Vida después del trasplante

Correr, saltar, orinar o beber toda el agua que quieran, acciones que para una persona saludable pueden pasar desapercibidas, son algunos beneficios que agradece José Luis García Portillo, de 26 años, joven que fue trasplantado de riñón en 2000 en el Hospital Nacional de Niños Benjamín Bloom. El trasplante le dio la oportunidad de jugar el segundo tiempo en el partido de su vida.
Enlace copiado
Vida después del trasplante

Vida después del trasplante

Vida después del trasplante

Vida después del trasplante

Vida después del trasplante

Vida después del trasplante

Vida después del trasplante

Vida después del trasplante

Vida después del trasplante

Vida después del trasplante

Enlace copiado
La insuficiencia renal es una enfermedad que se manifiesta cuando los riñones no son capaces de filtrar las toxinas y otras sustancias de la sangre.

José Luis fue el segundo niño trasplantado en la primera jornada de ese tipo de procedimientos, efectuada en un hospital público salvadoreño.

Hace 12 años, un grupo de médicos estadounidenses, acuerpados por la fundación Children’s Cross Connection, llegó a El Salvador para inaugurar el programa de trasplante renal y enseñar la técnica a sus colegas salvadoreños.

Las notas periodísticas detallan que en esa ocasión los niños Óscar Aragón, María Antonieta Delgado, Rebeca Patricia y José Luis García fueron beneficiados en esa jornada de trasplantes de riñón. José Luis y Rebeca Patricia ya cumplieron 12 años de vida después de haber sido trasplantados en septiembre de 2000, en el Bloom.

“No se imagina qué bonito que le regrese a uno el apetito, caminar y no cansarse o pedalear una bicicleta”, recalca José Luis, en un caluroso lunes de enero de 2013.

José Luis es originario de Cara Sucia, Ahuachapán, lugar donde ha vivido toda su vida, y recibió el riñón izquierdo que le donó su padre, don Guillermo García.

En la actualidad, continúa en control médico en el Hospital Rosales, donde le prescriben medicamentos cada 12 horas.

Casarse y fecundar un hijo eran situaciones que Guillermo y Emma Portillo, padres de José Luis, creían imposibles para su hijo por la complicada salud que tenía. Sin embargo, ocurrieron el año pasado.

En enero de 2012, el niño trasplantado, ahora convertido en adulto, contrajo matrimonio con Jamileth de García, una joven de 22 años, que fue su amiga en la infancia y a quien cortejó durante varios meses hasta que se enamoraron, comentó la pareja, entre risas de complicidad, durante una larga conversación.

“Me decían que no me casara con él, que era un enfermo y que se iba a morir”, confiesa Jamileth e inmediatamente se frota su estómago abultado. Detalla que lo que le gustó de José Luis es que tiene “temor de Dios”.

La esposa de José Luis lleva siete meses de embarazo y tiene ansiedad porque pase el tiempo para tener entre sus brazos a su hijo, al que llamará Justine Gabriel.

José Luis se define como un hombre de fe y relata que sus padres lo llevaron desde pequeño a la iglesia, donde tiene tiempo para adorar a Dios; y por medio de su testimonio, les habla a las personas de las maravillas de la vida. “Voy casa por casa llevando el evangelio, porque soy un obrero de Dios”, dijo.

José Luis considera importante continuar con el programa de trasplante de riñón en el Bloom porque para una personas con insuficiencia renal y su familia representa un giro de vida.

El año pasado, el programa fue suspendido, después de 12 años de existencia en el Hospital Bloom, a pesar que Samanta, Carolina y Jorge estaban listos con sus exámenes para ser trasplantados. Treinta y tres procedimientos se han efectuado.

La dirección del Bloom alegó falta de medicamentos inmunosupresores para darle a los niños después de la operación, y problemas de coordinación en los horarios de los especialistas que participan en la intervención que puede durar hasta ocho horas. En los pasillos del Bloom se rumoró que algunos miembros del equipo de trasplante solicitaron una remuneración extra, porque esa intervención es una actividad adicional a sus tareas asignadas. La dirección descartó esa situación.

En 2011 fueron realizados dos trasplantes renales en el Hospital Rosales, pero dejaron de hacerse porque no existe la garantía para la compra de los medicamentos que son indicados a los pacientes después de la intervención, detalló Ricardo Leiva, jefe de Nefrología de ese centro médico.

Alejado de los comentarios y sin saber los motivos que evitaron que tres niños fueran trasplantados el año pasado, José Luis confiesa que la intervención quirúrgica le ha permitido desenvolverse con libertad en la sociedad.

Al mismo tiempo, el joven reconoce que el camino después del trasplante no fue fácil. Guillermo García, padre de José Luis, tomó la decisión de regalarle el riñón izquierdo a su hijo, para ponerle fin al sufrimiento y las jornadas de hemodiálisis a las que se sometía cada semana.

Guillermo observó que José Luis tenía morado el cuerpo debido a los múltiples pinchones que eran necesarios para el procedimiento médico, donde le colocaban un catéter duro. La hemodiálisis, que se extendió durante dos años, generó una crisis económica en los García, pues además de José Luis educaban a dos hijos más, Jessica y Melvin, que tenían nueve y 10 años, respectivamente.

No tuvieron dudas

Guillermo y Emma no dudaron en trasplantar a su hijo. El padre de José Luis recuerda perfectamente el 4 de septiembre de 2000, día previo al trasplante.

“Lo llaman a uno un día antes. Cena ya no le dan a uno. Fue en la torre. Allí (en el hospital) solo yo de hombre, todas eran mujeres, porque habían unos hombres que dejaban a las mujeres por la enfermedad de sus hijos. Uno se siente con temor, se siente uno con miedo, como nunca le ha pasado a uno.

No es fácil”, resume. Las secuelas de esa intervención siguen presentes. Guillermo, que se ha dedicado a trabajar en albañilería, se levanta la camisa y muestra la herida que le quedó después del trasplante.

Una hernia acompaña la cicatriz, sin embargo, Guillermo asegura que se siente bien de salud y durante estos años no ha padecido ninguna enfermedad grave. “Allí, porque he sido burro, a mí se me hizo una hernia. Me operaron la primera vez, pero se me hizo otra vez la hernia”, confesó. Guillermo enfatiza que para poder llevar el sustento alimenticio a su familia, se vio obligado a abandonar el reposo después de 45 días del trasplante.

La recomendación médica le dictaba que debía estar incapacitado durante tres meses. Encontrar personas saludables, que cumplan los requisitos y tengan la disposición para donar sus órganos, es el principal problema en el mundo que tienen los médicos para trasplantar órganos, detalló el doctor Rafael Chávez, jefe del programa de trasplante del Seguro Social.

La autónoma tiene 28 años de realizar trasplantes de riñón, período en que han realizado 590 procedimientos.

Para 2013, las proyecciones del Seguro Social son realizar un trasplante de riñón semanal, para sumar al final del año entre 40 a 45, dijo el doctor Chávez. Ver crecer a su hijo y estar a pocos días de ver a su nieto, aún con las complicaciones de salud que le ocurrieron después del trasplante, es lo mejor que le ha pasado en la vida, recalca la madre de José Luis.

“No es fácil porque uno descuida la casa y a los otros hijos, pero él necesitaba atención”, confesó Emma. La insuficiencia renal es una enfermedad que gana terreno en El Salvador, situación que queda en evidencia en el Hospital Rosales, donde se confirman 54 casos nuevos mensuales.

La situación ha provocado un “colapso” en el servicio de Nefrología del centro médico más importante del país, según el calificativo brindado por el jefe del servicio de dicha unidad médica. A principio de año fueron abiertos 24 cupos más en la Unidad de Nefrología del Rosales, camas que ya fueron ocupadas.

Hace unas semanas, en la Emergencias del Rosales se observó a 34 pacientes de insuficiencia renal que esperaban que una cama se desocupara. En total, 948 personas están en tratamiento en ese centro médico.

El doctor Leiva, además de atender a los pacientes del Rosales, también es presidente del Consejo Nacional de Trasplante juramentado en julio de 2012.

El médico considera que el “trasplante renal” puede ser una salida para evacuar la gran cantidad de pacientes renales que consultan en el sistema público. Por el momento, en el país solo se realizan trasplantes de riñón de donantes vivos y de córneas que son traídas del extranjero.

Los salvadoreños, cuando actualizan su Documento Único de Identidad, detallan que están dispuestos a donar sus órganos al morir. Por el momento, esa situación solo está reflejada en la teoría, en el papel. Después de ser trasplantado de riñón, una persona puede vivir entre 12, 15 o hasta 20 años más; aseguran los médicos.

El tiempo dependerá de la calidad del riñón que recibió. Varias familias salvadoreñas del oriente del país, Santa Ana y Usulután han sufrido los dolores y deformación en los huesos que genera la enfermedad.

Emma, madre de José Luis, perdió un riñón a los pocos meses que su hijo fuera trasplantado. Ella prefiere no hablar de ese capítulo de su vida, y solo lo describe como una hernia en el riñón y que le impidió ser la donante.

Las páginas amarillentas de los artículos periodísticos de 2000 que tiene guardado José Luis detallan que el infante le pidió a Dios salir bien del trasplante y volver a la escuela.

El joven no pudo regresar a estudiar, porque tres años después de trasplantado, un virus invadió su organismo y le provocó el rechazo del riñón. Sufrió diarreas y vómitos por cinco meses, perdió el sentido y pesó 50 libras.

En un momento de angustia, los padres de José Luis lo encomendaron a Dios y aseguran que tras la petición, la vida del joven volvió a la normalidad. Después que una persona es trasplantada, tiene que medicarse y el tratamiento del segundo año después del trasplante está valorado en $5,000, según cifras del Seguro Social.

Carlos Henríquez, jefe de Nefrología del Hospital Bloom, y que ha participado en varios trasplantes renales, califica como exitoso el cambio de vida que tuvo José Luis. El nefrólogo pediátrico asegura que el centro médico está listo para reanudar el programa de trasplante renal.

La dirección del Bloom dijo a finales del año pasado que el programa está incluido en su plan de trabajo en 2013. Mientras tanto, los niños, Samanta, Carolina y Jorge siguen esperando su riñón.

Tags:

  • trasplante
  • insuficiencia renal
  • hemodialisis
  • hospital Bloom
  • hospital Rosales

Lee también

Comentarios

Newsletter