenaria de ayer un video que se filtró en redes sociales sobre la masacre en San Juan Opico.

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Un mes y 17 días después de la masacre, en la que  pandilleros asesinaron a nueve empleados de una distribuidora de energía  y a dos jornaleros, las familias de cinco de las víctimas coinciden en que la Fiscalía General de la República   solamente les ha llamado por teléfono, una tan sola vez, para preguntar dónde enterraron a sus familiares. Y no ha llamado nuevamente ni se ha acercado a sus viviendas. Tampoco les ha permitido saber cómo van las investigaciones para, tal vez,  responder la pregunta que más les atormenta: por qué los asesinaron.  

 “Una de las cosas que más duele es que uno no sabe por qué los mataron y en la Fiscalía no nos dicen nada, y ya ni queremos ir a preguntar. El día en que fuimos a reclamar los cadáveres, la gente de la Fiscalía se portó mal con nosotros y por eso ya ni hemos querido preguntar cómo van las investigaciones, le dejamos esto a Dios”, comenta el padre de uno de los trabajadores que fueron asesinados.  

 El padre de la víctima detalla que el día en que fueron a reclamar los restos, los encargados de la oficina fiscal  les dijeron que tenían que salir de las instalaciones porque iban a cerrar por la hora de almuerzo, y que, mientras tanto, tenían que regresar al Instituto de Medicina Legal (IML) de Santa Tecla para que uno de los forenses les corrigiera la hora en que habían sido levantados los cadáveres de la escena del crimen.   Todo el problema era que había una diferencia de minutos en el reporte de la Fiscalía con el reporte de los forenses.

 Cuando las familias regresaron al IML, el forense les dijo que ese era un problema insignificante y que podía resolverse con una llamada desde la oficina fiscal hacia el IML. Ese acto burocrático de la oficina fiscal detonó en que las familias continúen, 40 días después, con la idea de que nunca se hará justicia.

       Siguen resignados a pesar de que el fiscal general, Douglas Meléndez, llegó a decir a la escena de la masacre que “este caso no quedará impune”. Siguen resignados a pesar de ver en los noticieros que el Gobierno, tomando como punto de partida la masacre, agilizó la discusión para implementar medidas extraordinarias ante la criminalidad y dijo que capturaría a los culpables.

 Las cinco familias coinciden en que la pérdida de sus hijos, esposos, primos o  hermanos las han obligado a buscar nuevas formas de sobrevivir económicamente. Algunos de los hombres que fueron asesinados eran los únicos que trabajaban en sus familias. Uno de ellos, por ejemplo, trabajaba colocando postes, aun con osteoporosis, para alimentar a su hija de tres años. Otro lo hacía para comprar láminas y reconstruir la vivienda en donde vivía con sus padres y hermanos. Y otro, porque acababa de acompañarse y quería tener dinero para sostener su nuevo hogar.

Marvin Iván Durán Santos
  Era el único de su familia que trabajaba formalmente. Su padre dice que a veces quisiera vengar la muerte de su hijo, pero se ha resignado.
 Marvin tenía 27 años, estudió hasta séptimo grado en la escuela pública de Cuisnahuat, Sonsonate, y luego abandonó la escuela porque comenzó a fijarse que en la casa hacían falta muchas cosas,  sobre todo comida. Desde su adolescencia acompañaba a su padre a cultivar maíz para vender y para consumo de la casa.   
Un día, cansado de trabajar en la tierra y recibir poca recompensa para ayudar a su familia, le comentó a su padre que una empresa distribuidora de energía eléctrica le daba la oportunidad de trabajar formalmente. Le dijo que eran proyectos en distintos puntos del país y que estaba dispuesto a ir, aun con el peligro de ingresar a lugares con presencia de pandillas, para ayudar con un dinero extra a su familia.

 “Cuando fui a la escena de la masacre, me quedé sorprendido porque nunca me imaginé que mi hijo trabajara bien adentro de ese cantón, con toda esa amenaza de las pandillas. He tenido pensamientos malos desde entonces, de  ir a buscar a esa gente mala y hacer justicia por mi mano, porque no creo en la justicia terrenal. Fui miembro de las organizaciones sociales que lucharon en la guerra y tengo la experiencia para hacer justicia, pero mejor no”, dice el padre de Durán.


Gerson Carlos Murcia
Fue a trabajar a San Juan Opico porque quería reconstruir su casa en Cuisnahuat, Sonsonate, y fue asesinado en su primer día de trabajo.  
 
Gerson le había dicho a Marvin Durán, otra de las víctimas, que necesitaba comprar unas láminas para reconstruir la vivienda donde vivía con sus padres y hermanos, por lo que necesitaba un empleo. Marvin le dijo que había una oportunidad en la empresa donde trabajaba y que en ese momento iban a comenzar a trabajar en un proyecto de instalación de postes para el tendido eléctrico en San Juan Opico. Gerson aceptó y luego de ir a una capacitación, le entregaron un chaleco y un casco. Le dijo a su mamá que pronto comprarían unas láminas más duraderas para las paredes de la casa.
“Estaba feliz porque le habían dado el chaleco y el casco, ahora me duele mucho recordarlo porque era el único hijo más grande que me ayudaba en cualquier cosita de la casa. Yo quisiera que esto solo fuera una pesadilla, pero es real y tengo que vivir con esto todos los días, sin que sepa por qué me lo mataron”, dice la madre de Gerson.

  Francisco Javier Ábrego
  Dejó en la orfandad a una niña de tres años. Por ella trabajaba, aun con osteoporosis. Tras su asesinato, su viuda tuvo que buscar trabajo como empleada doméstica.
 Francisco tuvo que  trabajar desde que tenía 15 años. Su madre nunca pudo establecerse en un solo lugar porque no tenía suficiente dinero para comprar un terreno. A veces, según cuenta ella, no tenían dinero ni para comprar comida.  
El sueño de Francisco era sacar a su madre del terreno ubicado en una zona montañosa de Jayaque donde le habían dado un espacio con la condición de que cuidara el lugar hasta que el dueño decidiera venderlo o sembrar. Pero sobre todo, su  meta era ofrecerle una mejor vida a su hija de tres años.
La noche anterior a la masacre le dijo a su madre y a su esposa “ahora sí las cosas cambiarán”, según cuenta la madre, porque el proyecto en el que iba a trabajar en San Juan Opico era la oportunidad que estaba esperando para comenzar a ahorrar y tener menos limitaciones. Su madre y esposa le dijeron que lo pensara, porque su osteoporosis no lo dejaría trabajar.
 “Esa noche me dijo: ‘Mami, si tiene algo para el pasaje de mañana, présteme y se lo doy cuando me paguen’. Yo le di unas monedas y se quedó en la hamaca, pero no durmió nada porque le dolían los huesos”, relata la madre, y agrega: “Yo  ya dejé esto en las manos de Dios, porque no creo que agarren a los culpables, y si los agarran ya no podrán regresarme a mi hijo”. Tras el asesinato de Francisco, la esposa encontró trabajo como empleada doméstica en San Salvador, y mientras trabaja, deja a la niña al cuidado de sus abuelos.
 
José Carlos Espinoza Beltrán
Fue a trabajar para sostener su nuevo hogar.  
 José Espinoza recién se había ido de la casa paterna para iniciar una nueva vida con su novia.
Para mantener su nuevo hogar, empezó a trabajar para la empresa distribuidora de energía en San Juan Opico. Había planificado tener al menos dos hijos. Y ya lo había intentado, pero el embarazo se complicó.
 “Mi hijo nunca se metió con nadie, no era pandillero, y hasta iba a la iglesia conmigo. Yo estoy resignado. He dejado esto en las manos de Dios porque soy de los que creen en la justicia divina, porque no hay justicia en este país”, comenta el padre de Espinoza.

 Jorge Alberto Colorado
  Su pasión era la guitarra y cantar en la iglesia. Antes de la masacre, le cantó un  “Feliz cumpleaños” a su madre.
 Jorge Colorado, de 46 años, había superado, finalmente y después de más de 10 años de lucha, el alcoholismo. Había dado un giro a su vida tras asistir a un retiro espiritual de la Iglesia católica, tres meses antes de la masacre, según cuenta su familia. Su nueva rutina era la siguiente: se levantaba a las 3:30 de la madrugada para ir a trabajar con la empresa distribuidora de energía eléctrica, regresaba a su casa en Jayaque, La Libertad, a las 7 de la noche y ensayaba alabanzas con su guitarra. Los domingos iba a misa y cantaba lo que había ensayado.
Su madre, como cada febrero, había regresado a El Salvador para celebrar su cumpleaños con sus hijos. Colorado era el único que siempre faltaba a las celebraciones porque se la pasaba en alguna cantina de Jayaque, según cuenta su hermana. Este año fue diferente, él le cantó a su madre el “Feliz cumpleaños” con su guitarra. Le pidió perdón por las veces que no estuvo antes y le dijo a su madre que estaba feliz de estar trabajando en San Juan Opico.

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