Ser competitivos implica zafarnos de todas las camisas de fuerza

Antes de la era actual, caracterizada en primer término por el signo globalizador, el mapamundi era lugar de pocos. Y, entre esos pocos, sobresalían los superpoderes, que parecían investidos por una superioridad casi mística. Ellos hacían y deshacían, desde sus pináculos inaccesibles, y todo lo demás eran suburbios, de mayor o menor prestancia. En esa atmósfera también había muchos invisibles. Países como los nuestros estaban en esa condición.
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<p>Y desde luego, estar en ella tenía sus desventajas y sus ventajas, aunque esto último parezca paradójico. Una de las “ventajas” de tal invisibilidad era que podíamos vivir encerrados en una especie de comodidad atávica, pese a todos los desajustes y trastornos que estaban siempre presentes en nuestro diario vivir. Todo eso de pronto empezó a esfumarse, y no estábamos preparados para ello.</p><p>En la década final del pasado siglo, una conjunción cronológica inesperada puso nuestro ritmo nacional en sintonía con el ritmo internacional. En aquellos años aún no se hablaba generalizadamente de globalización, pero sus impulsos ya estaban en el terreno. Y, por nuestra parte, el fin político de nuestro conflicto bélico interno hizo que de pronto, y con gran sorpresa para muchos, nos halláramos en condición histórica de hacer un ejercicio de modernización evolutiva muy acorde con los tiempos. Eso nos sacó de nuestra vieja y viciosa comodidad subdesarrollada, para ponernos la tarea de entrar en una nueva ruta. No estábamos listos, por supuesto. Ni siquiera lo sospechábamos. De ahí que hubiera tanto desconcierto despenicado en el aire nacional, con los efectos atosigantes que hemos venido viendo en estos dos decenios corridos.</p><p>La globalización no es un fenómeno dirigido por nadie: es el resultado de que nadie sea capaz, en las circunstancias actuales, de imponer su voluntad para centralizar hegemónicamente el poder. En la era de la bipolaridad, las dos “superpotencias” pugnaban entre sí por el acaparamiento del poder global, aunque no se usara esta palabra. Y al estar en pugna pareja, lo que hacían en los hechos era actuar como “enemigos entendidos”. Al desactivarse la bipolaridad con la disolución del “socialismo real” en Europa, su contrapoder capitalista, paradójicamente, resultó debilitado. Y el sacudón hizo ver y sentir la fragilidad de todas las fronteras establecidas. La globalización surgió de ahí. Es un producto irónico de la historia. Pues la historia también se ríe de nosotros. Porque la historia tiene razones que nuestra arrogancia histórica no acaba de entender.</p><p>Hoy, todos estamos ante el imperativo de ser sujetos de competencia. Como nadie es capaz de repartir dádivas o de ejercer amenazas que controlen voluntades, al menos en la forma sistemática en que eso ocurría en tiempos pasados, cada quien tiene que valerse por su cuenta, especialmente en la definición del tratamiento de su propio destino. En otras palabras, tenemos que volvernos competitivos “a huevo”, como se diría en puro salvadoreño. Y competitivos no sólo en lo productivo y en lo comercial, sino en todos los órdenes. Ser competitivos implica, en primer lugar, tener conciencia de nuestras ventajas y nuestras desventajas propias, para potenciar aquéllas y administrar éstas. Sin esa conciencia de base, no hay avance posible, como lo sentimos y lo padecemos en el día a día de nuestra realidad atribulada.</p><p>Ya puestos en el plano de la competitividad funcional, es indispensable limpiar el guardarropa nacional histórico, para sacar de ahí todos los disfraces y aditamentos que nos estorban el tránsito hacia una auténtica modernización, que vaya al fondo de nuestros hábitos de conducta nacional. Entre esas vestiduras desechables están el localismo mental, la improvisación adictiva, el desorden estructural crónico y las taras heredadas de la sociedad dividida. En realidad son camisas de fuerza que nos impiden, como sociedad y como nación, los movimientos conducentes hacia el desarrollo efectivo en todos los órdenes. Tal limpieza de guardarropa requiere, en primer término, que la sociedad como tal asuma su rol de vanguardia de sí misma, y eso es afortunadamente lo que estamos viendo despuntar con creciente identidad y energía.</p><p>La competitividad debe ser puesta en su dimensión real y completa. No es una simple cuestión empresarial: es un ejercicio social que tiene profundos enlaces culturales. Concienciarnos para ser competitivos equivale, ahora mismo, según los términos que prevalecen en el concierto global, a trabajar por una ciudadanía posesionada de su responsabilidad y por un destino de nación que vaya mucho más allá de los discursos ocasionales. Los salvadoreños tenemos, pues, trabajo para largo tiempo, porque ninguna de estas labores puede estar circunscrita a los estreñidos espacios del calendario político. Hablamos de una competitividad de fondo, que nos permita ser progresivamente viables en un mundo que nos recibe a todos en su seno, y que, por eso mismo, nos pone a todos los deberes ineludibles de tal participación.</p>

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