“Si los pandilleros no me dan un tiro, me lo voy a terminar dando yo”

Quería ser administrador de empresas, pero su título dice: Rafael Cruz*, bachiller general.
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“Si los pandilleros no me dan un tiro, me lo voy a terminar dando yo”

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Ese cartón le ha permitido trabajar para varias empresas repartiendo productos en tiendas de las colonias más peligrosas del área metropolitana de San Salvador, esas donde son las pandillas las que deciden quién entra y quién sale. Cruz cuenta que para salir vivo de las entrañas de esas colonias ha aprendido, empíricamente, “el arte de la negociación”. Y considera que es esa capacidad de negociar la que le ha permitido sobrellevar 15 años como víctima de extorsión.

—Comencé a rutear (repartiendo productos) para una empresa desde hace más de 15 años, cuando la que ahora es mi esposa salió embarazada de nuestra primera hija, desde entonces también conocí qué es que los muchachos te salgan y te extorsionen –recuerda cruz, mientras prueba su café durante la hora del almuerzo, porque Cruz toma café a toda hora, para él es una forma de desestresarse ante la lista de pendientes: pagar completa y a tiempo la extorsión en cada colonia; hacer que cuadren las facturas a la hora de regresar a la empresa por las noches; maniobrar para que alcancen los $235 que recibe al mes como salario. Que le alcance para pagar el alquiler de su vivienda, pagar el recibo del agua, el de la energía eléctrica, pagar los pasajes, comprar su comida y también la de su familia. —Estos años de andar ruteando me han enseñado, de forma empírica, lo que yo llamo “el arte de negociar para sobrevivir” –dice con la certeza de haber encontrado la clave para burlar la muerte–. Conozco las zonas y también conozco cómo hablar con los muchachos, más que hablar, he conocido cómo negociar, porque uno tiene que negociar con la muerte todos los días, es que negociar con ellos es negociar con la muerte. Si el negocio sale mal, a uno le va mal. Y que a uno le vaya mal puede significar que lo maten.

En los primeros días de diciembre, según cuenta Cruz, entró en una de las colonias en que trabaja, y uno de los pandilleros encargados de recolectar el dinero de la extorsión le dijo que le hablaban por teléfono y que era mejor que contestara en ese momento. Escuchó la voz de uno de los pandilleros con más rango de ese lugar, a quien nunca ha visto y solo sabe que es el que administra el dinero de la extorsión que la pandilla cobra a todos los repartidores y dueños de tiendas, pupuserías, talleres mecánicos y demás negocios locales.

—Me dijo, el muy cínico, que la pandilla quería la Navidad, y que la Navidad me iba a costar $150 más de los $25 que doy cada mes en ese lugar, y que si no lo entregaba me iban a matar tarde o temprano en cualquiera de sus “canchas”. Le dije al que llamaba que eso no era posible, que la empresa no me iba a apoyar y que mejor quedemos en paz con los $25 de siempre, pero eso no le pareció bien y me ofreció un plan que yo jamás iba a aceptar, porque soy gente honesta.

El pandillero del teléfono le propuso que simularan un robo y que incluso podían darle una parte del dinero robado para que “nadie saliera perdiendo”, solo la empresa. El plan consistía en que un día de la próxima semana pandilleros armados llegarían hasta la tienda de una esquina y frente a la dueña de la tienda le robarían todo el dinero.

—Yo le dije que no podía hacer eso y que, además de que era honesto, podría perder el trabajo con el que sostengo a mi familia, y que ese plan no era tan sencillo como él pensaba, porque de todas formas la empresa de alguna o de otra forma me lo iba a cobrar todo. Entonces me dijo que me cuidara, que tenía gente en todas las “canchas” donde voy a repartir y que en una de esas me iban a matar, luego colgó.

En la empresa de Cruz le dan $200 mensuales para pagar la extorsión en varias colonias, pero le exigen que reponga esa pérdida vendiendo y repartiendo más producto. Le incrementan el monto de sus metas. Ante eso, y porque no logra alcanzar las metas durante la semana, va a trabajar algunos domingos por la mañana, sin que se lo paguen extra, solo para reponer lo que la empresa ha perdido en concepto de extorsión.

—Les conté a mis jefes que yo ya no iba a ir a esa colonia porque me habían amenazado, y ellos solo me dijeron que estaba bien, siempre y cuando yo cumpliera con las metas, porque eso es lo único que les interesa, que uno cumpla con la meta.

En la primera semana de enero Rafael Cruz volvió a escuchar la voz de aquel pandillero. Otra llamada.

—Me dijo: “mirá, perrito, vos siempre nos has pagado y con vos no tenemos nada, por eso te lo advierto por segunda vez que nos des la Navidad que nos debés o vas a amanecer un día de estos en una bolsa con un tiro en la cabeza”. Yo le respondí que mejor hiciéramos un negocio.

El negocio que propuso Cruz es que estaba dispuesto a darle menos de los $150 para que lo dejara entrar otra vez a la colonia, que es donde vende y reparte más, si aceptaba esa oferta entonces ganaban todos. El pandillero ganaba porque iba tener siempre los $25 que Cruz ya no le estaba dando porque ya no entraba a la colonia, y Cruz y la empresa ganaban porque iban a poder seguir llegando a la colonia.

—El tipo me dijo que estaba bien, que quería $100 de Navidad, pero yo insistí y al final llegamos al acuerdo de darle $75. Sus condiciones fueron que podía regresar, darle el dinero a los que lo recolectan y que solo llegara yo, mi compañero, y el vigilante que tenían anotado.

Cruz dice, según lo que ha visto en estos años, que los pandilleros son muy organizados con el cobro de la extorsión. Que tienen un cuaderno con los nombres de todos los repartidores en el que llevan el control de las veces que han cobrado las cuotas y el monto que exigen a cada repartidor. No todas las cuotas son iguales, a unos les cobran más y a otros menos. El monto de la cuota que imponen, según el repartidor, depende de los productos que reparten y de la cantidad de días a la semana que llegan con pedidos a esas colonias.

Cruz es de la idea de que es mejor andar sin un agente de seguridad privada, porque sus armas llaman la atención y de todas formas si paga la extorsión los pandilleros lo dejan trabajar en paz, exceptuando las veces en que le exigen algunos de sus productos.

El presidente del Consejo Nacional de la Pequeña Empresa de El Salvador (CONAPES), Ernesto Vilanova, considera que las pequeñas empresas son más afectadas que las grandes empresas, entre las que trabaja Cruz, ya que las pequeñas no tienen la posibilidad de recuperar el dinero perdido de la extorsión.

En palabras de Vilanova, 2015 fue “una tragedia” porque en sus estadísticas, al menos 50,000 pequeños empresarios quebraron y cerraron sus negocios por la extorsión que tenían que pagar.

Más de la mitad de los empresarios encuestados durante el ENADE 2015 dijo que sus empresas o su personal habían sido víctimas de extorsión al menos una vez en el último año.

“La seguridad en el país ha colapsado, según nuestra percepción, la grave crisis en que vivimos nos arroja que el 90 % de los pequeños y medianos empresarios no está invirtiendo, y la misma Policía reconoce que en ocho de cada 10 municipios existen las pandillas y que extorsionan, por eso es que 50,000 pequeños empresarios quebraron el año pasado, y eso no significa que sean los únicos”, dice Vilanova.

Entre esos pequeños empresarios están algunos dueños de tiendas de ropa, pupuserías, talleres mecánicos e incluso algunos dueños de varios comedores, como en el que Cruz almuerza, sentado hasta la mesa del fondo para que la gente no escuche, por seguridad, lo que hablamos. El dueño de este comedor tiene, al menos otros dos, pero tuvo que cerrar uno porque también fue víctima de extorsión.

Mientras pide su segundo café, sigue contando que hubo un momento que para evitarse la muerte decidió no regresar a esa colonia donde la pandilla le pedía los $150 de “de Navidad”. Pero que de todas formas tenía temor porque le quedaban otras colonias donde se mueve y controla la misma pandilla. Y tampoco puede llegar a repartir producto en tiendas donde opera la pandilla contraria.

La pandilla, según Cruz, no solo tiene un cuaderno para llevar el control de las extorsiones, también tiene una libreta donde están anotados los nombres de los repartidores, vigilantes privados que acompañan a los repartidores y, hasta, los taxistas que pagan la extorsión para poder entrar y salir de la colonia con clientes. Para estar anotado en la libreta y trabajar en paz en esas colonias, la persona tuvo que haber sido llevada por alguien que ya está anotado en esa libreta y que pide a los pandilleros que le den el permiso de trabajar en el lugar a cambio de la cuota que le exijan y los días en que la pandilla quiera.

Cruz da el último sorbo de café, mira el reloj, y pide que lo disculpe porque ya debe irse a seguir repartiendo.

—Más que a repartir debo seguir negociando, porque de eso se trata esto, y la verdad le digo que a veces me siento desesperado, siento que en algún lugar me van a querer matar, y si los pandilleros no me dan un tiro me lo voy a terminar dando yo, que eso sería mejor a esperar a que vengan y decidan quitarme la vida, mejor me la quito yo.

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* El protagonista de este relato pidió reserva de su verdadera identidad. También fue necesario dejar fuera detalles que pudieran comprometer su seguridad.

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