Silvia, la mujer de 64 años que vive en una acera de Santa Tecla y llama "casita" a un refugio de madera

Gracias a personas bondadosas, grupos de iglesias que apoyan a indigentes y a los tejidos y bordados que ella hace por encargo, Silvia sobrevive en la calle. Cuenta que su familia la abandonó a su suerte.

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Silvia, la mujer de 64 años que vive en una acera de Santa Tecla y llama

Silvia, la mujer de 64 años que vive en una acera de Santa Tecla y llama "casita" a un refugio de madera. Foto de LA PRENSA/Jorge Carbajal

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Si alguien que no conoce su problema pasa por el lugar y la ve tejiendo, creerá que es una persona de la tercera edad que reside en esa parte de Santa Tecla, y que decidió salir de su casa un rato para pasar una tarde sentada en una de las bancas ubicadas en las afueras de la Escuela Parvularia José María San Martín.

Una persona de avanzada edad sentada en una banca pública que teje un tapete de croché no es nada del otro mundo, pero para los que saben de su situación, sí lo es o al menos debería serlo. 

Silvia, la mujer de 64 años que vive en una acera de Santa Tecla y llama "casita" a un refugio de madera. Foto de LA PRENSA/Jorge Carbajal

Resulta que doña Silvia Cecilia Campos, de 64 años, vive en ese lugar, y la banca pública es como su sala, su patio trasero o su jardín. Ha estado en ese puesto los últimos seis años de su vida. 

Silvia, la mujer de 64 años que vive en una acera de Santa Tecla y llama "casita" a un refugio de madera. Foto de LA PRENSA/Jorge Carbajal

Una especie de caja de madera de un metro de ancho por dos metros de largo, que parece un puesto de negocio callejero es su hogar. Ese es el regalo más grande que ha recibido en los últimos meses, ya que antes dormía en cartones y a la intemperie. "Esa casita me la regalaron el año pasado, antes solo tenía unos cartones que usaba para dormir (como cama) y en la mañana los quitaba y guardaba", cuenta de forma tranquila.

Silvia, la mujer de 64 años que vive en una acera de Santa Tecla y llama "casita" a un refugio de madera. Foto de LA PRENSA/Jorge Carbajal

Vivir en la calle no es nuevo para Silvia Cecilia. Lo ha hecho desde hace 22 años que regresó a El Salvador desde Houston. En un primer momento fue donde sus hermanas, quienes viven en Antiguo Cuscatlán, pero al ver cierto rechazo y el malestar que estaba provocando, prefirió irse a las calles de Santa Tecla. Ahí anduvo como indigente, y durante un tiempo fue enviada a la comunidad Nueva Inglaterra, en San Juan Opico, pero las familias le pidieron que se fuera, asegura.

Silvia, la mujer de 64 años que vive en una acera de Santa Tecla y llama "casita" a un refugio de madera. Foto de LA PRENSA/Jorge Carbajal

"Me dijeron que me fuera, que ahí era una zona agrícola y que yo no podía trabajar, además era una mujer joven", comentó. De nuevo regresó a las calles y llegó a la zona de la 6a. Avenida Sur y calle Daniel Hernández, de Santa Tecla. La mujer, quien hace dos años fue operada de la apéndice, recibió manos amigas que le ayudaron al ver su situación y conocer su historia. "Vine a dormir a la calle, y la señora de un negocio me decía que podía dormir afuera del negocio", agregó.

Silvia, la mujer de 64 años que vive en una acera de Santa Tecla y llama "casita" a un refugio de madera. Foto de LA PRENSA/Jorge Carbajal

 Así se fue adaptando a vivir en ese lugar y fue aceptada por los vecinos. Pero luego de 22 años de haber regresado al país tras separarse de su entonces esposo y de dejar a sus hijas en Estados Unidos, ninguna autoridad estatal le ha proveído de un lugar para vivir. "Yo no pido una casa, solo quiero un lugar donde vivir", dijo a La Prensa Gráfica.

Silvia, la mujer de 64 años que vive en una acera de Santa Tecla y llama "casita" a un refugio de madera. Foto de LA PRENSA/Jorge Carbajal

Cuando tenía 15 años una amiga le enseñó a tejer manteles, gorros de hilo o lana y otros artículos. Ese es su trabajo por ahora y personas que la conocen le hacen encargos de tejidos y ella se los hace. Lo poco que gana lo usa para comprar comida, jabón, shampoo, lejía, pagar un lugar donde bañarse y donde lavar su ropa. "Me dan donde bañarme, ahí enfrente  y lavo la ropa", explicó. La ropa lavada la tiende encima del techo de su casita de dos por un metro para que se le seque con el calor del sol.

Silvia, la mujer de 64 años que vive en una acera de Santa Tecla y llama "casita" a un refugio de madera. Foto de LA PRENSA/Jorge Carbajal

En ocasiones, personas de iglesias y movimientos sociales de ayuda le llevan comida a ella y a otras personas que duermen en las calles de Santa Tecla. "A veces me quedo sin comida, pero de pronto viene alguien, nos trae cena y así comemos", agregó. 

Silvia, la mujer de 64 años que vive en una acera de Santa Tecla y llama "casita" a un refugio de madera. Foto de LA PRENSA/Jorge Carbajal

Silvia Cecilia no deambula por Santa Tecla ni va a otros lugares, ya que cuida su "hogar", donde duerme, come, guarda algunas cosas como ropa, trastes de cocina, platos, sábanas, una lámpara de mano y algunos cartones. La "casita", como ella le llama, tiene dos pequeñas compuertas en la parte frontal, y es ahí donde ella ingresa para dormir o descansar. "Me entro como a las 9:00 ó 10:00 de la noche. A veces los agentes del CAM o los señores de la Policía pasan haciendo su ronda o se quedan en la esquina, y es ahí donde me entro y voy a dormir", detalló.

Silvia, la mujer de 64 años que vive en una acera de Santa Tecla y llama "casita" a un refugio de madera. Foto de LA PRENSA/Jorge Carbajal

Silvia espera que al conocerse su historia pueda recibir apoyo del Gobierno central o municipal para tener un lugar donde dormir. "Les pido que me ayuden a solventar mi grave problema", solicitó. La última administración municipal le permitió vivir en esa acera, de la actual, ella espera una solución a su grave problema de vivienda.

Sobre su infancia, cuenta que parte de su niñez la vivió en El Salvador. Luego la llevaron a Guatemala, y en 1984 se fue a Estados Unidos. 

De la familia que dejó en Houston, Estados Unidos, no sabe nada. Dice que sus hijos se llaman Kevin Augusto Aragón Campos, de 32 años y Aleyda Aragón Campos, de 41 años. "No sé nada de ellos desde diciembre de 1998, yo vine a El Salvador en 1999", declaró. Su exesposo es de Guatemala y sólo sabe que se volvió a casar.

Como Silvia, cientos de personas viven en las calles de El Salvador, y ahora que ha comenzado el invierno  su situación de vulnerabilidad es peor. Algunos no tienen alimentos, otros están enfermos y sin ayuda alguna. 

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