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“Si nos quitan las armas, nos quitan la vida”

Un movimiento de pobladores armados se extiende por una comunidad de Zacatecoluca, La Paz. Defienden lo que están haciendo y piden que las autoridades les permitan conservar sus armas para cuidar sus terrenos de las pandillas.
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Comunicación. Tienen códigos para identificarse y comunicarse en las noches, en patrullajes, como miembros del grupo.

Comunicación. Tienen códigos para identificarse y comunicarse en las noches, en patrullajes, como miembros del grupo.

Armas. Los que no han podido conseguir un arma de fuego portan armas blancas y hasta hondillas para su defensa.

Armas. Los que no han podido conseguir un arma de fuego portan armas blancas y hasta hondillas para su defensa.

Custodia.  Grupos de jóvenes se turnan y mantienen el control de la comunidad durante las noches.

Custodia. Grupos de jóvenes se turnan y mantienen el control de la comunidad durante las noches.

“Si nos quitan las armas, nos quitan la vida”

“Si nos quitan las armas, nos quitan la vida”

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La rutina de algunos campesinos de las costas de La Paz cambió meses atrás: ya no solo usan el yugo para arrear el ganado, las cumas para el cultivo o las redes para ir a pescar en la bocana. Algunos habitantes de los linderos del Pacífico ahora tienen a la mano uniformes camuflados, botas de combate, lamparas led y algunas armas. Esto último lo usan, cuando se desvelan, para custodiar lo suyo y procurar la paz que el Estado no garantizó a la comunidad.

Según los habitantes del cantón San José de la Montaña, en Zacatecoluca, son “raras” las comunidades de la costa en municipios de La Paz que no se han organizado en autodefensas para reaccionar ante las pandillas y dar información a las autoridades.

“Aunque el Gobierno no lo quiera ver, esta es la guerra. Estamos en guerra, si acá varios vivimos la guerra civil y la sensación es la misma... Nosotros hemos tenido ya intercambios con los de otras comunidades, porque la pandilla se mueve también”, asegura uno de los líderes del grupo armado durante una reunión con la comunidad.

Los habitantes de San José de la Montaña dicen que lograron tomar el control de sus terrenos luego de un enfrentamiento entre las autoridades y miembros de la pandilla Barrio 18, Facción Revolucionarios. Temen que, ahora que su organización comunitaria ya es pública, policías lleguen a decomisarles las armas que tienen. Pero consideran que si las autoridades no fueron capaces de garantizarles su seguridad, no tienen derecho a desarmarlos.

“Si nos quitan las armas, nos quitan la vida. Nos matan acá, pues”, dijo uno de los patrulleros el lunes por la noche, mientras, vestido de negro, se preparaba para iniciar un recorrido en la calle principal de la zona.

Los habitantes recuerdan que años atrás la comunidad se llenó de pandilleros que llegaron huyendo de otros lugares en búsqueda de nuevos jóvenes. “Acá se llenó porque venían de (Guadalupe) La Zorra, que ahí ya se estaban organizando”, acotó uno de los habitantes.

Una noche, según recuerdan, un grupo de jóvenes se concentró debajo de una lámpara en una de las esquinas de la comunidad. Los habitantes los vieron consumir alcohol, drogas y los escucharon llamarse “perros” entre ellos. A las pocas semanas algunos de los espectadores ya tenían un fusil M-16 en la cabeza y, de acuerdo con su relato, escucharon de cerca las amenazas de lo que les podía pasar a ellos y a sus familias.

Las peticiones de los delincuentes variaron de acuerdo a la cantidad de bienes que poseía cada uno de los extorsionados: a algunos les pidieron $1,000, a otros les pedían saldo para sus teléfonos y a otros, comida. Nadie se podía negar. Los que se negaban se atenían a la consecuencia de poner en riesgo a su familia.

La última opción

Uno de los líderes de la zona comenta que en un patrullaje que realizó la Policía Nacional Civil (PNC), en 2015, fue capturado el palabrero (cabecilla) de la comunidad, conocido con el alias “el Dreamer”.

“La mamá del Dreamer me dijo que tenía que declarar contra los policías que lo agarraron para dejarlo libre, que si no, él me iba a decir qué iba a hacer conmigo. Yo dije: ‘qué crueles, cómo crían a sus hijos esta gente’”, recuerda el líder de la comunidad.

Los obligados a testificar a favor de la pandilla fueron a una audiencia contra los pandilleros, y lograron, por condescendencia del juez, evadir la declaración. “El Dreamer” quedó libre.

En marzo de 2016 los habitantes se preparaban para, por quinta vez consecutiva, quedarse sin celebrar sus fiestas patronales. Creían que las cosas no podían empeorar. Sin embargo, la presión de la pandilla continuó: una noche, el líder del caserío fue convocado a una reunión privada con “el Dreamer”. Hoy cuenta que esa noche, como muchas otras, pensó que sería su última noche con vida.

“Yo le dije a mi esposa y a mi hijo que no me esperaran, porque me había mandado a llamar él. Me llevé un cuchillito pequeño, por cualquier cosa”, comenta el jefe de la organización comunal. Recuerda que esa noche caminó en la oscuridad, con todas las viviendas con las puertas cerradas y los focos apagados hasta la casa del “Dreamer”, que se encuentra a aproximadamente a una cuadra de la suya. Esa noche, según su memoria, ni los perros ladraban.

La familia del palabrero lo esperó en el patio de la casa y lo hizo entrar. Adentro, en una silla, “el Dreamer” le contó que tenía en contra a su propia pandilla porque se quedó con unas extorsiones que cobró. El pandillero sabía que lo iban a matar, por lo que esa noche tenía planeado huir. “Me dijo que llamara a la Policía, porque lo que él no hizo en el lugar, lo iban a llegar a hacer los nuevos jefes que llegaran a la comunidad”, cuenta el jefe comunal.

La profecía del “Dreamer” se volvió realidad. Llegó otro palabrero a liderar la pandilla, y según los habitantes, lo que creían que no podía ir peor se convirtió en un “infierno”. En esos días, el líder de la comunidad recibió una llamada desde un penal, para exigirle una extorsión de $5,000. “¿Y de dónde los iba a sacar yo? Imposible”, dice mientras recuerda la voz del extorsionista.

El habitante de San José de la Montaña pensó en las opciones que tenía. Y se le ocurrió irse de la comunidad, pero no tenía dónde ir a habitar o pedir posada. También consideró vender sus propiedades y dar el dinero, pero eso era rendirse por completo. Finalmente pensó que no tenía otra opción, que era el momento de imitar a otras comunidades: organizó una reunión con algunos vecinos, en la que todos expusieron sus miedos y decidieron tomar las armas.

Ha transcurrido más de un año desde que se organizaron como grupo armado. Ahora, la organización está compuesta por más de 60 hombres, entre jóvenes y exintegrantes de un batallón élite del Ejército. Tienen desde un sistema de inteligencia, para depuración interna, hasta indicativos propios para comunicarse con las autoridades. Dicen que de momento también cuentan con el apoyo de una patrulla mixta integrada por soldados y policías.

Es lunes 8 de mayo. Son las 8:30 de la noche. Camina un grupo de 10 patrulleros. Suena el teléfono de ellos. Es alguien que les avisa que se aproxima una lancha en la que viajan 14 pandilleros. Se dispersan, con armas y garrotes en mano, y realizan llamadas para alertar a más miembros de la comunidad. Tienen una consigna: “La idea es que no toquen tierra acá”.
 

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