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“Sentí que nos habían acostado de un soplo”

Que tu nacimiento haya sido un día de 1980, entre bombas y balas en el periodo de la guerra civil en El Salvador, y que sobrevivieras al terremoto del 10 de octubre de 1986 en la mañana marcan tu vida...
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Te hacen valorarla aún más. Con apenas seis años cursaba la preparatoria, en el Colegio Agustina Charvin, que estaba ubicado en ese

entonces en la 10.ª calle oriente, en el centro de San Salvador, próximo a la zona del castillo de la Policía Nacional Civil.Ese día me llegaron a recoger minutos después de las 11 de la mañana, era viernes, se salía temprano y el año escolar estaba a punto de terminar.

No recuerdo muy bien qué hablaba o qué hacía durante el recorrido del colegio a la casa, pero era un trayecto corto, cerca de cuatro cuadras; una vecina le hacía el favor a mi madre de llevarme de la mano hasta la casa.

Como todo niño a esa edad, el entusiasmo era llegar a ver caricaturas y luego salir a jugar con los vecinos.

Recuerdo que en la casa me esperaba con un abrazo y un beso mi abuela, Hortensia López, Mamá Tencha (Q. D. D. G.). Lo que pasó unos minutos antes de las 11:49 de la mañana no lo olvidaré jamás... y lo que pasó, o en lo que se transformó mi realidad segundos después, tampoco.

Fiel amante de las caricaturas, me senté en una mesita color amarillo –con asientos a cada lado– en los que nos colocábamos con mi hermana a ver televisión o comer... Ese día, a esa hora, solo yo estaba porque mi hermana iba en ruta en el microbús que la llegaba a dejar a la casa.

Transmitían en el Canal 2 el Pájaro Loco, apenas lo comenzaba a ver cuando frente a la casa llegó la señora de la verdura, bajó su canasto y mi Mamá Tencha salió a su encuentro; segundos después, me llamó para que le llevara su pistera para pagarle... Me levanté del asiento, fui a buscar su monedero, se lo llevé y al estar parado a su lado ocurrió el terremoto.

Apenas recuerdo que me tomó con la mano derecha, no me soltó jamás... Sin tiempo para pensar nada, sentí que nos habían acostado de un soplo; segundos o minutos después, al abrir los ojos, lo que teníamos encima era tierra, piedras, madera, tejas... Escombros.

No sé cuánto tiempo pasó para que nos llegaran a auxiliar: me paré, vi alrededor y absolutamente todo estaba en el suelo... Había desaparecido.

Mi abuela, por gracia de Dios, soportó a sus 79 años ese terremoto... Una sobreviviente y ejemplo de mujer: tenía una herida grave en un brazo, pero soportó y esperó pacientemente –como siempre lo fue– la atención de los cuerpos de socorro.

A mí, un clavo me hizo una herida cerca de la cadera. Tras ver que a mi abuela la atendían, y que yo no tenía mayor afectación, no me olvidé de mis juguetes; caminé sobre los escombros de mi casa, mientras trataba de entender qué había pasado. Busqué mi cumbo amarillo donde guardaba los juguetes... jamás los encontré; al pasar por la que fue la sala, distinguí entre lo derribado la mesa en que nos sentamos con mi hermana: había quedado aplastada por un bloque de adobe, eso me impactó.

Si no hubiera sido porque Mamá Tencha me llamó segundos antes del sismo para que le llevara el monedero, no estaría contando la historia. Dios, y ella como instrumento, me salvaron de morir en el terremoto del 10 de octubre de 1986. Gracias, abuelita.

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