Ser asesinados en el primer día de trabajo

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Gerson Carías, de 26 años, y Érick Durán, de 24, recién estrenaban su casco ayer para trabajar, junto a su primo Marvin Durán, de 27, excavando en la calle principal del cantón Agua Escondida de San Juan Opico, La Libertad, para colocar postes del tendido eléctrico, cuando fueron maniatados y asesinados por pandilleros.

Gerson y Érick, cansados de salir todos los días desde su casa en Cuisnahuat, Sonsonate, a buscar empleo y fracasar en el intento, le pidieron a su primo Marvin que los recomendara para trabajar en la empresa Energía y Suministros donde Marvin había trabajado desde que tenía 18 años.

La empresa los contrató el pasado 29 de febrero, y después de una pequeña capacitación les entregó cascos amarillos y algunas herramientas para que se unieran ayer al equipo que trabajaba llevando la electricidad a las casas del cantón Agua Escondida. Así lo comentaron las madres de Gerson, Érick y Marvin, quienes fueron las primeras en llegar a la escena del múltiple crimen, trasladadas al lugar por empleados de una funeraria que llegaron hasta la puerta de sus casas para anunciar la noticia.

“Los tres muchachos eran primos y se apoyaban mucho, se habían reunido a las 5 de la mañana en punto en la salida de Cuisnahuat para venirse al Poliedro, donde el ingeniero de la empresa les dijo que los iba a esperar a las 6:30 de la mañana para traerlos a este proyecto (en San Juan Opico)”, dijo la madre de Gerson, quien agregó que el joven deja en la orfandad a una niña de cuatro años.

El padre de Érick, sentado sobre una piedra bajo el sol de la tarde y frente a la cinta amarilla de la Policía, dijo con indignación que los tres muchachos eran “honestos y trabajadores”, y que “el pueblo de Cuisnahuat está olvidado y no hay empleo, por eso cualquier trabajito que sale es una bendición, aunque sea muy arriesgado”.

Arriesgado, de acuerdo con el padre de Érick, incluyó que su hijo tuviera que exponerse ayer a las 9:30 de la mañana a que pandilleros del sector donde comenzó a trabajar lo rodearan, sin aparente motivo, con armas calibre 38, 9 milímetros, escopetas calibre 12 y armas blancas. Incluyó que ataran sus manos a su espalda con cintas negras de zapatos, como lo hicieron con la mayoría de las 11 víctimas, y que luego lo colocaran en el suelo boca abajo con seis de las víctimas en la primera de las tres escenas encontradas por las autoridades. Incluyó que lo golpearan y que luego lo asesinaran con arma blanca y con balas.

Media hora después de que los familiares de los tres primos habían llegado a la escena, un investigador de la Policía se les acercó para confirmarles que sus hijos estaban entre los 11 hombres que fueron asesinados en ese lugar. Al escuchar la confirmación y los nombres, los familiares de los tres muchachos se abrazaron. Lloraron. Una mujer mayor, acompañada de sus tres hijas, quienes escuchaban lo que el investigador les decía a los familiares de los tres muchachos, se acercó y preguntó si entre las víctimas estaba su esposo, quien desde las 10 de la mañana había desaparecido mientras montaba su caballo para ir a ordeñar vacas en los terrenos que la policía había acordonado.

El investigador les explicó que entre las víctimas había tres jornaleros, encontrados aproximadamente a 300 metros de las primeras siete víctimas y de la octava que había caído en un pequeño precipicio. Entre los jornaleros estaba uno que tenía cerca una montura de caballo y que vestía botas verdes con un pantalón azul. La mujer se tapó la boca, abrazó a sus hijas, y le dijo al investigador que sí era su esposo: el jornalero fue identificado como Miguel Ángel Hernández, de 58 años. Ante la confirmación, las familias de los tres primos y la del jornalero, que eran las únicas que llegaron durante la tarde y que no se conocían entre sí, se unieron y se abrazaron a llorar.

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