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San Martín dividido por sangre

“Ellos (los pandilleros) dicen que no le hacen daño a los civiles, pero es mentira, esos babosos ya no atinan”, se lamentó ayer el hombre que vio por última vez a su sobrino el pasado lunes al mediodía, cuando su pariente salió con un amigo a atrapar pericos o iguanas para poder ganarse un par de dólares, en una zona conocida como El Naranjal, en San Martín. Y no volvió.
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El agricultor les advirtió a ambos que no fueran a ese “monte” porque, como el resto de personas que viven en esa zona de conflicto, debían saber armar sus rutas diarias para sortear el lugar que de momento se pelean las pandillas. El hombre recuerda que les dijo que en una milpa de esa zona “los bichos” (pandilleros) han improvisado un camino para no cruzar un barranco que colinda con el terreno que él y sus parientes cuidan.

Los dos hombres le respondieron que no había problema, que si no encontraban pericos o iguanas para la venta, iban a cortar leña, pues tenían que lograr algo para pasar el día. Cinco horas después de esa corta plática, aproximadamente a las 5 de la tarde del lunes, seis detonaciones de arma de fuego le avisaron a la comunidad que la pareja de amigos había sido asesinada a quema ropa. Y en ese momento empezó la búsqueda. Así, un día después, la Policía llegó a la zona y ubicó los cadáveres de Marco Antonio Morales y Andrés Bernardino Cerritos, ayer durante la mañana, a la par de unas rajas de leña que habían empezado a sacar.

“Acá es lo más oído: los deben de haber matado por cruzar el territorio de los otros bichos”, aseguró uno de los vecinos de las víctimas, que ayer se encontraba entre la gente que se acercó a la escena del crimen, entre gestos de lamentos e impotencia.

“Si yo todavía le dije: ‘Quedate y nos tomamos una cerveza’, pero quería ir a ver si se ganaba algo. Me dijo que después en la noche me iba a buscar, me quedé esperándolo”, continuó el inquilino de la zona, para referirse a la conversación que tuvo con una de las víctimas.

El agricultor, familiar de uno de los asesinados, comenta que el lugar había estado “calmado”, hasta diciembre pasado, cuando se empezaron “agarrar a balazos” pandilleros con policías. Fue a partir de ese momento que, en su opinión, revivió la ley de las fronteras que no se pueden cruzar, las fronteras tácitas que imponen las pandillas y que en menos de 24 horas cobraron la vida de cuatro civiles.

El lunes, a menos de 10 kilómetros del Naranjal, en la colonia Santa Fe de San Martín, también fueron asesinados otros dos hombres mayores por cruzar una de esas fronteras impuestas por las pandillas para dividir el territorio, al que cada vez se pelean con más fuerza o con más balas. Esos hombres, según sus familiares, llegaron al lugar para entregar un mueble, porque uno de ellos fue contratado para una mudanza. Fueron atacados en el pick up donde se conducían porque llegaban de una colonia donde opera la pandilla contraria.

“Si acá la zona estaba calmada, hasta el año pasado que se agarraron otra vez los bichos a bombazos. Pero hoy sí, a saber cómo vamos hacer”, comentó el familiar de una de las víctimas mientras caminaba hacia el límite del terreno rural en el que fueron encontrados los cadáveres.

Mientras el familiar de una de las víctimas continuó su relato, una joven aprovechó para esconderse en el interior de una vivienda y tomar fotos a los periodistas y a los agentes de la Policía Nacional Civil (PNC), que acompañaban con recelo a sus compañeros de Inspecciones Oculares que recolectaban la evidencia.

Luego de unos minutos, al margen de las cámaras de televisión y la saturación policial, el agricultor se planteó otra hipótesis sobre lo ocurrido. En un gesto de negación, tomó aire y, mientras todos se alejaban, en el final de un lamento, comentó: “Esto tiene que ver con los dos que mataron ayer. Es que estos bichos (los pandilleros) así se descargan cuando los atacan”, aseguró, mientras reporteros e investigadores abandonaban el lugar, una zona a la que juró nunca jamás volver.

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