Un corazón para el músico, el médico

Sentado en un sillón junto con su madre, Néstor, de 12 años, enseña su guitarra negra a la que le falta una cuerda. Es guitarrista de la banda de la iglesia. “También me gusta tocar bossa nova, que es lo más difícil, blues y rock clásico”, dice. Divide sus días entre la escuela, el fútbol con sus vecinos y la iglesia.
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Músico. Néstor sueña con ser médico, pero para mientras entona su vida con las cuerdas de esta guitarra que utiliza para darle gracias a Dios cuando acude a participar en el coro de la  iglesia a la que asiste. Hace tres años fue operado de una cardiopatía, igual que Alejandra, en el hospital Bloom.

Músico. Néstor sueña con ser médico, pero para mientras entona su vida con las cuerdas de esta guitarra que utiliza para darle gracias a Dios cuando acude a participar en el coro de la iglesia a la que asiste. Hace tres años fue operado de una cardiopatía, igual que Alejandra, en el hospital Bloom.

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El domingo será la “Carrera de la esperanza” en el parque Bicentenario. La Fundación Latidos de Esperanza está recaudando fondos para operar a más niños con cardiopatías. Niños como Néstor Chávez, quien hace tres años pudo, por primera vez, a sus nueve años, jugar fútbol sin preocuparse porque iba a quedarse sin aliento.Para Yanira era difícil ver a su único hijo no socializar con otros niños de la misma edad. “Cuando iba para la escuela le mirábamos el cansancio. No jugaba porque sentía que se cansaba. Todos corrían y él no se encontraba capaz de hacerlo”, recuerda la madre.

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Más adelante fueron apareciendo más señales que alarmaron a su familia, como el rostro pálido o, en algunas ocasiones, el latido de su corazón era tan rápido y fuerte que hacía que su cuerpo temblara.

Lo que Néstor padecía los médicos lo llaman el síndrome Wolff-Parkinson White, lo que implica que el corazón tiene una ruta eléctrica de más y provoca episodios de taquicardia o ritmo acelerado, razón por la que Néstor se cansaba con facilidad. Pero todo eso aún no lo sabía la familia Chávez.

Preocupada por los síntomas, su madre llevó a Néstor, con 8 años, a una consulta donde, luego de un electrocardiograma y de explicarle que tenía un problema mayor, la transfirieron al Hospital Nacional de Niños Benjamín Bloom.

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“El doctor nos dijo que esa enfermedad que él tenía solo se curaba con operaciones. Con él fue la primera jornada de cateterismo que hicieron acá (en el país)”, destaca Yanira.

Estando en el Bloom las noticias no dejaban de sorprenderla: “Me dijeron que una fundación lo podría llevar al extranjero, pero a él solito; eso me preocupó más”, agrega.

Para la tranquilidad de la madre y de toda la familia, el viaje no fue necesario. Fueron inscritos en la lista de espera de la Fundación Latidos de Esperanza, en la que permanecieron por año y medio hasta que fueron contactados para realizar una evaluación de su caso.

El 4 de abril de 2014 , a Néstor le fue practicada una ablación a su corazón, es decir, una operación que, según la Fundación, solo se había realizado en adultos mediante el uso de pequeñas descargas eléctricas en el tejido que produce el ritmo irregular en este órgano.

Ahora Néstor, con una pequeña guitarra que cuelga de su cuello, sonríe recordando lo nervioso que se sentía camino a la intervención. Dice que su aspiración, aparte de la música, es ser un médico cardiólogo. “Cuando sea grande quiero estudiar medicina; quiero ser un doctor para ayudar a otros niños con mi mismo problema”, confiesa.

Latidos de Esperanza necesita más de $100,000 al año para financiar operaciones de niño con cardiopatías, así como para capacitar al personal médico y mejorar las condiciones del Hospital Bloom.

Hasta la fecha, 200 niños se encuentran en la lista de espera de una cirugía cardiovascular. Néstor es otro caso más de corazones sanados gracias al esfuerzo que realiza la fundación.
 

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