Responsabilidad del periodismo

La información es lo que determina una publicación periodística.
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Si se trata de algo sorprendente, que impacta a la sociedad y que tiene implicaciones trascendentales, tiene un espacio definido con base en esa importancia. Por el contrario, si es algo común y corriente, se le da un espacio pequeño y discreto.

El primer juicio contra pandilleros acusados de cometer actos de terrorismo es una de esas cosas que definen tiempos. Es algo que marca un antes y un después. Entra a la historia.

Así que cuando el juzgado le decretó reserva, hubo bastante frustración periodística. Sin embargo, dada la importancia que al caso le dio la institucionalidad salvadoreña (la Fiscalía y el Órgano Judicial) por la importancia misma del hecho, la reserva fue levantada. Y fue ahí donde se empezaron a revelar las intimidades de “la tregua” de las pandillas.

La información es importante, es relevante, tiene importantes implicaciones nacionales y se origina dentro de un proceso judicial, concluido la semana pasada, por lo que LA PRENSA GRÁFICA le dio todo el espacio que ameritaba. Y durante varios días.

Solo aquellos que temen verse descubiertos en las actividades oscuras que rodean “la tregua” —que no fue más que un pacto entre grupos criminales y representantes del Estado salvadoreño— son los que se oponen a que la información de este caso fluya de forma libre.

La única irresponsabilidad en la cobertura de “la tregua” es de parte de El Diario de Hoy, que ha permitido que sus páginas hayan sido utilizadas por un vocero de las pandillas.

“La tregua” ha tenido a la sociedad como detractora e incluso también a Estados Unidos. La Organización de los Estados Americanos (OEA) fue sorprendida en su buena fe (presenciaron un falso “desarme”: la entrega de chatarra en lugar de verdaderas armas).

Ha sido evidente que se ha tratado de una extorsión contra el Estado: la reducción de los homicidios en contra de las prestaciones (o pagos) que poco a poco hemos empezado a ver: 300 celulares por centro penal, la autorización de andar armados dentro de las cárceles e incluso la acusación de la entrega de armas de parte del Gobierno (es una situación que, por cierto, recuerda a la de los “pranes” venezolanos: capos de la delincuencia que viven como reyes en las cárceles con la anuencia de las autoridades y que cuando mueren, como sucedió con Teófilo Cazorla, “el Conejo”, son despedidos con ráfagas de armas automáticas disparadas desde la prisión).

Ahora que “la tregua” no funciona, vemos los efectos de la extorsión: la multiplicación de la muerte hasta el punto de convertir a El Salvador en el país más violento del mundo. Entonces, si como periodistas vemos los hechos, ¿por qué no vamos a darlos conocer?

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