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Una vida de constante trabajo que continúaen el estadio Charlaix

Con más seis décadas de vida, Rosa Cándida sale por las tardes a ganar-se el pan de cada día en el estadio migueleño, con ventas diversas. Es un ejemplo de constancia laboral. La mujer es ejemplo para los jóvenes.
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Constancia y necesidad.  Rosa Cándida Vigil le hace frente a la vida desde muy pequeña, cuando trabajaba la tierra con su familia en Morazán. Afirma que ha laborado como albañil y haciendo tejas.

Constancia y necesidad. Rosa Cándida Vigil le hace frente a la vida desde muy pequeña, cuando trabajaba la tierra con su familia en Morazán. Afirma que ha laborado como albañil y haciendo tejas.

Una vida de constante trabajo que continúaen el estadio Charlaix

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Con una medallita de San Miguel Arcángel y San Antonio besando su pecho y “en el nombre de Dios”, a diario Rosa Cándida Vigil, de 63 de años, sale a trabajar al estadio Miguel Félix Charlaix, en la ciudad de San Miguel. Bebidas refrescantes, frutas y golosinas son algunos de los productos que ofrece a los visitantes del escenario deportivo.

Vigil, aún con dolores en sus huesos al realizar esfuerzos, pues padece de osteoporosis, se transporta desde la colonia Milagro de Paz en una bicicleta de tres ruedas, a unos 5 kilómetros aproximadamente de El Charlaix, en la cual lleva su venta. Labora para solventar los gastos en su casa y comprar medicamentos que le ayuden a aliviar su enfermedad.

La jornada depende de las actividades deportivas que se realicen en el estadio; es decir, que debe estar al tanto de las programaciones para sacar mayores ganancias. Dice que en ocasiones regresa a las 9 de la noche a su casa, porque se alargan los partidos de fútbol.

“En estas ventecitas así como se disfruta también se sufre en el tiempo de invierno (sic), porque se arruinaba el día, la gente no sale cuando llueve”, describe una de las dificultades a las que se enfrenta. Sin embargo, la característica de mujer luchadora la trae en su sangre, ya que a sus 11 años de edad se dedicó a cultivar la tierra con sus padres en los campos de Morazán, de donde es originaria.

“Con mis hermanos jugábamos escondelero a las 9 de la noche, cuando mis papás ya estaban dormidos, porque todo el día pasábamos trabajando; nos escondíamos en los árboles”, recuerda.

Por las responsabilidades y la situación económica familiar no pudo gozar del derecho a la educación, que ahora en día le permitiera tener una pensión. “Aquí no tenemos seguro, tenemos que ir al hospitalón a tratar cualquier enfermedad”, sostiene Vigil.

Rememora que no solamente se ocupó en la agricultura, también fue ayudante de albañil y trabajó en una tejera demostrando que aún siendo mujer podía realizar dicha labor que culturalmente ha estado asociada solo a hombres.

“Cuando yo tenía 21 era un diablo para trabajar. Le hacía frente a la vida de cualquier formar”, menciona y aconseja a las jóvenes desempleadas que busquen salir adelante, valiéndose de su inteligencia y ganas de superación.

“Hay bastante juventud que no halla de qué trabajar, porque dice que no encuentra dónde, pero hay que rebuscarse. Aunque sea de barrer la calle se consigue”, afirma.

No obstante, en su actual labor no todo ha sido color de rosa debido a que en múltiples ocasiones ha sido víctima de la delincuencia y otras situaciones. “Se vino un gran viento que me botó las venta y la recogí. Yo tenía mi delantal en una hielera, cuando la busqué ya no estaba”, narra aún con tristeza. Niña Rosa expresa con seguridad que seguirá trabajando hasta que el Creador le dé fuerza para hacerlo. Su esposo fue pintor y quien le ayudadaba a saldar los gastos, pero su avanzada edad le impide ejercer el oficio nuevamente. Ahora recaen en ella la tarea de llevar el pan de cada día a su hogar.

“Yo creo que al varón le agarra más rápido la vejez, pues él (su esposo) tiene mi edad, pero el carretón no lo mueve”, analiza.

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